Marta Delgado

Juntar a José Coronado, Maribel Verdú, María Valverde, Martiño Rivas y Gonzalo de Castro, entre otros, solo puede significar una cosa: un reparto que promete, como mínimo, mantenernos pegados a la pantalla. Sí, además, la historia parte de una novela de Arturo Pérez-Reverte y reúne un asesinato, un hotel de lujo y un grupo de personajes cargados de secretos, la intriga está servida.
El problema final, la miniserie española de Netflix basada en la novela homónima de Pérez-Reverte, nos traslada a la primavera de 1959. En un islote cercano a Mallorca, un grupo de huéspedes queda atrapado en un hotel tras un temporal. Lo que prometía ser una estancia tranquila en un enclave privilegiado se convierte en una investigación criminal cuando una turista aparece muerta. Lo que inicialmente parece un suicidio pronto apunta a un asesinato. Y, en un lugar del que nadie puede salir, todos se convierten en sospechosos.
Al más puro estilo Agatha Christie, la serie recupera el encanto de los misterios clásicos: un espacio cerrado, un crimen aparentemente inexplicable y un grupo de personajes entre los que se esconde el culpable. La pregunta no es solo quién lo ha hecho, sino hasta qué punto mentirá para no ser descubierto.

José Coronado interpreta a Basil, un actor que durante años dio vida a Sherlock Holmes en la gran pantalla y que, casi sin proponérselo, termina convertido en detective. A su lado, Francisco Foxá, un joven escritor de novelas de intriga interpretado por Martiño Rivas, le ayuda a reconstruir los hechos y a buscar respuestas entre los huéspedes.
Coronado demuestra una vez más su capacidad para sostener una historia. Su personaje tiene algo de detective clásico, pero también de hombre que debe demostrar que sus habilidades van más allá de la interpretación. Al fin y al cabo, una cosa es representar a Sherlock Holmes ante una cámara y otra muy distinta enfrentarse a un asesinato real, con personas que mienten, pistas que confunden y un asesino que podría estar sentado a pocos metros.
La pareja protagonista aporta dinamismo a la investigación y nos invita a acompañarla en cada deducción. Sin embargo, el verdadero juego está en el resto de los personajes. A medida que avanzan los episodios, descubrimos que ninguno es tan sencillo como parecía al principio. Antiguas profesiones de dudosa moralidad, viejos vicios, sobornos y chantajes van dibujando un retrato menos amable de quienes se alojan en ese hotel. Bajo los buenos modales y las apariencias respetables, todos parecen tener algo que ocultar.
Y ahí está una de las claves de la serie: cada nueva información modifica nuestra percepción de los personajes. Una confesión puede despertar más sospechas que confianza; un comportamiento extraño puede parecer una prueba definitiva y, unos minutos después, dejar de tener sentido. La historia nos obliga a revisar continuamente nuestras teorías. Cuando creemos haber encontrado al culpable, aparece un nuevo detalle que nos hace dudar. Y cuando descartamos a alguien, quizá deberíamos pensárnoslo dos veces.

El escenario desempeña un papel fundamental. El hotel, con sus maravillosas vistas al Mediterráneo, sus interiores elegantes y su atmósfera de vacaciones, contrasta con la tensión que va creciendo entre los huéspedes. Es un lugar en el que cualquiera querría pasar unos días de descanso, hasta que un asesinato transforma cada conversación en un interrogatorio y cada gesto en una posible señal de culpabilidad.
La contradicción funciona especialmente bien: mientras el entorno invita a la calma, sus habitantes viven cada vez más pendientes de lo que dicen, de lo que callan y de quién podría estar escuchándolos. Nadie puede marcharse, pero tampoco parece seguro confiar en nadie. El aislamiento convierte el hotel en una especie de escenario teatral en el que los personajes se ven obligados a convivir con sus propias mentiras.
La fotografía y la música contribuyen a construir esa atmósfera. La belleza del paisaje mediterráneo y la cuidada ambientación de época ofrecen una sensación de serenidad que choca con la gravedad de lo que está sucediendo. Los silencios también tienen su importancia: a veces, una conversación interrumpida o una mirada esquiva generan más inquietud que una explicación. Los personajes no siempre necesitan decir algo para despertar sospechas.
La serie está ambientada en 1959, y los trajes, los peinados y los espacios ayudan a recrear ese mundo de elegancia y formalidad. La puesta en escena acompaña al relato sin distraernos de lo esencial: observar a los huéspedes, tratar de entender sus relaciones y buscar pistas donde quizá no las haya.

