Horacio Otheguy Riveira.

Todo ha colapsado. Cuanto se consideraba sagrado es, ahora, condenado, una antigua fe castigada con dureza; nada que hacer si se rinde pleitesía al dios erróneo, el hijo falso, la madre negativa, la que yace ahora bajo tierra con la boca abierta.

Una novela distópica en constante tensión, entre el terror y la angustia de todas, siervas, indignas, elegidas, iluminadas… y en especial de la indigna protagonista que se atreve a escribir en primera persona sobre lo que allí sucede, incluido su pasado, cuando nadie pensaba que desaparecería la comunicación, con los ordenadores muertos, pantalla negra, móviles fuera…

El exceso de repetidos efectos especiales literarios hace que la interesante narración agote mi paciencia. Abusa del grado de angustia expandido, página a página, pero he de reconocer que se trata de un abuso necesario por el clímax de horror y desconsuelo, en un final del mundo conocido donde las mujeres se apropian de todo en una Casa de la Hermandad Sagrada, en definitiva, tan cruel e hipócrita como las religiones institucionalizadas… y con un sorprendente mandato patriarcal en el orbe femenino.

Tras el denso devenir de atrocidades se impone un descanso; cambio de lectura, café mediante, y cuando vuelvo descubro un reconfortante giro: una historia de amor fantástica, de ensueño, paradisíaca, entre dos jóvenes que aspiran a construir un paraíso donde impera la violencia física desde la altura de un enigmático Él, y a ras de suelo, en manos de la Hermana Superior, siempre atenta a la barbarie, con látigos de ramas a su lado, y más fuerte todavía, otro látigo de cuero …

Un paraíso de gozos femeninos entre bárbaras del mismo sexo, y ayer y hoy con fugaces criaturas destructivas: machos portadores de arrebatos fálicos, a menudo sostenidos por hembras que les adoran…

 

 

«No le puedo contar a nadie que vi a un Aura Plena. Si lo hago, las indignas me van a acusar de cosas que no hice por no haber sido ellas las receptoras del milagro, por haber tenido la osadía de no compartir el milagro. La Hermana Superior me va a mandar a la Torre del Silencio, cerca del Claustro de la Purificación. La Torre del Silencio (ese lugar al que le tememos), construida con piedras, adosada al muro (creemos que les sirvió de vigilancia a los monjes que por entonces vivieron aquí), con pequeñas ventanas sin vidrio, es altísima y circular, tan alta que una tiene que estirar el cuello para ver dónde termina, con ochenta y ocho escalones de piedra fría que forman una escalera caracol.

Me abandonarían ahí, sin agua ni comida, sola, a la intemperie, con el ruido de los grillos, ese sonido que te hipnotiza, etéreo y espantoso. Acompañada de huesos que brillan en la oscuridad.

Escribo en mi celda sin ventanas, con la llama de velas que se consumen demasiado rápido. Con un cuchillo que robé de la cocina, poco a poco rompo la pared para crear una pequeña grieta para que entre aire, luz.

Escondo estos papeles entre las sábanas, debajo de los tablones de madera del piso. Cuando quiero preservar la tinta que dejaron los monjes, me pincho con agujas para usar mi sangre. Por eso hay manchas más oscuras, un rojo mineral…»

 

Imagen de la cubierta: Luis Ricardo Fulero, Brujas yendo al Sabbat (detalle), 1878.

 

«Nunca nadie me había dado un beso; nadie me había pasado, con esa lentitud, la lengua por el cuello, por los labios. Yo no me animaba a tocarla por miedo a no volver del abismo, pero a ella no le importó mi asombro ni mi sumisión, se dedicó a levantarme la túnica, y después a sacármela. Lo hizo con firmeza y suavidad.

Me desnudó bajo la luz ciega de la luna, me desnudó entre los árboles…».

 

Agustina Bazterrica triunfó, internacionalmente, a partir de su novela Cadáver exquisito.