ESPAÑA EN SORDINA

BILBAO, SUSURRO Y GRITO

 

 

En Bilbao hay un Museo de Bellas Artes de toda la vida. Tiene obras de Gauguin,  Goya, El Greco. De muchos pintores fascinantes de todas las épocas. El propio museo es un edificio atractivo sin alharacas. Está ahí desde hace muchos años. Yo pasé en sus salas horas que me enriquecieron mucho.  No grita, no molesta, no es prepotente. No lo aparta todo.

En Bilbao hay un museo que no es un museo. El que llaman Museo Gugenhemim es un centro de arte enfático y chillón. Un grito prepotente sin contenido. Desvirtuó un barrio entero, lo puso todo carísimo y pijo. No tiene carácter ni encaja en el entorno, es solo una fatuidad del diseño contemporáneo que pretende imponerse a todo y aplastarlo todo.

De tarde en tarde hay alguna exposición carísima solo para pijos. La gente de a pie está expulsada de allí. Parece una nave espacial absurda, con sus pedanterías chillonas. No encaja en Bilbao ni en ninguna parte. Parece solo para pedantes con la cartera muy llena que están a la última moda.  Están tan hinchados de estar allí que ni siquiera miran las obras, cuando las hay.

Así es muchas veces el diseño contemporáneo, arramplar con todo, con la vida entera, imponer triángulos o rombos, o curvas metálicas sin asomo de vida. Sin relación con la vida.  La arquitectura contemporánea es a menudo de una fatuidad asesina. Como cuando los neoclásicas eliminaban las portadas góticas llenas de vida para imponer sus triángulos. Para encarcelarnos en su geometría.

Pero eso no es Bilbao ni es España ni es ninguna parte. Solo es el país de la pijería y la fatuidad. Un edificio inmenso y chillón que dentro no tiene nada. Que grita y grita y no hace más que gritar.

Pero Bilbao, para los conocedores que no quieren gritos, tiene un Museo de Bellas Artes de toda la vida donde se pueden admirar las lavanderas de Gauguin o el beso a una reliquia de Sorolla o la figura durmiente en un espejo de Francis Bacon o el Juan Bautista  niño de Zurbarán.

Donde se va a ver arte y no a estar a la moda. Donde se va a vivir el arte y no a hacer fotos sensacionalistas. Donde se vive de verdad y no se ponen caras. Donde se late y no se posa.

Está en el Bilbao de toda la vida, en el Bilbao de verdad, ese que convirtió Unamuno en literatura, ese que pintó un día Regoyos (este puto Word no conoce a Regoyos y me lo subraya; subraya como un error todo lo que ignora). Ese Bilbao que no es solo dinero para pagar lo que dicen arte, sino que es arte-arte. Y vida-vida. Alrededor de la  ría que no es de diseño y de su teatro Arriaga y de sus Siete Calles con tabernas.

Hay Bilbao que susurra y no grita.

 

ANTONIO COSTA GÓMEZ

DARÍO DE REGOYOS: BILBAO