Por Yordan Arroyo.
Vivir en tiempos confrontativos, difíciles y repetitivos no implica que cuanto quepa en el papel, sin importar quien lo escriba, deba llamarse “poesía”, o por lo menos no como yo intento asimilarlo. Y digo esto con la certeza de que somos muchas las personas que sabemos, porque así pasa muchas veces por la mente, que luchar contra corriente, en términos de literatura-cultura, a veces, quizás, no sirve de nada en nuestros días, aunque entre la autocensura y seguir escribiendo, prefiero la segunda opción. Crecí entre dibujos, pinturas, libros y con acceso a bibliotecas y a la educación pública, con la convicción de que la escritura, como un ejercicio de pensamiento, es, más que un derecho, un deber ante cualquier sociedad que aspire a ser democrática.
Miro la poesía desde una montaña, cada vez más alta, acaso más oculta, con más niebla, conforme el paso de los años. Trato de pensar en ella desde las nubes del respeto y la rigurosidad, y lo hago, por supuesto, más allá de la palabra “poeta”, es decir de quien escribe y sus intenciones de pose. Creo firmemente que a pesar de que nunca habíamos tenido tanta literatura a nuestra disposición (a velocidades inusitadas), gracias a las herramientas cibernéticas, de manera paradójica, estamos a un simulacro, un espejo que al quebrarse revela la certeza de una sociedad narcisista, seca de espíritu y que tiene sed de poesía. Vivimos o sobrevivimos, en el siglo XXI, con necesidad de poesía, no poetas.
Escribo estas palabras pensando en muchas experiencias, que han quedado acumuladas ante la falta de tiempo, las obligaciones diarias de la vida y el vértigo del papel en blanco, tras la necesidad de decir, pero no saber cómo hacerlo. Escribir siempre es eso, una lucha con las palabras, su precisión, su sentido titánico, su espíritu de vuelo y dinamismo, razón por la cual, casi siempre, al creer que hemos puesto punto final, quedamos en incertidumbre, otra vez en blanco, lleno de dudas, de cara a la derrota. Por eso, me es imposible no pensar en un texto publicado, ayer, 28 de enero de 2026, por la escritora nicaragüense, Gioconda Belli, en sus redes sociales:
Este texto aglutina gran parte de mi pensamiento, sostiene mi posición inicial: no todo lo que el papel aguanta debe llamarse poesía, sin importar quien lo escriba. Es importante detenerse en este último aspecto, porque estamos ante la escritura de una autora, con un enorme capital simbólico. Y cuando hablamos de este tema es necesario tener en cuenta en sus distintos matices, asociados, entre otros aspectos, a la política, a la clase, a la identidad y la publicidad (pues claro que le es útil, a muchas personas, ser publicistas o tener tales dotes). Por eso, hay quienes pasan de ser la cara de un régimen, a convertirse en alegoría de exiliados, sin importar que tengan lujosos pisos en grandes ciudades, como por ejemplo Madrid, y han gozado de los diferentes banquetes que se permite un ciudadano de caviar, un sobalevas, una persona que ha incorporado un discurso “gelatinoso”, “blando”, “McDonald’s” o un artista que ha diseñado un relato, un artificio orgánico, para perfilar un culto a la imagen (con raíces muy anteriores al culto al líder bolchevique) y/o dedicarse al tráfico de influencias, premios y cargos públicos (a costa de lo que sea).
He visto personas corriendo, en Madrid, con desesperación y euforia, para tomarse “selfies”, con ciertos escritores, y colgarlas, de inmediato, en sus redes sociales. También, he tenido que soportar ver largas filas, integradas, entre ellas, por personas llenas de ilusión, quienes solo desean obtener una firma, misma que reposará en un libro o en libros que quizás nunca sean leídos o que no podrán terminar de leer, por falta de gusto, tiempo, distracción o mil razones más que forman parte de un mundo tan acelerada, en donde la imagen, lo visual, pesa más que el texto, la palabra.
Mi experiencia en la librería “Lello” aglutina todo esto fenómeno: personas desesperadas, en “piña”, en un espacio cultural, por sacarse fotografías, en medio de libros que se pierden-difuminan ante la violencia del ruido. A ese sitio de culto al espectáculo no volvería ni por dinero. Ahora bien, quien desee pagar para hacerse su foto para las redes sociales, o ingresar para ser parte de una experiencia, casi, de canibalismo cultural, adelante. No encontrarán, jamás, lo que sí se puede hallar en una biblioteca pública o universitaria.
Ante este contexto, no es casual que muchos escritores hayan dedicado su escritura a limpiar su propia imagen (con la colaboración de ciertas personas, por supuesto) o construir su propio relato, más allá de la calidad o no de un texto y quién y cómo se puedan hacer este tipo de valoraciones. Retomando el texto publicado por Belli, en él ubico lo mismo que en buena parte de la literatura actual (por lo menos lo que hasta hoy he podido leer): no solo pobreza de contenido, sino también de lenguaje, lo que incluye también faltas ortográficas.
