Antonio Praena (Purullena, Granada, 1973), es Doctor en Teología y Profesor de la Facultad de Teología y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Valencia (UCV). Ha publicado los libros Humo verde (2003), Poemas para mi hermana (Accésit Adonáis 2006), Actos de amor (Premio Nacional José Hierro, 2011) y Yo he querido ser grúa muchas veces (Premio Tiflos, Visor 2013). Por el libro Historia de un alma (Visor 2017) recibió el premio Jaime Gil de Biedma, el Premio de la Crítica Andaluza y el Premio Valenciano de la Crítica. En 2020 su obra Cuerpos de Cristo (Visor) obtuvo el Premio Emilio Alarcos. Ha visto la luz una antología de su obra traducida al italiano titulada Tra cielo e terra y se ha publicado en México la antología Andar sobre las aguas. Su último libro, La belleza del otro, ha recibido el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola (Visor, 2024).
Es Académico Correspondiente por Valencia de La Academia de Buenas Letras de Granada.
La inconsciencia es un maravilloso detonante creativo
Javier Gilabert: Antonio, es un auténtico honor y una alegría inmensa darte la bienvenida a Culturamas. Regresas a las librerías con Mística para excluidos, un volumen que recopila más de dos décadas de impecable trayectoria poética. Tras el gran respaldo que supuso La belleza del otro, ¿qué balance íntimo experimentas al contemplar reunido un corpus que abarca desde aquel iniciático Humo verde hasta la actualidad?
Antonio Praena: No me ha resultado fácil realizar esta selección. Se trataba de una propuesta de Olé Libros para su colección de antologías. Situarme frente a este reto despertaba en mí el miedo de parecer vanidoso o pretencioso, especialmente teniendo en cuenta que esta colección, “Vuelta de Tuerca”, incluye antologías de Jaime siles, Francisca Aguirre, José María Álvarez, Luis Alberto de Cuenca o Antonio Colinas, entre otros. No me veía a la altura. Pensaba: “voy a hacer el ridículo”.
Como balance, a posteriori, he descubierto, por ejemplo, que la inconsciencia es un maravilloso detonante creativo. El poeta de ahora -si es que lo soy- le dice al poeta de hace veinte años: ¿cómo te atreviste a publicar aquello u esto otro? Eras un inconsciente y un ignorante… Entonces el sacerdote que también soy tiene que mediar en este conflicto, en mi propio conflicto interior, para decirle al Antonio Praena que ahora se ha metido a antólogo de sí mismo que acepte las cosas de su vida y su palabra tal como fueron. Dios es el único que sabe la razón última del camino en que nos pone y el único que saca bien de nuestros errores.
Considero el acto poético como una ocasión de objetivación
En el prólogo de la antología dejas claro que tu propósito consiste en transformar un continuo sentimiento de desplazado no en una expresión de dolor, sino en una forma de mística real y concreta. En un marco social y cultural donde manifestarse abiertamente creyente parece no estar de moda, o incluso verse con recelo, ¿a través de qué filtros se convierte la poesía en el espacio idóneo para dignificar esa mística del desamparo?
A través del filtro del desapego, en la medida en que la poesía nos permite distanciarnos de nosotros mismos para acercarnos a esa misma poesía y a nosotros mismos de otra manera, de una manera compartida, social y mediada por el lenguaje.
A través también del afán de comunicación y encuentro que se hospeda en el lenguaje, que es más sagrado y poderoso que el rechazo.
En el poema puedes tomar tu propio sentimiento de desamparo con las manos, las manos que escriben el poema, mirarlo a la justa distancia que separa tus ojos de tus propias manos y decidir que esto que te duele no va a ser dolor definitivamente, sino ocasión de un encuentro con todos los que se duelen.
No soy muy dado a sublimar la subjetividad y no considero la poesía como una octava morada de la conciencia subjetiva; más bien considero el acto poético como una ocasión de objetivación, un acto de comunicación que, a la vez, abre las puertas de lo que excede a la objetividad. Abre las puertas a la verdad inmanente y trascendente.
