Gaspar Jover Polo.
Oliveira, el protagonista de la famosa novela, lo que intenta es superar la distancia tradicional y en apariencia lógica y no cuestionada entre la vigilia y el sueño, entre el sí y el no, con el fin de alcanzar, por fin y después de un largo proceso de análisis concienzudo y a menudo también doloroso, una síntesis lo más general posible. No se trata, por tanto, de un desquiciado, de un loco o de un cuerdo, aunque cometa locuras, no es ser hyumano arrogante ni humilde, no está dispuesto a claudicar pero tampoco a seguir por más tiempo el camino trillado. Horacio Oliveira defiende con entusiasmo la tesis de que los seres humanos hemos tomado un carril –un carril además bastante estrecho– y ya no nos planteamos si las vías por las que circulamos son las mejores, las más seguras y rectas. Él piensa que no, que no vamos bien por donde vamos, o que podríamos marchar mucho mejor, y de ahí la ardua tarea de descubrimiento que considera inaplazable. Cortázar define a al protagonista de su obra como un rebelde recalcitrante, como un ser humano tan inconformista, que su paisano y amigo Traveler le recrimina en una acalorada conversación: “Yo estoy vivo. Estar vivo parece siempre el precio de algo. Y vos no querés pagar nada”. Y este excepcional inconformismo de Horacio llega hasta el punto de que, en otro momento del libro, se le defina como “La repetición al infinito de un ansia de fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa”.

No resulta fácil entender, por filosófica y fuera de lo normal, la angustia que siente en casi todos los momentos y circunstancias, pero también hay que reconocer que, una vez que la entiendes, comprendes que procede de un punto de vista a considerar, que este punto de vista tiene también su parte de lógica. Puede que la tesis de este perseguidor profesional no nos convenza del todo, pero, al menos, aceptamos que su propuesta de subvertir el orden, más bien de dinamitarlo, no es un sinsentido. Oliveira se muestra como un hombre exageradamente testarudo, pero en absoluto se trata de un desequilibrado en su empeño por superar las separaciones tajantes, en su anhelo de alcanzar el ensamblaje de los supuestos contrarios, el todo armonioso y fluido de una vida mucho más plena. Es alguien que se empeña en una búsqueda continua, diaria, que parece muy superior a las fuerzas de un solo individuo, e incluso de un grupo de aguerridos perseguidores, del grupo formado por los amigos de Horacio al que han dado en llamar el Club de la Serpiente.
Se trata de una lucha tan difícil, tan dolorosa, que el perseguidor de lo absoluto ni siquiera se puede fiar de la principal herramienta de la que dispone, del lenguaje humano, por lo que permanece en guardia casi permanente ante las trampas que el lenguaje nos suele tender: “En esos casos Oliveria agarraba una hoja de papel y escribía las grandes palabras por las que iba resbalando su rumia: Escribía, por ejemplo: El gran hasunto o la hencrucijada. Era suficiente para ponerse a reír y cebar otro mate con más ganas. (…). Usaba las haches como otros la penicilina”. Es su desconfianza tan radical, que Oliveira y la Maga ven la necesidad de inventarse un nuevo idioma, el gíglico, con tal de protegerse de los estereotipos que favorece el uso de las lenguas comunes y convencionales. Coloca la hache inicial en las grandes palabras que empiezan por vocal para mantener la distancia y califica al diccionario de cementerio.
Es tan intensa esta búsqueda, no solo se plantea renunciar al amor de la Maga para poder seguir persiguiendo sus objetivos con mayor libertad, sino que parece renunciar a todos los sentimientos que se interponen en su camino de descubridor de nuevas realidades, también al odio que sin duda siente por Gregorovius, una especie de personaje antagonista de Oliveira. Tal es el grado de su obsesión, que este aficionado a coleccionar los trozos de latón y de alambre que encuentra en sus paseos cotidianos por París nunca duerme. Las noches descritas en las páginas de Rayuela las pasa discutiendo con sus amigos o pensado al mismo tiempo que fuma.

