
Llegado a un punto de la vida, el joven abandona las orientaciones de sus padres, recibidas durante la niñez, y se engancha a las orientaciones intelectuales de la moda (desde la del vestir hasta la científica, pasando por la ideológica), que, por otra parte, son también las de sus pares, y ya no vuelve ni le interesan nuevas referencias. Muy tarde ya, envuelto en sus mil errores y quizás con un pie en la tumba, tratará de recomenzar, regresando a aquellos principios paternos, que eran en definitiva los del sentido común, es decir, los principios eternos… Y así, vuelta a empezar la rueda de las generaciones.
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Parece una obviedad que el joven acepta el olvido de su vida pasada mejor que el viejo el olvido de la suya… Así el joven, por ejemplo, podría soportar, sin detenerse siquiera a mirar, el proceso de demolición del colegio donde estudió cuando niño; para el padre, esto mismo constituiría una demolición de su propia existencia con la de su hijo.
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“Los viejos se repiten y los jóvenes no tienen nada que decir” (J. Bainuille). Obviamente es mejor repetirse: al menos se dice algo.
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Una de las caras de la sabiduría de la vejez es la de reconocer las oportunidades que se perdieron (reconocerlas precisamente ahora…).
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La memoria deja de ser activa cuando no se conduce a lo largo del tiempo, cuando no hay un tiempo en que actualizarla. Si para el viejo, además, el tiempo deja de existir en cuanto que se comprime para él y se hace un punto en el que sólo se refleja su propio yo, entonces la vejez es un adelanto de la eternidad.
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La memoria es la única facultad que nos ayuda a regresar. Por ello no es de extrañar que uno pueda llegar a la conclusión de que es una desgracia tener buena memoria: ¡Tener toda la vida presente en cada momento…!
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La memoria ―la buena memoria― de nuestra vida se aproxima a una maldición. Aguantamos porque nuestra vida ha sido una vida irrelevante, lo cual nos sirve para que soportemos y poder hacer un hueco a la memoria sobre los demás. La prueba del nueve: ¿alguien podría soportar la memoria de la Humanidad y sus errores si no fuera porque es una memoria ajena?
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La valoración de la felicidad de nuestra vida pasada sigue un proceso parecido a la valoración de las sucesivas fotografías que nos han tomado a lo largo de nuestra existencia. En su momento, lo que la foto recoge es sólo un hecho más del devenir de nuestra vida, como una secuencia más de su continuidad, y no obtiene mayor relevancia. A medida que pasa el tiempo, llega un momento ─otro momento─ en que esa fotografía se convierte en el único punto de referencia de tu vida pasada. Quieres hablar de ella, incluso regalarla a tus seres queridos y a todos, pero sólo tienes ese ejemplar; hasta has perdido los clichés, el pen donde la guardabas…
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En mí se está produciendo un cambio de percepción en la confianza hacia la gente: en lugar de desconfiar cada vez más de su mala voluntad (como parece que debería corresponder a mi edad), desconfío cada vez más de su buena voluntad porque desconfío cada vez más de su memoria.
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Es curioso. La gente no se fía de su cuerpo, pero sí de su cabeza. Puede imaginar que la capacidad y la salud física le abandonarán, pero que será imposible que le abandone su salud psíquica. “Todos se quejan de su mala memoria, pero nadie de su inteligencia”, decía La Rochefoucauld. Cree sinceramente inverosímil perder el grado de lucidez y de consciencia que tiene (en el momento en que lo está pensando). Y ello, aun cuando la experiencia de los fracasos y peligros del cuerpo y de la mente han ido a la par…
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La razón envejece más rápidamente que las palabras. Pensar y hablar…