Lo digo mejor en términos teológicos: el poema es un acto de encarnación, una ocasión para habitar el mundo con cuerpo y alma humana, es decir, con palabras.
Lo puedo decir de otra forma más: el poema es una revelación de la verdad en el lenguaje de la carne humana, que es lo que somos tanto el poeta como el lector -y al mismo tiempo-.
Es más difícil ser profundo en la claridad que en la oscuridad
La contraportada del volumen subraya una idea poderosísima: la verdadera poesía puede transformarse en una palabra universal de salvación incluso al dar cuenta de las zonas más oscuras o incomprensibles de la existencia. ¿Hasta qué punto la escritura poética comparte con la fe la capacidad de arrojar luz allí donde la razón o la pura lógica humana naufragan?
En la medida en que el poema es umbral del misterio. Y añado: sin que haya necesidad de ponernos misteriosos. Porque considero que hay más belleza y más hondura en la claridad que en la oscuridad o la rareza. Y, de hecho, es más difícil ser profundo en la claridad que en la oscuridad. Es como avanzar en un túnel místico por el que, cuanto más avanzas, más claridad se hace y más latente se escucha una esperanza de claridad y luz total.
Para aquella persona que decida adentrarse por primera vez en tu universo lírico a través de las páginas de Mística para excluidos, ¿qué advertencias previas o claves de lectura le sugerirías para que comparta plenamente tu viaje?
Les invitaría a salir de sí mismos para encontrarse con el otro, con el otro que habla en estos poemas. Que se atreva a habitar otros mundos muy distintos al suyo.
También que lean desde la historia, la historia de nuestro tiempo, porque el poema no habla si lo sacas fuera del tiempo y, en el caso de que se convirtiera en un clásico y siguiera significando algo en un tiempo futuro o incluso abstracto, lo haría porque una vez estuvo vivo en su propio mundo y en su propia época. Solo lo que una vez ha vivido y ha muerto está llamado a la eternidad.
Si Dios se ha hecho hombre, ¿quién soy yo para dejar de serlo?
Como bien apunta Ricardo Fernández Esteban, tu condición de sacerdote influye inevitablemente en tu temática, pero no condiciona tu poesía hacia lo puramente doctrinal. Al revisar estos siete libros y observar que cada uno sigue una línea argumental muy definida, ¿en qué medida crees que tu formación teológica te ayuda a estructurar tus poemarios como auténticos tratados de la experiencia humana?
En la medida en que el centro de mi existencia es el misterio de la encarnación. Si Dios se ha hecho hombre, ¿quién soy yo para dejar de serlo?
Si Dios habla en la historia, quién soy yo para desentenderme de la historia de mi siglo.
Si Cristo está presente en el pan y el vino, quién soy yo para despreciar la materia, el sudor y la ebriedad.
Si Dios me quiere como soy, qué sentido tiene negar mi realidad.
No hay camino de perfección que no empiece por la humildad
Toda antología implica una criba, un ejercicio de renuncia y de autoedición. Al enfrentarte a la distancia del tiempo y mirar de reojo títulos tan premiados como Actos de amor (2011), Yo he querido ser grúa muchas veces (2013) o Cuerpos de Cristo (2020), ¿cómo ha cambiado tu relación con esos textos antiguos al comprobar que ahora adquieren un sentido completamente nuevo bajo la luz de 2026?
Me has tocado un tema que me gusta. La palabra criba está etimológicamente ligada con las palabras discernir, cerner, crisis -cernere en latín, krunein en griego-. Las palabras que en su raíz llevan un cr tienen que ver con el fuego, que aquilata, purifica, separa la ganga de la mena. Alguien que se cierne y se discierne en la materia de su propia vida, que continuamente se pone en crisis, que se deja crucificar, se convierte en fuego a la vez devastador e iluminador.
Sí, cambia nuestra relación con aquello que dijimos una vez o que alguna vez se dijo a través de nosotros.
Por ejemplo, he recuperado bastantes poemas de Actos de amor, un libro que al, tener en su momento una difusión más limitada, merecía una mejor oportunidad en esta antología. Lo releo y descubro allí un ser más existencial, más arraigado. Alguien más aprensivo y menos distanciado de los sentimientos de lo que haya podido llegar a ser después.
