Por David Lorenzo Cardiel.
Hace pocos meses, de regreso de unas conferencias en Francia, me encontré con un peculiar atasco en la Route Nationale de montaña. Un grupo enorme de cabras y ovejas ocupaba ambos carriles, eso sí, custodiados por un buen puñado de atentos perros y de pastoras. Digo bien, pastoras, además de pastores, todos ellos sorprendentemente jóvenes. Unos kilómetros adelante me detuve en una de las granjas que frecuento cuando realizo esa ruta. La señora que custodia el abanico de quesos que producen allí me explicó que una pequeña parte de aquel enorme rebaño pertenece a su hijo, exsanitario de unos treinta años. Cambió su vida asalariada por la aventura de recuperar el oficio de sus ancestros. «Hasta que llegue el invierno, le ayudo. Luego, cuando llegan las nieves, marcho a Bayona a casa de mi hija», me explicó. Hablamos de la dura vida de los oficios del campo, del contrapeso de la serenidad y el bienestar que ofrece la naturaleza, también de cómo los españoles vamos una generación atrás en todo. Hablamos de la experiencia urbanita de amigos que han emigrado a nuestros vecinos del norte y la mía propia, como afrancesado que soy. Cuando en España queremos ir y creemos que hemos inventado los puntos cardinales, en Francia ya traen los mapas impresos en 3D.

Hablando de mapas, y precisamente a raíz de este recuerdo, en la despoblada Península Ibérica hemos perdido el sentido de la supervivencia en el entorno agreste. Somos una población profundamente urbanita, donde incluso quienes viven en los pueblos, al menos, las generaciones más jóvenes, no están recuperando unos oficios ligados a la producción animal y vegetal que, por motivos geopolíticos, les están siendo vetados como negocio. Tolstói explicaba muy razonablemente en su obra ensayística que el único bien material que precisa el ser humano es tierra, un cachito ridículo, uno que permita cultivar un huerto. Un huerto es un arma poderosa de independencia, y quienes nos desean someter y convertir en esclavos material y espiritualmente lo saben muy bien. Con un huerto, dependes de tu fuerza de trabajo y de tu voluntad. Puedes atesorar alimentos y, al menos, mantener una grata alimentación. Con algunas gallinas, esta capacidad de independencia se multiplica. No hay decisiones políticas cándidas. La inocencia no existe en la ley más allá del derecho a su presunción.
Pero ¿qué hay del monte, de la estepa, de los riachuelos y de la intemperie? Si no estamos preparados para una vida ligada a la tierra y su rigor, menos aún lo estamos, en general, para saber sobrevivir a base de estrategia y entendimiento. Muestra de ello son los trágicos accidentes y rescates en montaña, algunos de ellos fruto de acciones mal diseñadas y de una preparación inadecuada frente a la adversidad. Los cuerpos de la Guardia Civil que se ocupan de salvar las vidas de montañeros y senderistas atrapados en medio de la naturaleza lo saben muy bien y repiten hasta la saciedad algunas normas básicas.
Por ese motivo, porque la sociedad moderna no sabemos, en general, subsistir en la intemperie sin recursos prefabricados valoro sobremanera guías como Bushcraft, que publica GeoPlaneta. En este caso, y de la mano del veterano del ejército estadounidense Dave Canterbury, la breve, compacta y amable guía Bushcraft Avanzado nivel experto es un libro de necesaria atención. En un tono sumamente didáctico y amable, Canterbury ofrece una serie de explicaciones sobre cómo fabricar diversos recursos que permitan a cualquier aspirante a supervivente en un hombre vivo, en caso de extravío o accidente. Más allá, permite atesorar algunas nociones avanzadas sobre cómo subsistir voluntariamente alejado de cualquier atisbo de civilización, al menos en el contexto climático atlántico y, pienso yo, extensible al mediterráneo.
Las explicaciones vienen acompañadas de recomendaciones y dibujos que facilitan el proceso de las manualidades, que cualquiera puede entrenar activamente en un entorno controlado antes de aventurarse ante un contexto impredecible. Canterbury enseña recursos desde equipación hasta uso de recursos naturales, aprender a refugiarse, hacer útiles nudos, atrapar animales, encender fuego e incluso trabajar madera y metal para construir utensilios. Este libro es una guía condensada de información trascendental para cualquier amante de los paseos por el monte y de las expediciones boscosas. Apenas abarca algo más de doscientas cincuenta páginas que pueden transportarse muy cómodamente en la mochila de montañero. Pero, si bien no ofrece la capacidad definitiva para convertirse en un hombre o mujer completamente independiente a la hora de habitar en medio de ninguna parte, lo cierto es que quien lea, aprenda y sepa manejar las técnicas que se atesoran en esta guía va a desarrollar una agradable capacidad de supervivencia. No sólo se va a sentir más útil para mí mismo, sino que, también, lo va a ser para los demás.
Considero que Bushcraft avanzado nivel experto es uno de esas novedades que se pasan por alto y que interesan a un nicho muy concreto de la población, el de los montañeros. Pero más allá de los límites de interés, pienso que esta clase de guías son de imprescindible lectura en adolescentes, jóvenes y personas que vivan en el medio rural o que gusten de pasar las vacaciones en zonas poco pobladas. Saber subsistir en medio de la naturaleza nos devuelve a las raíces antediluvianas de nuestra especie, pero también es garantía de que, si algo sucediese en una actividad controlada, como el caso de un simple paseo por la montaña, sabríamos qué hacer y cómo pedir ayuda sin sucumbir a la hipotermia nocturna y a los peligros de quedarse tirado en las selvas europeas. Si son personas de mente o de pies inquietos y aman la naturaleza, este libro es para ustedes.

