David Lorenzo Cardiel.

Rara vez concedo la posibilidad de una discusión en redes sociales, pero, cuando la ocasión lo merece, aún me mancho las suelas de los zapatos en los fangos dialécticos que se organizan en las redes sociales. Un licenciado en Derecho, creo que abogado, me discutió la noción de «verdad». La verdad no podía ser absoluta, escribió, es relativa, es visión, enfoque. «Evidentemente, usted está confundiendo su experiencia laboral, que consiste en convencer a diversos individuos de un determinado relato, de la verdad, que es un predicado alineado con el objeto al que se refiere», respondí. Y añadí algo equivalente a estas palabras, rotundo: «nosotros, los filósofos naturales, investigamos la realidad no por capricho, sino para comprender la esencia de entes y fenómenos. Sin nuestra determinación de los límites de una ética que tiende a la objetividad usted no tendría trabajo: no existiría el Derecho, ese en el que se fundamenta el ordenamiento jurídico con el que lidia en sus apelaciones».

Estamos demasiado acostumbrados en la Europa de nuestro tiempo, y más en países como España, a que hablemos de la ley como una disposición inalienable, inviolable y cándida, es decir, obvia. Con el tiempo y la pérdida de profundidad crítica, la sociedad, incluyendo a la élite intelectual, confunde caprichosamente la noción de una ley natural con las leyes humanas. Las normas que se diseñan en sociedad siempre son caprichosas y arbitrarias. Dependen de quiénes gobiernen y del contexto social. Son preceptos, son imposiciones. La ley natural es otra cosa. Son aquellas tendencias del orden de lo existencial que rigen sobre lo ético. Por así resumirlo, la ley natural, aplicada a la convivencia humana, determina los límites de este intercambio dinámico y termodinámico entre individuos, en toda su complejidad de variables. Las leyes humanas, en cambio, serán siempre imperfectas y desajustadas de la realidad, salvo raras y meticulosas excepciones. El estudio de la ética y de lo que es justo (campos de conocimiento universales) condujo al Derecho. La segunda, sólo a la constitución de una de las profesiones más viejas del mundo, por ancestral e imprescindible: la figura del conocedor de las normas humanas y la defensa o acusación de individuos inmersos en los litigios que sean menester.

En la antigua China, esta discusión fue más extensa. La disputa de la li («norma», «costumbre») y la fa («precepto», «ley penal») duro hasta la llegada del pensamiento europeo a finales del siglo XIX, y aún hoy sigue siendo, en áreas remotas, cuestión de quebraderos de cabeza. La li, palabra polisémica, refleja el compendio de costumbres aceptadas por una comunidad, no escritas, pero sí transmitidas generacionalmente. Por ejemplo, un bebé nacido ilegítimo puede ser perfectamente considerado por un determinado grupo poblacional como indigno de merecer la vida por tal o cual otra tradición, es decir, justificación, normalmente basada en normas de convivencia y superstición para quebrantar un algo más que el colectivo ha decidido que debe quebrarse. La fa o «ley penal» es aquella impuesta por el gobernante. Pronto, las principales escuelas chinas (confucianos, taoístas, moístas, dialécticos) se dieron cuenta que la fa y la li tenían un funcionamiento común: o bien se alineaban con algo menos evidente o bien se oponían a ese trasfondo que requería un mayor esfuerzo de discernimiento. Las demás diferencias tenían que ver con la autoridad: el soberano desea uniformar su territorio bajo normas que satisfagan sus intereses, y aquellas costumbres locales que se oponen a su voluntad quebrantan sus deseos.

En occidente, el estudio de las leyes, muy en especial desde Aristóteles -gran recopilador de constituciones-, siguió un camino, en síntesis, paralelo. A ese algo natural, espontáneo, pero abstracto, que requiere detenimiento para discernir, lo llamaron ley natural, que no es otra cosa que las consecuencias derivadas de una ética, y ésta de la naturaleza eterna de las cosas que existen. Cuando nos parece horrible que un cierto pueblo, en base a sus creencias, sacrifique a los nacidos ilegítimos es porque esa decisión, esa ley humana, viola la ley natural. Y la ley natural es violada porque ese ser posee una naturaleza propia que tiende a la existencia: con la agresión que le da muerte, se le daña, se pervierte su orden natural a partir de su esencia, que es existir. A ese ser le corresponde existir a partir de lo que es. Eso es lo justo.