Si, por ejemplo, releo Yo he querido ser grúa muchas veces, advierto la importancia que la musicalidad y el ritmo llegarán a tener posteriormente en mi obra. Incluso como peligro, pues, como me señaló una vez Vicente Gallego, la excesiva facilidad para la métrica ha de ser moderada por el mismo poeta a fin de que el exceso no le prive al don de su carácter virtuoso.
Me gusta recordar en talleres y charlas lo importante que era para los maestros pintores del s. XVII español poder contemplar su propia obra en las colecciones reales en las que quedaban expuestas: contemplaban su propio trabajo casi diariamente y eso les permitía aprender de sus aciertos y corregirse a sí mismos en sus errores.
Volver sobre la propia obra es una ocasión privilegiada para la humildad. Y no hay camino de perfección que no empiece por la humildad.
Te pongo en un aprieto —obligatorio en esta sección y doble en tu caso—: Si tuvieras que elegir únicamente tres poemas de este libro, ¿cuáles escogerías y por qué motivos? Y añado una dificultad: ¿cómo se ejecuta la selección cuando el propio volumen ya es el resultado de un riguroso filtro previo al tratarse de una antología?
Algunos de mis poemas favoritos pertenecen a La belleza del otro, mi último poemario, que no está recogido en esta antología, pues era un libro que estaba madurando precisamente cuando me llegó la propuesta de esta antología.
Por eso, de esta Mística para excluidos, selecciono tres poemas que representen etapas diferentes: El joven fraile, del primer e iniciático Humo verde, Jersey, de Poemas para mi hermana, que me metió de lleno en la poesía, y Jueves Santo, del libro Cuerpos de cristo, por la dura y trascendental experiencia de la que habla.
Tengo otros más favoritos que estos, pero estos tres son muy significativos desde el punto de vista de la experiencia humana que se contiene en ellos.
El poema, al fin y al cabo, es un asunto de palabras
A diferencia de otras miradas que se regodean en el lamento, tu propuesta no se detiene en el foco de la exclusión o del rechazo, sino en la mística coherente que brota de la soledad para tejer lazos de amor. ¿Por qué vías consigue el poema transmutar el aislamiento en un puente de comunión con el otro?
Siento resultar poco lírico y algo decepcionante en mi respuesta, pero, en efecto, el poema, al fin y al cabo, es un asunto de palabras. Podemos aspirar a cantar el más hermoso o el más trágico de los sentimientos, pero si no hay una voz entrenada en las artes de la musicalidad, acabaremos aturdiendo al público con desgarrados gritos o pretenciosas imágenes.
Es un asunto de don y de técnica. El don se recibe y hay que saber dejarlo florecer, no asfixiarlo con una falsa humildad ni esgrimirlo con soberbia y supuesta genialidad. Y luego está el arte; para ilustrar esto suelo utilizar la metáfora del deporte: entrenar, entrenar y entrenar como lo hace una gimnasta sobre los diez centímetros de la barra fija o un boxeador sobre el ring. Precisión, contención, equilibrio, resistencia, furia, sacrificio.
El otro, el lector, puede tener más o menos conocimientos técnicos, pero va a percibir la redondez de una obra bien realizada y movida secretamente por el don de la inspiración. Y se realizará entonces un acto de comunión manifestada en el aplauso o el llanto, que, en todo caso, son las dos caras de la emoción.
Entre la emoción honda y la ligereza expresiva se mueve mi poesía
Eres un poeta profundamente granadino pero afincado desde hace años en Valencia. ¿Qué poso o qué tensiones creativas deja en tu escritura el cruce de paisajes, luces y complicidades literarias entre el sur y el levante?
