ESPAÑA EN SORDINA

PRODIGIO DE ALMENDROS EN MADRID

 

 

En las afueras de Madrid, al final de la calle Alcalá, está la Quinta de los Molinos. Consuelo y yo fuimos varias veces allí cuando vivíamos en Madrid.

Hay senderos deliciosos y rincones muy atractivos. Consuelo hacía fotos irrepetibles.  Pero lo que más recuerdo es la fiesta de los almendros.

Eran almendros de verdad, no artificiosos ni modificados genéticamente ni chorradas de esas. Eran almendros de verdad y alegraban de verdad.

Eran almendros naturales, con todo el misterio de la naturaleza que se desarrolló durante millones de años. Eran almendros con espíritu y me daban espíritu.

Tenían espíritu, eso que los tecnólogos no pueden coger con sus pinzas ni sus algoritmos.  Eran almendros con su sorpresa en cada instante, con su prodigio de cada instante, como los pintaría Monet cuando pintaba el prodigio del tiempo, como los pintaría van Gogh cuando pintaba sin putos algoritmos la pasión de la vida. Esa pasión de vivir de la que hablaba Ken Russell en una película, aquel director de cine al que atacaban todos estos cerebritos por su delirio libérrimo, porque “no tenía estructura”.

Dicen que Al Mutamid, el rey poeta de Sevilla, plantó miles de almendros frente a su quinta porque su mujer, que lo enamoró  componiendo  poemas junto al Guadalquivir, soñaba con un paisaje nevado. Estos almendros de la Quinta de los Molinos en Madrid los puso alguien para que algún día yo, un poeta asqueado del mundo de los algoritmos, pudiera disfrutar todavía un milagro de belleza vibrante en un rincón de España.

Eran almendros prodigiosos que se saltaban toda estructura rígida, que me saltaban con su fiesta ante los ojos, que me renovaban y me hacían infinitamente vivo otra vez.

Y aún me reviven ahora cuando miro las fotos.

No sé nada más de la Quinta de los Molinos, aunque tal vez lo supe un día, no me pidan datos y bibliografías en plan académico, solo quiero disfrutar de su vida y su encanto (otra cosa que tampoco encuentran con sus pinzas los tecnólogos.

Ese encanto todavía queda en España, en tantos rincones como la Quinta de los Molinos, queda en sordina y gritando suavemente en nuestros oídos secretos.

 

ANTONIO COSTA GÓMEZ

FOTO DE CONSUELO DE ARCO