¿Pero a quién le podrían importar este tipo de asuntos, cuando el lenguaje pasa a un segundo-tercer-cuarto plano y lo que importa, se prioriza, es la pose y la imagen construida, el disfraz bajo capital simbólico, de quien escribe? Hago esta pregunta con la certeza de que el lenguaje es la vértebra o fibra que debe tocar todo texto, para intentar llegar a lo que hasta hace unos años (actualmente parece no ser así) se consideraba el más alto y difícil de los “géneros” literarios, la poesía.
Leo el texto de Belli, con un motivo fuerte de por medio, el holocausto (se me estremece la piel al pronunciar esa palabra), con la convicción de que gran parte de la literatura actual “sobresale” (o da la impresión artificial de que es así, porque incluso los premios, cualquiera, son artificios, y por eso no aseguran, con seriedad y certeza, que un libro o un autor sean mejores o peores que otros) por un asunto de “tema”. Esto ha permitido que varios escritores instrumentalicen, para sí mismos y para los intereses y tendencias del feroz mercado, asuntos de interés público y universal, relacionados con derechos humanos, de igualdad, bienestar social, paz, entre otros asuntos humanísticos.
En el referido texto de Belli, que no puedo atreverme a llamar poema, como su propia autora lo hace, por más que lo leo, no encuentro asombro, vida. No logro identificar-sentir esa esencia particular y única, que se oculta en el lenguaje y te susurra, te quema y te invita a buscar, hasta decirte a ti mismo, en medio de tus escombros, que estás ante un poema. Yo solo ubico una prosa cargada y forzada, con varios párrafos panfletarios, escritos por una autora muy reconocida por la institucionalidad, que pone, muchas veces sin criterios sólidos y bajo perspectivas ficticias-míticas, corona y altar a unos, y golpea, con el látigo del ostracismo a otros, de manera antojadiza, o por “el linaje del aura”, como lo bautiza el nicaragüense Douglas Lee, en unos de sus acertados artículos.
Cuando leo que Belli nos dice, entre otros aspectos, “El silencio se ha mudado a Gaza”, me es imposible no confirmar pobreza de contenido. Son muchas las voces que hoy solo ven silencio y masacre en Gaza, cuando ellas también son cómplices de otros silencios, como por ejemplo Irán, que analizan la situación de ciertas dictaduras, como las de Venezuela, Cuba o Nicaragua, a su antojo, según intereses prácticos y personales, vinculados al tótem del poder.
Por ende, con tal de seguir escalando, con arribismo, hay quienes incluso se hacen pasar por “amigos” de escritores ya muertos, a quienes en vida le dieron con un “garrote”, para despojarlos de la cultura, la institucionalidad, y obtener el trono. ¿Pero cómo hacer que el mundo crea lo contrario? Justamente, construyendo un relato, desde la tenacidad del aura. También, tenemos registro de escritores que aparecen en fotografías, bien hermanados, con totalitaristas como Fidel Castro y Daniel Ortega: como si de una torre de marfil, a cada lado, se tratara, a la hora de ejercer el poder. Sin duda, espíritus disfrazados con la etiqueta de “revolucionarios”, ante la ceguera del mundo. Insisto, hay poetas que han construido su holograma literario ficticio y saben cuándo romper el silencio, para crear su propio ruido, según les conviene. Por eso, muchos de ellos no solo han sido cómplices del silencio y las masacres provocadas por dictaduras, sino que también han sido partícipes, lo cual es todavía peor. Ahora bien, que oculten el contenido histórico, la carga real, a través de sofismas y mitomanía (disfraces), eso es otro tema.
Entonces, ¿es inútil la poesía, como lo aseguran algunas personas? En realidad, si tantos escritores en el mundo han construido su propio relato, su propio holograma literario ficticio, a través de la poesía, es porque ella puede utilizarse, también, como una herramienta para engañar a sus lectores (a veces consumidores), por el impacto esperanzador, espiritual y humano que tiene y tendrá siempre en la humanidad. Allá cada quien como quiera utilizarla-manipularla. Por eso digo que estamos ante sed de poesía, no de poetas (espíritu frente a narcisismo; paisaje frente a disfraz). Ahora bien, en términos generales, el problema central no es Belli, tampoco el texto que escribió para conmemorar el holocausto o muchos otros de sus textos, la base, quizás, o por lo menos una de sus vigas, es la falta de pausa y el uso que algunas personas hacen de su poder (mediático, simbólico y/o político), del linaje de su aura, para engañar y adoctrinar-anestesiar a las masas.
Me abstengo (o al menos lucho por que no sea así) a creer o pensar que la debacle y el exilio del lenguaje, refugiado muchas veces en la palabra “poema” (justamente en una sociedad que manipula las palabras, a su antojo), es parte del deterioro de la humanidad, sus valores, principios y educación. Vivo en una humanidad enferma que necesita más poesía y menos maquillaje y disfraces. No obstante, la escritura me permite seguir teniendo esperanza y creer en un mundo mejor, sin poses, menos instrumental y más poético, pausado y libre, para que la (auto)censura no sea nunca una opción ni mucho menos el camino que conduzca a la humanidad hacia un marco temporal, que la propia poesía se encargará de (re)crear.