Granada es una ciudad tradicionalmente proclive a las tensiones poéticas; quizá por la calidad y el número de poetas y escuelas que bullen en ella. Yo he sido testigo durante los años en que pasaba un cuatrimestre en Valencia y el resto en Granada. Asistías a actividades de los unos y de los otros y para los unos eras de los otros y para los otros eras de los unos. No es que intentaras ser equidistante o conciliador; simplemente me interesaban voces muy diferentes. Sin admiración no hay arte. Tampoco sin generosidad. Valencia, en cambio, es más liberal, por el tamaño mismo de la ciudad, por la convivencia del catalán, el valenciano y el español, por la tradición mercantil… qué sé yo.
Las relaciones personales en Granada son, o al menos para mío lo han sido, más intensas: los vínculos de amistad son fuertes y estables. Un granadino tarda tiempo en hacerte sentir su amigo, en abrir su jardín cerrado para muchos -parafraseando a Soto de Rojas-, pero cuando lo hace, eres amigo de verdad.
En Valencia, existiendo profundos lazos de amistad, las relaciones son más fluidas: puedes tardar meses en quedar con alguien para tomar un café; un día estás a moco tendido llorando con alguien y después transcurren meses sin volver a encontraros.
Cuando finalmente me instalé en Valencia de forma estable echaba de menos eso, encontrarme a la gente conocida en la calle o en una taberna, sin más. El urbanismo influye en la literatura. El paisaje también. No es lo mismo vivir al lado de una montaña sobre una falla de placas tectónicas en continua fricción que vivir junto a un puerto de mar que fue epicentro del comercio por el Mediterráneo. Granada es telúrica; Valencia es aérea. Granada, agua secreta que llora, Valencia, fuego eterno aunque efímero.
Por eso entre la emoción honda y la ligereza expresiva se mueve mi poesía. Entre el misterio y el pragmatismo. Entre el coloquialismo y lo inefable.
Todos estamos conectados; hasta el lenguaje nos viene de los otros
Hace unos años fuiste nombrado Académico Correspondiente por Valencia de la Academia de Buenas Letras de Granada. Más allá del indudable prestigio de la distinción, ¿qué significado íntimo tiene para ti un reconocimiento que, en cierta medida, sella institucionalmente tu inquebrantable cordón umbilical con la literatura y la tierra de tu infancia?
Al final de todo lo dicho en la respuesta anterior, quedan las personas. Y una institución, una Academia, es una forma de articular la convivencia entre personas, estéticas, tradiciones e ideologías diferentes. El ser humano ha creado instituciones en las que integrar su pluralidad y su riqueza en orden a un proyecto común; formas de pertenencia que convierten la diversidad y la común esperanza en proyectos constructivos. Es posible que mi obra no se parezca a la poesía de Amelina Correa, Fernando de Villena o Erika Martínez, por citar solo a algunos compañeros académicos. Pero se ha formado en un escenario en parte compartido.
Recibir un reconocimiento es, ante todo, reconocer a aquellos que nos lo dan. Todo lo recibimos, aun cuando no nos demos cuenta o nuca lleguemos a expresar nuestra gratitud. Recibir un reconocimiento debería conllevar la conciencia de nuestra pequeñez. Todos estamos conectados; hasta el lenguaje nos viene de los otros.
Y para alguien que nació en la Cuesta del Cerezo, en un taxi camino al hospital de maternidad granadina, pero que vive a cuatrocientos noventa y seis coma dos quilómetros de distancia de su infancia, es importante vivir en la memoria de quién es y de dónde viene.
Por otro lado, mi poética sí que resulta estilísticamente deudora de la de otros compañeros académicos correspondientes como Luis Alberto de Cuenca -esa difícil facilidad- o Aurora Luque -helénica y pop-.
Me siento muy ágil trabajando con personas de distinto o de ningún credo
Recientemente has asumido la dirección de O_Lumen, un proyecto pionero de los dominicos concebido como espacio para el diálogo entre el arte, la cultura contemporánea y la trascendencia. ¿Qué retos prioritarios te marcas al frente de la institución y de qué forma esperas que tu sensibilidad poética guíe la programación de este singular faro cultural?
Fíjate; al final la dirección de un espacio así comienza por la reparación de goteras, manivelas y cisternas. Como formaba parte del equipo de O_Lumen desde su fundación hace casi una década, no me resulta ajena la corresponsabilidad. Dirigir desde Valencia un espacio en Madrid te enseña a confiar y que tus ojos y tus manos sean las manos y ojos de otros.
