Pablo Llanos.

Suele ocurrirme que, en navidad, dejo de leer por obligación y lo hago por una especie de curiosidad azarosa. Me dejo llevar por lo que me encuentro recomendado en redes (que en navidad es mucho) y por lo que está expuesto en las librerías.  Esta es la razón por la que en los últimos días de 2025 leí dos libros que resultaron tener algunas similitudes, «Comerás flores» de Lucía Solla Sobral (Asteroide, 2025), (supongo que al igual que mucha gente al convertirse en el libro de las navidades) y «Lo endógeno» de Marina Garmendia Puntés (Newcastle, 2025). Este último debido a que me sorprendió encontrar un libro de un editorial tan marginal expuesto en la Librería Errabundia de Donostia. La librera me dijo que le había gustado mucho pero no me atreví a preguntarle más, dudando si en realidad lo habría leído o es algo que suelen decir los libreros.

Empecé por «Comerás flores», del que ya me había formado unas expectativas injustas Esta novela parte duelo por la muerte de una padre deriva en una relación de pareja insana. Me gustó que, contra todo pronóstico, no apriete las tuercas a la protagonista, consiguiendo quizás, que más lectoras empaticen con la historia en vez de juzgarla. Por otro lado, cae en ciertos lugares comunes, como el complejo de Electra y la idealización del padre en un señor cariñoso y despistado que la quería, pero no sabía cuidar de ella.  En cualquier caso, un debut excepcional en cuanto a repercusión y una novela para recomendar a lectores medios sin miedo a fallar. (Lo he hecho). Pero si hay algo llamativo en «Comerás flores» son las listas que aparecen al principio de algunos de los capítulos. Un recurso muy simbólico de la necesidad de la protagonista de poner en orden el mundo y un recurso que, junto al duelo por el progenitor muerto y los trastornos alimenticios y tratarse de un debut literario de una escritora joven, comparte con «Lo endógeno», que me ha parecido más interesante.

Marina Garmendia Puntés, también parte de un duelo en «Lo endógeno», el de una madre que muere a causa de una enfermedad. En un libro fragmentado, híbrido, que podría ser una novela pero no, que podría ser un ensayo sobre la pérdida, pero no, un diario de recuerdos o incluso un dietario. La protagonista de este libro va a hacer algo tan humano como intentar culpar a alguien de la muerte de su madre, y lo va a hacer literalmente, creando una lista de sospechosos y, ordenando sus recuerdos, descartarlos uno a uno.

La profusión de listas de Marina Garmendía es colosal. El mundo no es fácil de abarcar, y más cuándo has perdido a quien te trajo a él. Listas de recuerdos, de sueños, de ingredientes, de dietas, de sustancias cancerígenas, de motivos para no escribir. El mundo es demasiado caótico como para ordenarlo, el duelo es demasiado desordenado como para entenderlo.
La diferencia entre «Lo endógeno» y «Comerás flores» es la relación de pareja. Lucía Solla Sobral hace de la relación de Marina, su protagonista, con un hombre mayor el epicentro de la trama. La también Marina protagonista de «Lo endógeno» lidia con su relación consigo misma. No hay relación más compleja de llevar que la que tenemos con nosotros mismos y nuestras neurosis.

La fragmentación del libro, intercalando pasajes sobre la escritura con notas sobre purgas intestinales, recuerdos de la infancia con teorías científicas o psicológicas con reflexiones en tono poético configuran un crudo y bello mosaico sobre la pérdida. Pequeños apuntes, islotes de indeterminación que no son sino una forma de decir: mi discurso está roto porque yo también estoy rota y lo único que puedo soportar es pequeñas píldoras de realidad y pequeñas píldoras de pensamiento.

Marina Garmendia esquiva muy bien los tópicos, mostrando por ejemplo,  una obsesión por la dieta que sugiere pero no confirma un trastorno alimenticio. No llegamos a saber si se trata realmente de un trastorno, una neurosis o un colon irritado por el estrés que le produce la culpabilidad por la muerte de su madre, porque, en la vida, a un efecto le suelen preceder muchas causas. De la escritura con el cuerpo, salen cosas, expulsadas, a veces un largo vomito lírico, otras veces, desde los intestinos algo más pequeño de lo que le gustaría a la protagonista, apenas un hilo, pero absolutamente revelador. La escritura enseñando a Marina a ser madre de sí misma:

  «Escribir y la Mama: la misma cosa: estar con.»

A medida que avanzamos el efecto el orden que había intentado implantar la protagonista en las primeras páginas con su lista de posibles culpables por la muerte de su madre se va perdiendo de forma incontrolable. No hay forma de hallar un culpable como no hay forma de ordenar la vida o de llevar una dieta absolutamente estricta y los distintos fragmentos contagian su estilo unos a otros, se mezclan.

«Escribo cada vez menos y con menos ganas. ¡No tengo hambre! El libro se me enquista, está empezando a fermentar (fermentar no es buen augurio, como vocifera el marketing de la kombucha y demás probióticos). Fermentan los cuerpos inertes al iniciar el proceso de descomposición y reciclaje. Nuestra flora intestinal, con su multiplicidad de microorganismos, es la semilla del retorno a la tierra.»

Como lectores sabemos que no va a conseguir resolver el crimen igual que no logra ordenar la complejidad de la vida. El final del libro no va a ser cerrado ni abierto, ni un final feliz o dramático. El libro acaba con una palabra, la más compleja: Marina.