A una conclusión equivalente llegaron los eruditos de la Escuela de Salamanca cuando la monarquía hispánica llegó a América y los encomenderos comenzaron a aprovecharse de los indígenas. Los españoles, en contra de lo que les gusta contar fuera de nuestras fronteras, no tardamos trescientos años en darnos cuenta de la incongruencia. Pocas décadas después, según la lenta información de abusos llegó a la Península Ibérica, aquellos escolásticos, la vanguardia de la erudición europea, junto con la Escuela de París, comenzaron a ejercer presión sobre la monarquía. Indígenas y europeos somos humanos, seres existentes, hijos del mismo Dios. Compartiendo o sin compartir fe, si Cristo liberó al hombre de la esclavitud del pecado, ¿quiénes éramos nosotros para hacer distinciones entre la creación de Dios Padre? Las primeras leyes, como las de Burgos (1512), trataron de conciliar una «ley penal» que pusiera orden a la inmoralidad de algunos aventureros. Pero, con este esfuerzo y la continuidad de la discusión intelectual que abrazó el siglo XVI español, la Monarquía Hispánica y la intelectualidad castellana establecieron unos derechos universales. A partir de ese momento, todo ser humano sería igual, sea cual sea su etnia, costumbres y procedencia. Aquella fue la lejana base que dio forma a la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Casi ochenta años después de la Declaración, los Derechos Humanos se encuentran en peligro. Los países imperiales (Estados Unidos, Rusia, China, múltiples dictaduras, entre otros) admiran relajadamente estas posturas. El motivo tiene que ver con la gobernanza férrea. Son naciones construidas o bien sobre la guerra o bien sobre la legitimidad de una grandeza impenetrable, por histórica, como es el caso este último el de China. Asumir unos principios emanados de la ética, que son universales, quiebra intereses complejos, como el uso de la tortura, la represión o los mecanismos de supresión de libertades civiles para maniobrar en favor de intereses de minorías discretas que extienden sus tentáculos de influencia detrás de la masa adoctrinada y agotada por su asunción de un contexto de explotación material y espiritual que les convida a la irreflexión y a activar el mecanismo biológico de supervivencia, esto es, a transigir con la voluntad impuesta para sobrevivir. Los Derechos Humanos se establecieron después de la barbarie nacionalsocialista alemana y las atrocidades cometidas en la guerra, muy en concreto las cometidas por la Unión Soviética y por Japón. Sin embargo, los seres humanos no hemos superado la concepción tribal y reptiliana (territorial) del orden social. Con suma facilidad, sucumbimos a los discursos que persiguen dividirnos para, a través de edulcoradas o exaltadas palabras, gobernar nuestras vidas y a la visión más trivial, pero que nos permite construir una rápida identificación de en quiénes podemos confiar y en quiénes otros no. De esta manera, preferimos la familia al vecino, pensamos que nuestro pueblo es el mejor y que ser de nuestro país un orgullo, nos mofamos de los nacionales de otras identidades y defendemos regímenes que, bajo una mirada universal y, en consecuencia, cosmopolita, es impensable. La guerra verdadera y antediluviana no es entre clases sociales, sino entre niveles de consciencia de la realidad.

Por ese motivo, el rol en este mundo de filósofos naturales como yo es comprender la realidad y señalar su naturaleza y el orden derivado de ella, su ley natural, su emanación divina. Y, por ese motivo, de un modo liviano, defiendo encarecidamente la lectura de libros como Breve historia de los Derechos Humanos, del jurista Pasquale Gianniti. En poco más de ciento cincuenta páginas, el especialista recorre no sólo la historia condensada de este reconocimiento universal de principios superiores, sino que incluye tres líneas que me han parecido interesantes, por inteligentes. Una, la comparación entre la cosmovisión europea y la de otras latitudes. Dos, la influencia cristiana (que el autor define frecuentemente como «socialcristiana»: yo la limitaría a «cristiana») en el reconocimiento de unos principios universales que protejan la integridad del ser humano. Y tres, un breve análisis del futuro que nos espera.

La primera y la tercera línea la dejo en manos del lector para que pueda adentrarse en este espléndido ensayo. Sobre la segunda, y en parte de la primera, subrayo el acierto de recordar que las culturas donde la cosmovisión predominante es colectiva y se disuelve la noción de individuo, los Derechos Humanos resultan de difícil encaje y, menos aún, de llegar a unos resultados equivalentes sin contradicción. Asimilar que cada ser humano posee una naturaleza distinta, y que todas sus demás derivaciones han de ser únicas, aunque nos asemejemos los unos a los otros en las comunes características humanas, es clave para poder entender el gran progreso para nuestra especie que supuso el esfuerzo fructificado en mil novecientos cuarenta y ocho. No pueden existir derechos y libertades universales sin reconocer, primero, que cada uno de nosotros es una obra de arte única, un individuo irrepetible, por naturaleza y contexto. Se trata de ética reducida a leyes que hasta los congéneres más herméticos en su necedad puedan comprender.

No obstante, estamos viviendo un renacimiento del caos de la guerra, la violencia y el tribalismo más gutural. Presidentes de naciones que se creen dioses, aunque en realidad su semejanza más justa sea con demonios, que piensan que pueden compulsar, asesinar, arrebatar o imponer su voluntad, sea ésta la que sea, sin límite. Gobiernos que minan el orden democrático para construir dictaduras más o menos encubiertas. Sociedades divididas por intereses espurios, cuando sólo es necesaria la reflexión para hallar la solución correcta a cada situación que dé lugar. Como defendían los antiguos egipcios, el tiempo (las eras) respiran: inhalan orden, exhalan caos. En dos mil veinticinco, el orden del respeto por derechos humanos tan elementales como la vida está quedando en entredicho en favor de la enajenación mental. No nos encontramos ante el deseo de conseguir más, sino que estamos corriendo el riesgo de abstraer, de nuevo, el desprecio y separarlo de la causa y de las personas que se desprecian entre sí. Sólo que ahora la humanidad posee armas poco convencionales, como las nucleares, que pueden destruir a nuestra civilización o, directamente, el planeta que habitamos. A ese peligro nos dirigimos y conviene recordar que el albor de la solución lo poseemos en nuestras manos.

Es por esta razón que la lectura de Breve historia de los Derechos Humanos se me antoja tan necesaria en una época donde la reflexión, el reconocimiento ético, a la ley, las creencias religiosas y el respeto (el respeto como valor fundacional de la sociedad) han entrado en quiebra y están desapareciendo. Rialp hace una gran labor publicado algunos de estos textos necesarios que, como en este caso, deberían ser de lectura obligatoria en cada instituto de educación secundaria, en cada universidad, para cada presidente de potencia en decadencia silenciosa. No se pierdan ustedes este libro exquisito, vacuna contra charlatanes, divisores de la sociedad y multiplicadores de su riqueza personal a costa del sufrimiento ajeno.