Por lo demás, trabajamos con bastante antelación. Las exposiciones requieren al menos un año para perfilar detalles.
Creo que mi presencia al frente va a darle más visibilidad a O_Lumen entre los poetas. Ya hemos incrementado la programación de presentaciones de libros y esperamos que más autores se animen a presentar o leer su obra en este espacio y lo sientan suyo, por más que la poesía no atraiga masas.
Entre las prioridades, la de seguir abriéndonos a artistas y creadores no cristianos. Suelo comentarlo en ambientes religiosos: mis mejores amigos, los escritores con quienes más estrechos lazos mantengo, no son creyentes. En los festivales literarios, en recitales y librerías independientes o en los talleres de escritura encuentras bastantes personas poscristianas y, en ocasiones, algo anticlericales -aunque esta tendencia ha cambiado mucho y los jóvenes son bastantes más abiertos, tienen menos a prejuicios-. Me siento muy ágil trabajando con personas de distinto o de ningún credo.
No todo lo que se autodenomina progreso lo es
Siguiendo con la labor en O_Lumen, donde confluyen artistas visuales, músicos y escritores de muy diversas sensibilidades y creencias, ¿qué vacíos aspira a llenar un espacio de características tan abiertas hoy en día, en una época tan marcada por la polarización y la falta de escucha?
Entre no creyentes he llegado a sentirme muy cómodo, más que en instituciones muy clericalizadas. Y quiero que ellos descubran que la Iglesia es una casa mucho más abierta de lo que a veces se pueda pensar desde relatos algo estereotipados. La Iglesia real, la del día a día, es muy receptiva a las búsquedas, anhelos y sed de belleza de las personas y de los artistas. De hecho, a lo largo de la Historia, ha sido la principal mecenas y casa del arte.
El mismo León XIV advirtió en el Congreso de los Diputados del peligro de la polarización e invitó a alejarse de la descalificación del diferente. Que determinadas narrativas intenten apropiarse de la identidad cristiana es antievangélico, porque Cristo ha venido para todos los que desde diferentes sensibilidades lo busquen y lo reciban. Ello, además, pone en ridículo la misma supuesta fe cristiana. Una muestra de lo que quiero expresar es la incapacidad de ciertas sensibilidades reaccionarias para reconocer y dejarse interpelar por las artes contemporáneas sin ni siquiera llegar a descubrir las demandas de sentido y de verdad que laten también en las propuestas más trasgresoras. Se quedan pues, en une estética neobarroca, neogótica, neotodo… Ven como peligro o anatema todo lo que aspire a progreso, cuando resulta que la misma idea de progreso es una aportación del judeocristianismo a la historia de la humanidad.
Evidentemente no todo lo que se autodenomina progreso lo es, hay que matizarlo bien: la eutanasia, por ejemplo, supone, en mi opinión, un fracaso reaccionario. Pero ese es el reto, discernir y buscar juntos escuchándonos y partiendo de lo que tenemos y buscamos en común. Y, desde luego, la belleza es una sed compartida.
En poesía vivimos de minorías
Tu poesía ha cruzado fronteras con la traducción al italiano Tra cielo e terra o la antología mexicana Andar sobre las aguas. ¿Cómo cambia tu propia percepción del poema al ver que tus versos resuenan e interpelan en tradiciones culturales y contextos lingüísticos ajenos al nuestro?
Es maravilloso contemplar la facilidad con la que una poesía tan endecasílaba como la mía se vierte en la lengua madre del endecasílabo, que es el italiano. Es como ir más al fondo hasta llegar a su casa rítmica. La antología mexicana Andar sobre las aguas fue de una tirada humilde, pero en poesía vivimos de minorías y nuestra esperanza de encuentro comunicativo con más oyentes queda satisfecha suficientemente con un pequeño grupo de poemas que aparezcan más allá de nuestras fronteras culturales.
