Daniel Huerta Goya.

En los últimos años estamos asistiendo a un boom editorial del cozy mystery, subgénero de la novela negra que se caracteriza por la ambientación en escenarios cerrados y en apariencia idílicos (pequeños pueblos pintorescos, clubs de lectura, cafeterías con encanto…); la ausencia de violencia explícita (la descripción del asesinato evita los detalles más macabros y escabrosos); el protagonismo, frecuentemente femenino, de detectives amateurs (amas de casa, jubilados, libreros…); un enfoque costumbrista y humorístico y la utilización de un lenguaje que rehúye en todo momento el registro vulgar. Son novelas amables, sin sobresaltos, en las que el crimen se presenta casi como un acertijo que afrontan los protagonistas para salir por un rato de sus rutinas. Algo así, para entendernos, como la actualización de las historias de la señorita Marple o la versión literaria de la serie de televisión Se ha escrito un crimen. Richard Osman, Ellery Adams (publicada en España por Alma, editorial que ha apostado fuerte por este tipo de novelas) o M. C. Beaton, fallecida en 2019 y creadora del personaje de Agatha Raisin, una cincuentona que abandona su trabajo de relaciones públicas en la City londinense para mudarse a una preciosa casita en los Cotswolds, figuran entre los nombres más representativos de la narrativa cozy.

Martin Edwards ha ido siempre por otro camino, aunque la novela que aquí comentamos participe sin duda de las características antes mencionadas. Nacido en 1955 y actual presidente del Detection Club (fundado en 1930 por, entre otros, Chesterton, Agatha Christie y Dorothy Sayers), es una de las voces más reputadas dentro de la novela policiaca anglosajona, ya sea como creador o como estudioso de la historia del género. Su ensayo The Golden Age of Murder, tristemente inédito en nuestro país, es un excepcional y documentadísimo análisis de los años veinte y treinta. Como antólogo ha elaborado excelentes colecciones de relatos cortos para la British Library Crime Classics, y sus introducciones a obras clásicas son un ejemplo de erudición y amenidad. En su faceta de narrador entronca con esa escuela de autores contemporáneos (Julian Simons, Ruth Rendell, P. D. James, Colin Dexter, Reginald Hill, H. R. F. Keating, Simon Brett), que desde mediados del siglo XX trataron de renovar y modernizar, pero sin abolirlos del todo, los códigos de la tradicional novela de misterio inglesa. Ha publicado una veintena de títulos, entre los que destacan los ocho protagonizados por el abogado de Liverpool Harry

Devlin, que mezclan la sequedad de la novela negra con el estilo del más puro whodunit. La primera de la serie, All the Lonely People, fue publicada en 2023 por la añorada Who Editorial, lo que supuso el debut de Edwards en el mercado español.

Ahora, Newton Compton Editores nos ofrece Miss Winter en la biblioteca con un cuchillo (2025), en la que descubrimos el lado más juguetón y desenfadado del escritor inglés. Se trata de un divertimento, un estupendo libro para pasar el rato y nada más (y nada menos). Poco encontrará en él el lector del tono áspero y oscuro de las aventuras de Harry Devlin, apenas un enigma ingeniosamente construido y con el evidente aroma de alguna de las más célebres novelas de Agatha Christie.

Seis personas vinculadas de un modo u otro al mundillo de la novela policiaca son invitadas a una estancia navideña en la opaca Fundación Midwinter, con el objetivo de participar en un juego llamado “Miss Winter en la biblioteca con un cuchillo” y que consiste en resolver el asesinato ficticio de una escritora de novelas de detectives. Para ello contarán con la ayuda del personal de la fundación. Todos ellos, invitados y anfitriones, aislados del resto de la civilización por el invierno y la nieve. Como es de imaginar, lo que parece un simple pasatiempo se convertirá pronto en un carrusel de crímenes reales…

La historia avanza mediante la alternancia de informaciones sobre la Fundación Midwinter extraídas de alguna enciclopedia en línea, pistas para los participantes en el juego, capítulos con narrador omnisciente y otros en los que se reflejan extractos de los diarios de algunos de los personajes. En especial uno, Harry Crystal, mediocre escritor en horas bajas que trata de ser divertido e irónico, lo que no siempre logra, y es consciente de su falta de talento incluso para titular sus novelas, que homenajean o más bien imitan a los grandes (La persiana indiscreta, Ojalá los elefantes recordaran, Cinco lobitos…). A falta de agentes de policía o investigadores de cualquier tipo, Crystal, quien acaba por caernos bien, se verá obligado tal vez a su pesar a averiguar la identidad del culpable al tiempo que trata de ganar el concurso, lo que podría relanzar, o eso piensa él, su carrera literaria…

El volumen se cierra con una curiosa “Guía de pistas” en la que, como ocurría en algunas obras de la edad dorada, Edwards recopila todos los indicios que ha ido diseminando por la narración para que al lector no le quepa duda de que se ha respetado la sacrosanta norma del fair play.

Miss Winter en la biblioteca con un cuchillo no pasará a la historia de la novela policiaca y ni siquiera se contará entre las mejores novelas de su autor. Pero gustará a los incondicionales del género, más quizá por sus constantes guiños a la tradición que por sus virtudes meramente literarias. Y, eso sí, ojalá sirva para que más editoriales se animen a seguir traduciendo al interesante y hasta ahora poco conocido Martin Edwards.