Horacio Otheguy Riveira.
Primera novela de los detectives Angela Gennaro y Patrick Kentzie, Angie y Pat, alta tensión sexual y vendaval de peligros. Con buen pulso, se rinde homenaje a clásicos del género como la agilidad y brillantez de los diálogos o el cinismo de Raymond Chandler, por ejemplo, pero dentro de un circuito con marcada personalidad.
Lehane enlaza batallas sangrientas entre bandas callejeras, asesinatos, racismo, prostitución infantil y corrupción política. Un bautizo literario lleno de talento, espléndido y sorprendente, tan brutal como las oscuras calles de Boston.
Patrick y Angela forman una pareja atípica. Deben responder ante un encargo muy bien pagado, demasiado para un trabajo tan insignificante: encontrar a una limpiadora negra que se ha llevado “documentos importantes” de despachos oficiales del Estado de Massachussets.
El rastro de Jenna Angeline, sin embargo, se pierde entre bandas callejeras y la certeza de que no se trata de un simple robo. Pero en Boston perseguir la verdad es un mal negocio. Más aún si te persiguen, a la vez, políticos desesperados, policías corruptos, pandillas criminales y un pasado cruel.
Hasta el final confiamos en la fortaleza de los detectives que llegan a abrazarse y suspirarse en más de una ocasión, aunque ambos lidian con relaciones familiares muy traumáticas. En realidad se trata de un título metafórico, ya que Un trago antes de la guerra es la señal inequívoca de que la América de Trump, bestial, racista y corrupta, viene de muy lejos.
Novela intensa y desasosegante cuando se juega con la inocencia de niños que acaban convirtiéndose en salvajes. Pero los detectives permiten un abrazo cordial, creando en los lectores una muy saludable empatía nada tradicional.

«Cerré la puerta a mi espalda, levanté la cabeza de una pila diseñada para enanos y me contemplé en el espejo.
A duras penas conseguí reconocerme. Tenía los labios hinchados hasta el doble de su volumen habitual y parecía que había estado morreándome con una máquina de cortar césped. El ojo izquierdo estaba rodeado por un halo de color marrón oscuro y la córnea lucía brillantes manchitas de roja sangre. La piel de la sien se había rasgado cuando Gorra Azul me atizó con la culata del Uzi y, mientras dormía, la sangre se había incrustado en algunos mechones de pelo. La parte derecha de la frente, donde intuyo que me di al chocar contra el muro de la escuela, estaba arañada y en carne viva. Si no llega a ser porque soy un detective muy machote, me hubiera echado a llorar.
La vanidad es una debilidad. Ya lo sé. Se trata de una dependencia banal de la imagen pública, de lo que uno parece en vez de lo que uno es. Me consta. Pero ya tengo una cicatriz del tamaño y la textura de una medusa en el abdomen, y os sorprendería saber lo mucho que te cambia la impresión que tienes de ti mismo cuando no te puedes quitar la camiseta en la playa.
En mis momentos más privados me levanto la camisa, la miro y me digo que carece de importancia, pero cada vez que una mujer la ha tocado de noche, ha pegado un respingo y me ha preguntado por ella, he dado las explicaciones más sucintas posibles, he cerrado las puertas de mi pasado lo más rápido que he podido, y nunca, ni siquiera cuando la que preguntaba era Angie, he dicho la verdad.
La vanidad y la falta de honradez puede que sean dos vicios, pero también son las principales maneras de protegerse que conozco.
El Héroe siempre me arreaba una colleja cuando me pescaba mirándome al espejo.
—Esas cosas las inventaron los hombres para que las mujeres tuviesen algo que hacer -solía decir el Héroe, mi padre, el hombre del Renacimiento.
A los dieciséis años, yo tenía los ojos azules, una bonita sonrisa y poco más en lo que confiar… Y si aún tuviese esa edad y siguiera ante el espejo reuniendo valor y diciéndome que esa misma noche, definitivamente, le plantaría cara al Héroe, me sentiría de lo más perdido…»

Boston, 1966.