Cada libro supone una aventura nueva
Desde aquel accésit del Adonáis por Poemas para mi hermana (2006) hasta la obra que hoy nos convoca, han pasado veinte años. ¿En qué aspectos esenciales consideras que ha madurado tu relación con el lenguaje poético a lo largo de la travesía?
Antes de Adonáis hubo, en 2003, otro accésit del desaparecido Premio Iberoamericano Víctor Jara. El de aquel primer libro sí se diferencia del poeta posterior, porque en Poemas para mi hermana, de 2006, entró en mi poesía esta vocación rítmica impar que ya no la ha abandonado.
El hilo conductor es este: cada libro supone una aventura nueva. En lo temático cada libro no se parece a ningún otro. En el estilo sí hay una continuidad que se desarrolla y que evoluciona, sin dejar de oler a Praena. La evolución ha ido en varios frentes: una creciente tendencia a lo narrativo e incluso a lo coloquial; la convivencia de los clásicos y de la tradición teológica medieval con escenarios posmodernos y urbanos; la sacramentalidad de lo cotidiano con cuestiones trascendentes; la desinflamación lírica para propiciar textos que minimizan los recursos retóricos; una mística de lo carnal y lo social; una poética de la historia que bebe de la filosofía y de la teología de la historia… No sé; cuando releo esto que acabo de responder me da la tentación de borrarlo todo porque me parece incurrir en el autobombo pedante.
El respeto y el conocimiento de la tradición es el mejor antídoto contra el narcisismo
A lo largo de tu obra es evidente el diálogo constante con la gran tradición lírica de nuestro país, desde San Juan de la Cruz hasta Jaime Gil de Biedma (cuyo premio además ganaste con Historia de un alma). ¿Bajo qué premisas conviven en tu taller de escritura la mística clásica y la mirada descarnada de la poesía de la experiencia?
Está muy de moda hablar mal de la poesía de la experiencia. Yo voy a hablar bien de ella. Me parece que algunos jóvenes desconocen la historia de la poesía de nuestro siglo XX y huyen precisamente de aquello que les precede. Además quieren ponerse trascendentes confundiendo misterio con rareza y detestando lo que les parece comprensible, figurativo, sin advertir que hay mucho divismo en eso de querer parecer místico o innovador: el verdadero místico quiere decir lo oscuro de manera sencilla.
Es uno de los signos de nuestro tiempo: perdida ya la visión teológica y cristiana de la vida y del lenguaje, precipitada también en el fracaso la fe en la ilustración y la razón, nos queda cierta pretenciosidad por acuñar un mundo poético radicalmente original que en el fondo opera sin tener un horizonte claro. Una pseudo metafísica ultrachachi que no tiene en realidad ontología que la sostenga.
Si de Dios no venimos ni a Dios vamos, entonces, como decía Nietzche ¿por qué no ser yo mismo un Dios? O un genio poético como el que nunca antes ha visto la humanidad. Algo de eso hay en la poesía más joven.
Poemas y poetas que a mi subjetiva, humilde y seguramente errada opinión le parecen planos son presentados a veces en antologías y suplementos como el no va más. Yo me he descabalgado, en la medida en que puedo, de la necesidad de estar a la última. Para los nuevos huelo a antiguo, entre otras cosas por mi voluntad de claridad, de línea clara -me dicen que huelo a experiencia: bienvenida sea- y para los antiguos, con sus militancias y su historia personal, soy algo inclasificable y, además, cura.
Por otro lado -esto es una obviedad- el respeto y el conocimiento de la tradición es el mejor antídoto contra el narcisismo. Independientemente de si se es creyente o no, independientemente de si se comparte la militancia política de esta o de aquella poeta, independientemente de cuál sea nuestra orientación sexual, el respeto a San Juan de la Cruz o a Gil de Biedma nos atañe porque forman parte de una tradición que recibimos de los otros antes de juzgar si la hacemos nuestra o de si nos atrevemos a llevarla más lejos. El respeto a la tradición no es un asunto de progresías o conservadurismos. Es un asunto trasversal y comunitario.
Cuanto más conoces, más consciente eres de tu pequeñez.
