Andrés García Cerdán.

“Durante unos años fui niño parabólico. Miraba la luz y pensaba en eso de la luz. Si cerraba los ojos, yo seguía viendo algo”. Escapar a la ceguera de nuestro tiempo, a la falsaria actualidad. Sintonizar la señal. Escuchar lo que el arte y la naturaleza tengan que decirnos. Eso es algo de lo que propone Niño parabólico (Periférica, 2025), la segunda incursión en la ficción de Constantino Molina (Pozo Lorente, Albacete, 1985). Como él mismo explica, “solo hay poesía o ficción”. Tras El canto de la perdiz roja en interior, este Niño parabólico insiste en la infancia como origen de todo y en recuperar una antigua conexión con el mundo. La superficie parabólica de las antenas es metáfora de la escritura, capaz de transmutar la chatarra en contemplación y verdad, las “babas del Ritz y la mierda de murciélago” en belleza.

Con una prosa que tiende al poema y al pensamiento, desde un nuevo franciscanismo, Molina levanta su poliédrica oración y su canto de amor por Madrid, por Argüelles, por la golondrina que “venía a hablar conmigo”, por la miga de pan, por Rothko, por un tomate y una cabra escaneados en 3D. Algo sagrado hay en lo más superficial de nuestros trabajos y nuestros días. Algo sagrado, en nosotros.

¿Autoficción, diario, ensayo? «Novela de pensamiento», dicen autor y editora. Es decir, mirada. Porque escribir es mirar. Sobre la mínima trama narrativa, como un flanêur de lo interior, junto a unos pocos compañeros de viaje (la noruega Vilde, el viejo loco de Casa Gala, Montaigne, Aleixandre, la infanta Margarita o Juan de Yepes), el autor nos lleva hacia la vida: “El que escribe no debe hablar de su vida, sino de la vida”. Con un pie en el asfalto crudo y otro en los bosques de las afueras, Molina nos hace mirar el atardecer en el Parque del Oeste y, hacia atrás, la ciudad del caos, el amor y el ruido. El edificio de la calle Pintor Rosales, 82 es la proa de un barco inmenso. “Asomarse a esta cornisa de Madrid es asomarse a la metáfora de la media vida”. Y nos explica que “Madrid es una multiplicación” o que la gente llega (y ha llegado) para buscarse en sus barrios, en sus infinitas mudanzas, y para vivir no un tiempo lineal, que no existe, sino esos otros tiempos privados, no cuantificables, circulares.

El mundo al que dan forma y valor estas páginas es un mundo espiritual. Molina lamenta que “los asuntos del alma han quedado dentro de la literatura relegados al paroxismo cursi de la autoayuda”. En consecuencia, apuesta por lo que nos construye por dentro: el lenguaje, la sensibilidad, el arte. «Existes porque te miran desde el cuadro», dice. Al fin, escribir no es llenar páginas, antes bien transmutar rimbaudianamente un trozo de madera en un violín. Cada palabra es un gesto que nos conecta a la gran conciencia. Somos “un yo sumergido en un todo concreto y colectivo” que tiende a la superficie.

Tras las anécdotas de esta autobiografía que, como todas las autobiografías, es ficción, se esconde una verdad. A una conversación privada y a la alegría de descubrirlo todo por vez primera se entrega este personaje, que tanto se parece al autor y que tan distinto a él es. Armado con un sismógrafo, nos invita a sentir la vibración, el secreto de las cosas. Y las sensualidades inefables del brandy.

El bollo “metafísico” de Pandorino será la magdalena proustiana de esta novela, que admite ser leída a la manera de un sainete cuántico, la crónica de un alma, un diario irreverente y enamorado. Como en el mejor Umbral, como en Paul Morand, como en Kate Zambreno, por señalar ejemplos muy dispares, nos mantiene en el asombro con un humor que vuela entre el cinismo, la nostalgia y la celebración. Su discurso es afilado, ácido, elegante, reflexivo, todo a la vez. De alguna forma nos salva de la novela de entretenimiento, de la novela producto comercial. Escribir es “pararse a coger aire cada dos o tres minutos y pensar si lo dicho hasta entonces estaba bien dicho”. E insiste: “Tiene que haber silencio entre las páginas también. Me callo ya”.