Una de las mayores virtudes de El problema final es que no se limita a mostrarnos una investigación, sino que nos convierte en participantes de ella. Como Basil y Foxá, intentamos ordenar las piezas, reconstruir los hechos y encontrar una explicación coherente. Cada episodio añade información, abre nuevas posibilidades y nos obliga a reconsiderar lo que creíamos saber.
La escena del primer asesinato resulta especialmente significativa. A ella se vuelve una y otra vez para reconstruir lo sucedido y formular nuevas teorías. Los detalles adquieren importancia, los recuerdos se reinterpretan y aquello que en un primer momento parecía evidente empieza a generar dudas. La serie entiende que, en una historia de misterio, no basta con esconder al culpable: también hay que conseguir que el espectador dude de su propia capacidad para reconocerlo.
Los personajes comparten esa misma incertidumbre. Quieren descubrir al asesino, pero también protegerse de él; necesitan colaborar, aunque desconfíen de quienes tienen delante. Así, la investigación se convierte en una lucha entre la necesidad de saber y el miedo a que la verdad termine señalándolos a ellos mismos.
A medida que conocemos mejor a los huéspedes, algunas de sus contradicciones empiezan a adquirir sentido. También descubrimos vínculos del pasado que no eran evidentes al principio y que modifican nuestra interpretación de determinadas relaciones. El misterio no reside únicamente en averiguar quién cometió el crimen, sino en comprender quiénes son realmente las personas que nos rodean.
Con cuatro episodios, El problema final ofrece una historia breve y fácil de ver. Su principal virtud es la capacidad de mantener viva la curiosidad: siempre queda una pregunta por resolver, una sospecha que comprobar o una pista que reinterpretar. El reparto sostiene el relato y la combinación de misterio, tensión y ambientación convierte la miniserie en una propuesta entretenida para quienes disfrutan de las historias de detectives.
No obstante, el desenlace no termina de estar a la altura de todo lo que la serie construye previamente. Después de varios episodios dedicados a sembrar dudas y a mantener abiertas distintas posibilidades, la resolución puede llegar algo tarde y prolongarse más de lo necesario. Cuando por fin se aclaran los hechos, uno puede sentir que la intriga ha perdido parte de su fuerza. La explicación final importa, por supuesto, pero también importa cómo se llega hasta ella y si consigue satisfacer las expectativas que el propio relato ha generado.
Aun así, la serie recupera una forma de contar historias que resulta especialmente agradecida: la del misterio clásico, en el que cada personaje es una pieza del rompecabezas y el espectador tiene la oportunidad de intentar resolverlo antes de que se revele la respuesta.
En algunos aspectos, el retrato de los huéspedes y sus pequeñas miserias puede recordar a The White Lotus, especialmente por el contraste entre un entorno vacacional privilegiado y las tensiones que se esconden bajo su superficie. Sin embargo, aquí el centro de gravedad está en la investigación criminal y en el placer de reconstruir un enigma. Más que una crítica social en sentido estricto, la serie juega con la distancia entre lo que los personajes aparentan ser y lo que descubrimos de ellos cuando las circunstancias los obligan a bajar la guardia.
Quizá ahí resida el atractivo de El problema final: en recordarnos que las apariencias pueden engañar, que una buena historia siempre tiene algo que esconder y que, a veces, cuanto más seguros estamos de haber encontrado la respuesta, más cerca estamos de equivocarnos.
La pregunta queda abierta: ¿descubriste al asesino antes de que Basil y Foxá lo hicieran?