Para dar por terminada nuestra conversación, Antonio, y cumpliendo con la tradición de la sección en Culturamas, ¿de qué autor o autora te gustaría conocer su “Primera impresión” en estas mismas páginas?
Me encantaría conocer la Primera impresión de Juan Vicente Piqueras.
***
Tres poemas de Mística para excluidos
EL JOVEN FRAILE
Y pensar que nadie desabrochará mi camisa
con manos de paloma,
ni hará caracoles en el vello de mi pecho
porque ya tengo un amor que es Todo y Nada…
Y saber que soy un guerrero
que reza como un almendro.
JERSEY
Toma en tus manos
este jersey trenzado en nudos de recuerdo.
Consérvalo, porque algún día
habrás de recordar las otras manos
que lo tejieron en las noches de tu infancia.
Y no podrás volver. Y tendrás frío
si acecha la tristeza y te equivocas
pensando que vivir sólo es llorar.
Abrígate esa día
con este amor zurcido:
lo que nos roba el tiempo
ha sido el tiempo quien lo ha hilado
con vueltas del derecho y del revés
que hilvanan nuestras vidas a otras tramas.
Es imposible amar fuera del tiempo,
nada infinito hay que se alcance sin su hebra,
aunque la hechura de su amor
nos muestre su belleza en sacrificio
tan solo al despedir
a aquellos que más hondo nos amaron.
No pienses, como Eliot,
que sólo el tiempo vence al tiempo,
porque el tiempo es invencible.
Más bien, realiza hazañas cotidianas:
piensa en mamá, aprende a tricotar
tus horas en ofrenda:
–punto de arroz,
ochos perdidos,
espigas que se cruzan
con las agujas de la vida…-
ponte el jersey
y teje otro jersey para tus hijos.
JUEVES SANTO
y no morir después que nuestros hijos
Amalia Bautista
La verdad es sinfónica
Han Urs von Balthasar
Me eligieron prior en el convento de Granada.
Lo acepté sin preguntas, mas no fue un acto de obediencia.
Quizás solo una huida, un anuncio del ángel.
La forma de salvar del fuego más hermoso
la poca voluntad que me quedaba.
El resto ha transcurrido en varios libros,
tras historias ajenas, distintas de mi historia.
Ya sabéis cómo es esto;
la gran verdad ignora las excusas
a las certezas y ficciones que escribimos.
Somos nosotros el relato
de su amor invencible, las voces de un acorde
donde todas las lenguas son sagradas.
Como este Jueves Santo de abril de 2020
en el que compartimos sacerdocio:
muy pocos son los pies que, de rodillas,
nos es dado lavar en esta hora
en que el Hijo del hombre se entrega mansamente
en manos de los hombres.
Y tú te estás muriendo con un tubo
clavado en la garganta.
Me lo dice tu madre en un mensaje.
Ella sabe muy bien
que hay cosas que se entienden tan de golpe
que las metáforas resultan
una invasión impúdica del lenguaje en lo vivo:
vivo o muerto,
yo sé que estás resucitado:
vivo o muerto,
ocurra lo que ocurra,
pues, ante verbos capitales,
lo que haya de venir ya ha sucedido,
y no existen los cielos y la tierra,
pues la tierra primera y los primeros cielos
se quedaron atrás. Y el mundo se ha hecho nuevo
por la sangre del Cristo.
Mas ruego por los tuyos
que siguen en el tiempo:
tus padres, tus hermanos, tus sobrinos,
los que esta noche velan tu batalla:
como cera de abejas yo me ofrezco,
como escarcha de pan sobre la arena
de las dunas de Egipto,
que al filo de la aurora se anticipa
y cruza el mar de sangre a pie enjuto.
Como incienso radiante mientras prende
y en las simas bronquiales se introduce
desafiando la niebla y la disnea,
me entrego en tu presencia, libre en gozo
de poder inmolarme,
ciervo en busca del ciervo resurrecto
que es lucero del alba y que ya nunca,
ya nunca ha de morir en tu alegría.
(Quién nos hubiera dicho que la vida
llegara a convertirse en esta forma
de vida contra todo lo vivido).

