JOSÉ LUIS MUÑOZ
Ya sabemos que cuando se adapta un libro y se hace de él una película, mejor olvidarnos del libro salvo muy contadas excepciones (El cartero siempre llama dos veces, de Bob Rafelson, Lolita, de Stanley Kubrick, sin ir más lejos están entre las excepciones). Lenguajes diferentes. Lo literario no siempre cuadra con lo cinematográfico. El audiovisual se toma, a veces, demasiadas libertades sobre el original literario. Y claro, resulta que uno ha leído la excepcional novela de Carlos Augusto Casas Ya no quedan junglas adonde regresar y la película del mexicano Luis Gabriel Beristain no le hace justicia al libro original.
Buscar un actor norteamericano para interpretar al personaje central, el Gentleman (Ron Perlman) ya tiene sus servidumbres. El núcleo de la historia se escamotea al espectador. El Gentleman, un veterano militar norteamericano, paga a una prostituta, Olga (Natti Natasha), sencillamente para que le escuche en su soledad. Siempre se ha dicho que la prostitución es, en cierta forma, una asistencia social para los solitarios, que esas mujeres son psicólogas mal pagadas. Cuando Olga aparece asesinada, ese soldado jubilado buscará la venganza y se sentirá realizado con ella.
El libro de Carlos Augusto Casas siempre me pareció un honesto homenaje a una de las películas que el francés Louis Malle rodó en Estados Unidos con Burt Lancaster como protagonista: Atlantic City. En ese film, en el que salía una esplendida y sensual Susan Sarandon que hidrataba sus senos con zumo de limón, Burt Lancaster, mafioso retirado y voyeur, recuperaba su autoestima y su juventud matando de nuevo como en sus buenos tiempos y esa satisfacción le servía para sentirse útil y no un mueble viejo o un estorbo. Ese era el núcleo de la película de Malle y de la excelente novela de Carlos Augusto Casas al que se hace referencia en la película de Luis Gabriel Beristain casi al final, cuando Theo, el Gentleman, ya ha liquidado a dos de los asesinos de Olga y confiesa lo que siente apretando de nuevo el gatillo.
Lo que en el libro de Carlos Augusto Casas queda resaltado, el poder terapéutico de la venganza para revitalizar a un anciano, (la sangre ajena vertida altera la sangre propia) en la película Ya no quedan junglas queda diluido por un guion confuso y poco verosímil en el que no se sabe bien qué hacen personajes como Mazas (Karra Elejalde), colega del vengador, o la comisaria de la Ertzaina Iborra (Megan Montaner) y el subinspector Puertas (Hovik Keuchkerian) que se limitan a acompañarlo en su tour vengativo. La película se compone de una serie de secuencias inconexas.
La buena factura del film y la excelente interpretación de Ron Perlman, y de todos los actores, no consiguen levantar un film deshilvanado que obvia la relación afectiva Olga / Theo que es el desencadenante de una trama de venganza, y ese elemento, que no se resalta (el cadáver de Olga es sacado del puerto, pero la Olga viva apenas aparece), deja al espectador absolutamente frío. Lean el libro de Carlos Augusto Casas los que hayan visto la película. No se arrepentirán.

