Por Marina Tapia.
¿Qué tipo de lecturas armonizan mejor con este tiempo? ¿Necesitamos ficción o no ficción, historias bien trabadas y cercanas a la realidad o historias fantásticas para evadirnos? ¿Necesitamos poesía? ¿Es mejor abordar las temáticas urgentes de forma directa?
Tratando de responder a estos asuntos, me viene veloz a la mente una respuesta: necesitamos reflexión, necesitamos ensayos. Y no quiero decir con esto que una buena historia, con personajes sólidos y un lenguaje de altura, no pueda transmitir mensajes contundentes: lo puede; sin embargo, suele excitar los sentidos y enardecer lo fantasioso cuando de esto ya estamos bien servidos viendo las pantallas. Siento que la inventiva superficial anestesia la reflexión. Pero el arte del soliloquio, que es el ensayo —ese género cercano a la filosofía—, calma en cierto modo la intranquilidad producida por el azote del mundo —con toda su crueldad, con todas sus desigualdades, injusticias e incongruencias—; sosiega un poco el desamparo generado por el espectáculo de ver al hombre devorando al hombre. Ursula K. Le Guin nos da pistas: «La costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir. Esta inercia es lo que permite que no se cuestionen las instituciones injustas».
Meditar, compendiar experiencias e información afín a un tema, conectar épocas, escuelas de pensamiento y opiniones, bucear en la actualidad, en fin, entregar una papilla mixta, vivencial y nutrida a otra mirada, a otro lector, a otros seres que buscan claves es la esencia del ensayo no académico. Y en este territorio, de forma magistral, se ha movido mi admirada Ursula. Ella ha desplegado para nosotros tanta sabiduría, tanta clarividencia a través de sus libros, que nos ha regalado todo un bálsamo: verdadera curación. Este tiempo de lectura, al calor de su recopilación de artículos y conferencias publicada bajo el título Contar es escuchar (Círculo de Tiza, 2025), me ha reconciliado con la humanidad. Vemos la mirada de una mujer, de una antropóloga, de una activista social, de una gran escritora con alma de lingüista, alguien con una visión panorámica y, a la vez, muy precisa: «No conoceremos nuestra propia injusticia si no podemos imaginar la justicia».
Si no os habéis acercado a su obra, si no habéis leído sus escritos y ponencias, os invito encarecidamente a hacerlo. Quizá curen un poco nuestra orfandad, esta orfandad antigua que sentimos al desmoronarse, una a una, las creencias en las que fuimos depositando nuestra idea de civilización. Corrientes religiosas y místicas, sistemas políticos, instituciones… nos han defraudado. Nos sentimos solas. No sabemos dónde encontrar un eje vertebrador. Y el enfoque sagaz y lúcido de Ursula nos lleva a preguntarnos: ¿quizá sea el arte —cargado de fundamento— el que nos agrupe?, ¿quizá sea la literatura —escrita con conciencia— algo parecido a la esperanza?: «Las artes tienen una enorme capacidad para establecer comunidades humanas y cohesionarlas».
Encontrarme con este libro, extenso y reeditado muchas veces (esta es su décima edición desde 2018), apacigua un poco la fiera intranquila de mis pasillos interiores. Ursula reflexiona sobre la belleza, apela al acto de escuchar, defiende el valor de la imaginación, se detiene en los cuentos que marcaron su despertar a la lectura. Porque escribir es construir un juego de piezas puestas en hilera con forma de dique protector; es allegar esa escalera que lleva a las alturas; es tener a mano una barca de salvamento al pie de una catástrofe. Escribir es armonizar solaz y trascendencia; es volver a ser niñas con el pecho cargado de tiempo. Es un zigzag de opuestos: fervor-melancolía, caída-ensoñación, memoria-predicción. «La imaginación es un modo fundamental de pensar, un medio esencial de convertirse en humano y seguir siéndolo. