Manuel Francisco Reina.
Toda gran literatura es híbrida y mestiza. Lo sabían bien los griegos que partían del concepto de “poiesis”, de donde proviene la palabra poesía, que significa creación. Para ellos, la creación, la poesía, era una especie de sustancia líquida que adoptaba la forma del molde en el que se vertía, y de ahí el origen de los géneros. Luego, la más moderna teoría literaria ha apuntado a los conceptos de poesía total, o totalizadora, y por extensión a “literatura total o totalizadora”, que se atribuye al crítico italiano Adriano Spatola, aunque ya está antes en las disertaciones literarias de los autores hispanoamericanos Luis Rosales y Octavio Paz. Esta teoría viene a sugerir que todo género se enriquece con los recursos de otros géneros, el teatro de la poesía, la narrativa de la poesía y el teatro, etcétera. Hago todo este preámbulo teórico para hablar de la novela El misterio del último Stradivarius, del argentino Alejandro G. Roemmers, porque en ella se dan todos estos elementos de enriquecimiento narrativo a través de las aportaciones y de su conocimiento, además del talento, de otros géneros que también ha cultivado con éxito.

Formalmente, la novela se construye en veintinueve capítulos, que mezclan el género de la novela negra o thriller, que ya cultivara en sus anteriores entregas narrativas, y la novela histórica, con ciertas dosis de relato sobrenatural y de misterio. El punto de partida de la acción es un enigma que tiene lugar el 22 de octubre de 2021 en la ciudad de Areguá, Paraguay, donde el anticuario Johann von Bulow y su hija adolescente aparecen asesinados, arranque que el autor toma de una noticia real que le llamó la atención. Aquí de nuevo, lo narrativo usa recursos de lo periodístico, como el propio García Lorca dijo inspirarse en un suceso de prensa para su drama Bodas de sangre. De esta forma, el verdadero protagonista de la historia es un objeto, un violín, que parece poseer una suerte de poder místico de fortuna, que lo hace codiciable para todos. Como bien apunta el Nobel Mario Vargas Llosa en el prólogo de esta novela, Roemmers rescata un género olvidado y que dio grandes frutos narrativos, actualizándolo y volviéndolo a la modernidad desde la tradición. Dice Vargas Llosa:
“El misterio del último Stradivarius pertenece a un género que tuvo su origen en la Inglaterra del siglo XVIII y dio en llamarse «novela de circulación» (novel of circulation) o «literatura de objetos» (object narrative), porque sus protagonistas eran objetos inanimados, «cosas» que podían ser intercambiadas, compradas, vendidas, regaladas o legadas y que pasaban de mano en mano, a veces de generación en generación”
Vargas Llosa, gran amigo de Roemmers y que le regaló este estupendo prologo, último texto que el maestro peruano escribiera antes de fallecer, alude a un interesante género que nace en los límites del positivismo de la Ilustración, con su afán enciclopédico de conocimiento total y de coleccionismo, con los famosos “gabinetes de maravillas” que dieron lugar a grandes museos luego por toda Europa, y su consiguiente desencanto, la vuelta al conocimiento antiguo, espiritual, esotérico, que supuso el Romanticismo. Todo este juego de tiempos y géneros está en El misterio del último Stradivarius, que salta de una época a otra, de un siglo a otro a través de la historia de este violín y sus poseedores. La historia del violín empieza casi tres siglos atrás en la ciudad de Cremona, con la creación de este a manos de un famoso luthier. El plano temporal del relato o trama principal (el presente de la acción) se extiende desde el 2021, con el brutal asesinato de padre e hija, hasta la actualidad, con guiños incluso al papado de Francisco, y se va alternando en la novela con flashbacks que nos llevan hasta los orígenes del inigualable instrumento que, según la ficción novelesca, habría firmado el lutier Antonio Stradivari en 1737. Significados personajes como Verdi o Casanova deambulan por estas páginas y la historia donde el instrumento es el artífice de muchas tramas y también el verdadero protagonista como ya hemos indicado. La narrativa tiene extraordinarios toques cinematográficos, y otra vez volvemos a este interesante juego de literatura total, que rompe moldes de géneros y los enriquece, y veremos cómo el objeto va pasando de mano de mano por distintos lugares de Europa, hasta caer en las garras de Julius Heiden, funcionario nazi y responsable de un campo de concentración, que concluye sus días en Paraguay. Hay aquí también una denuncia velada a una parte de la historia hispanoamericana donde se ocultaron algunos de los criminales más encarnizados del holocausto judío a manos de los nazi. En estos juegos de tiempos y espacios, llama la atención la contraposición de personajes que codician el violín por un interés personal, por sus supuestas propiedades mágicas, y otros que quieren custodiarlo en un afán de preservar la belleza y la pureza que encierra, como símbolo de lo mejor del ser humano.
