Josep Masanés.

En Rebelión y anarquía. El joven Víctor Serge (1890-1919), el historiador y activista Claudio Albertani nos entrega el resultado de una investigación de tres décadas. Profesor en la Ciudad de México y movido por una obsesión de juventud que formó parte de su propia educación sentimental, Albertani logra reconstruir no solo una biografía, sino el fresco de una época convulsa.

Dividido en ocho partes, el libro combina las fuentes orales —gracias en gran medida a la colaboración de Vlady, el hijo de Serge y renombrado pintor en México— y una exhaustiva búsqueda documental. Albertani plantea una tesis sugerente: no existió un solo Serge, sino varios, que se sucedieron en el tiempo, manteniendo siempre una brújula invariable: la lucha contra el Estado y la defensa de la libertad individual por encima de cualquier dogmatismo, incluido el anarquista.

El relato arranca en la Bruselas de 1890. Víctor Serge nace en una familia de exiliados antizaristas, uno de cuyos miembros fabricó la bomba que mató al zar Alejandro II. Esta genealogía del radicalismo marcó su infancia, transcurrida sin escuela por falta de medios, pero saturada de lecturas y de un autodidactismo voraz, rasgo distintivo del movimiento libertario de la época.

Albertani nos conduce por las comunas libertarias de Bélgica y Francia, donde el joven Serge (entonces Kibálchich) empieza a publicar sus primeros textos. El autor retrata con agilidad la fragmentación de la izquierda: un mapa de facciones y acusaciones de reaccionarismo que parece no haber cambiado un siglo después.

Sin embargo, el punto de inflexión llega en París con la aparición de la Banda de Bonnot. Serge, ya director de la revista l’anarchie, se ve envuelto en el torbellino de la propaganda por el hecho. Aunque él se distanciaba del ilegalismo (el robo como acto revolucionario), la lealtad hacia sus amigos de la infancia le costó su libertad. Serge no delató a nadie y fue condenado a cinco años de prisión por receptación de revólveres.

El libro expone su experiencia carcelaria, base de su futura novela Hombres en prisión. En celdas diminutas y bajo la prohibición de hablar, Serge estudió gramática española y leyó a Balzac y Pascal bajo portadas de Biblias para burlar la censura. Mientras Europa se desangraba en la Gran Guerra, Serge se transformaba. Al salir en 1917 con 26 años, era un hombre en busca de un destino.

Su breve paso por Barcelona, donde trabajó como tipógrafo y vivió la derrota de la huelga general de 1917, marca su transición definitiva. El libro culmina con su accidentado regreso a Rusia —la patria que nunca había pisado—, tras pasar por un campo de concentración francés.

Albertani nos deja en 1919, en el umbral del bolchevismo. Lo que queda es el retrato de un anarquista solidario, un literato de una sensibilidad excepcional que entendió que la historia no debe ser tomada por individuos aislados, sino por una sociedad que busque un equilibrio justo. Un libro ligero en su lectura, pero profundo en sus implicaciones, que nos recuerda que los procesos de emancipación son, ante todo, una lucha por no dejar de ser humanos en mitad de la tormenta.