Horacio Otheguy Riveira.

Un matrimonio interracial de dos universitarios en pleno auge de la homofobia en Estados Unidos, después de un tiempo de relativa calma. Libres y valientes, con una niña, son asesinados. Sus padres -ex presidiarios- se unen para descubrir y liquidar a los culpables en un viaje lleno de peligros físicos con muchas turbulencias emocionales, pues ambos, el blanco Buddy Lee e Ike Randolph, el “negrata que da miedo de cojones”, tienen sobre sus doloridas espaldas la culpa enorme de no haber aceptado la sexualidad de sus briosos hijos, dispuestos a todo para disfrutar de su amor en plenitud.

Con capítulos cargados de la violencia desatada de estos hombres antaño peligrosos, el lector sigue todas las pistas al mismo ritmo de una novela de aventuras cuyo frenesí no oculta el drama social del conflicto: un odio furibundo ante el poder absoluto de jueces en la burguesía blanca todopoderosa y, en medio, una bella joven enamorada de quien no debe, perseguida por bandas para hacerla callar.

Con mucha violencia y ráfagas de noble ternura, Lágrimas como navajas se erige como una novela excepcional.

 

 

«… —Soy Buddy Lee Jenkins, el padre de Derek. Creo que no nos han presentado oficialmente —dijo, y le tendió la mano.

—Ike Randolph.

Le estrechó la mano, la sacudió un par de veces y después la soltó. Permanecieron al pie de los ataúdes, mudos como piedras. Buddy Lee volvió a toser.

—¿Estuviste en el banquete de la boda? —le preguntó Buddy Lee.

Ike negó con la cabeza.

—Yo tampoco —dijo Buddy Lee.

—Creo que te vi en la fiesta de cumpleaños de la niña, el año pasado —dijo Ike.

—Sí, fui. Pero no me quedé mucho. —Se pasó la lengua por los dientes mientras se ajustaba la americana—. Derek se avergonzaba de mí. No le culpo.

Ike no supo cómo responder, así que no dijo nada.

—Solo quiero daros las gracias a ti y a tu mujer por encargaros de todo. No me podía permitir una despedida tan bonita. Y a la madre de Derek no se la puede molestar —dijo Buddy Lee.

—No hemos sido nosotros. Ya lo tenían todo organizado. Habían preparado una especie de paquete funeral prepagado. Solo tuvimos que firmar unos papeles —dijo Ike.

—Tío, ¿te dedicabas a organizar tu funeral a los veintisiete años? Estoy seguro de que yo no. Joder, a los veintisiete ni siquiera era capaz de preparar una puta ruta para repartir periódicos —dijo Buddy Lee.

Ike pasó la mano por el ataúd de su hijo. El momento que se había imaginado que iba a tener se había echado a perder.

—Ese tatu de la mano, ¿no es de los Dioses Negros? —le preguntó Buddy Lee.

Ike se examinó las manos. Los esbozos de un león con dos cimitarras sobre la cabeza en la mano derecha y la palabra “rebelde” en la izquierda eran sus compañeros silenciosos desde el segundo año que pasó en la penitenciaría estatal Coldwater.

Se metió las manos en los bolsillos.

—Fue hace mucho tiempo —dijo.

Buddy Lee volvió a pasarse la lengua por los dientes.

—¿Dónde cumpliste condena? Yo pasé cinco años en Red Onion. Había unos cuantos tíos duros. Allí conocí a algunos dioses negros.

—No te lo tomes a mal, pero no es algo de lo que me guste hablar —dijo Ike.

—Bueno, no lo decía con mala intención, pero si no te gusta hablar de ello, ¿por qué no te tapas el tatu? Joder, por lo que he oído, te lo pueden apañar en una hora —dijo Buddy Lee.

Ike se sacó las manos de los bolsillos. Se miró el león negro de la mano; se alzaba sobre un tosco mapa del estado.

—Solo porque no quiera hablar de ello no significa que quiera olvidarlo —dijo—. Me recuerda por qué no quiero volver nunca. Ahora te dejo con tu hijo.

Se dio la vuelta y comenzó a alejarse.

—No hace falta que te vayas. Es demasiado tarde para mí y para él —dijo Buddy Lee—. También es demasiado tarde para ti y para tu hijo.

Ike se quedó quieto. Empezó a volverse hacia Buddy Lee.

—¿A qué te refieres? —le preguntó.

Buddy Lee ignoró la pregunta.

—Cuando Derek tenía catorce años, le pillé besando a otro chico en el arroyo, por el bosque detrás de nuestra caravana. Me quité el cinturón y le golpeé como a un fugitivo… como si hubiera robado algo. Le llamé de todo. Que era un pervertido. Le aticé hasta que tuvo las piernas llenas de cardenales. No paró de llorar. Decía que lo sentía. No sabía por qué era así. ¿Nunca te has puesto así con tu hijo? ¿Nunca? No sé, quizá fueras mejor padre que yo.

Ike salió de su asombro.

—¿Por qué hablamos de este tema? —preguntó.

Buddy Lee se encogió de hombros.

—Si pudiera hablar con Derek solo cinco minutos, ¿sabes qué le diría?: “No me importa una mierda a quién te folles. Ni una puta mierda”. ¿Qué crees que le dirías a tu hijo? —quiso saber.

Ike se quedó mirándole fijamente. Le atravesó con la mirada. Notó cómo las lágrimas se le acumulaban en las comisuras de los ojos, pero no las derramó. Rechinó los dientes con tanta fuerza que creyó que se le iban a romper las muelas…»

Por una vez, voy a sacar provecho del demonio que hay dentro de mí. 

Escritor estadounidense, S. A. Cosby (Gloucester, Virginia) ha desarrollado su carrera literaria en el género de la novela negra, donde ha conseguido ganarse una buena reputación. Se crio en el seno de una familia humilde en un pueblo costero de Virginia. Mientras ocupaba cargos de múltiples oficios, se dedicaba también a escribir. Sus historias apenas se vendían, pero después de conocer a un agente literario a través de un amigo, esta suerte cambió.

Tras publicar su primer libro, My Darkest PrayerCosby comenzó a cosechar éxito como novelista. Desde entonces sus obras, de las que se han traducido al castellano títulos como Maldito asfalto Lágrimas como navajas, han sido multipremiadas y aclamadas tanto por la crítica como por el público. Acaba de publicarse en España su última novela, El rey de las cenizas.