También se aprecia un juego cervantino en uno de los hilos conductores de la novela, la investigación encargada a los policías Alejandro Tobosa, alusión evidente al personaje del Quijote de Dulcinea, y el sargento Gutiérrez, en un tándem que emula a veces la relación literaria de Don Quijote y Sancho, uno más racional y el otro más idealista, y su equilibrio y contrapunto de humor y puntos de vista sobre los diferentes aspectos de la investigación y de la vida. Sin desentrañar el argumento, o alguno de los argumentos, pues muchos se superponen y entretejen aquí en protagonistas y tiempos, las solidaridades alcanzan grandes intensidades emocionales, bien construidos por el autor, como la de los músicos que coinciden en el campo de concentración y cuya amistad sobrevive al horror del Holocausto y sus postrimerías.
Otro de los grandes temas de la novela es la trascendencia, la comunicación a través del arte y de la música que emana del instrumento con la divinidad. Esa comunión con la eternidad, con Dios, como reflejo de la divinidad en lo mejor de lo humano, que subyace en el interior de todos nosotros. Es este, en realidad, el gran tema de toda la obra de Roemmers, que adopta distintas formas y géneros en distintos libros. También lo es, en el fondo, de esta novela. Un afán de comunicación con el Todo, casi místico, a través de la solidaridad y la comunión con todos los vivos y con todo lo vivo. Cómo el espíritu humano es capaz de la vileza, del crimen, la violencia, el extermino, la codicia, que aparecen durante los siglos que atraviesan esta narración, pero también del sacrificio, de la solidaridad, del amor y de la belleza, a través del arte y sus manifestaciones, pero también a través de la amistad en todas las formas en que esta se manifiesta. Asegura en su prólogo el Nobel Vargas Llosa que:
“el protagonismo definitivo lo tiene el violín, porque en cierto modo él es todos los personajes en cuyas manos cae y es también la serie impresionante de hechos dramáticos y por momentos cómicos o irónicos en los que este instrumento, al parecer con poderes especiales, se ve envuelto”.
No es casual que Roemmers, gran melómano y amante de las artes, pero especialmente de la música, personalice lo mejor de lo humano en un instrumento musical. Está cifrando en él toda la capacidad de belleza y trascendencia, y de conexión con la divinidad, de trascendencia que late en la especie, desde los dibujos de las cuevas primitivas, a las más sofisticadas creaciones digitales del hoy. Ese violín, la música que emite, remite también a esa música de las esferas a la que hacen alusión todos los filósofos griegos, los teólogos cristianos, especialmente San Agustín, y los pensadores hebreos o musulmanes, y que pone lo terrenal en comunicación con lo angélico, como mediación, es decir, con lo divino. Estamos ante una novela redonda, magníficamente pensada, tramada y escrita, un artefacto literario de primera categoría, como ha distinguido, antes que yo, un premio Nobel como Mario Vargas Llosa, en su último texto literario, que sirve de preámbulo a esta narración.
He leído en alguna reciente entrevista a Alejandro G. Roemmers que esta es su última novela. Que con ella cierra su ciclo narrativo. Espero que no sea así. En esta novela no sólo rescata un género perdido desde hacía siglos en la tradición narrativa europea, sino que, además, consigue conjugar tradición, calidad literaria, modernidad, entretenimiento y trascendencia. Pocos autores pueden permitirse tanto. Esperemos pues nuevas entregas.

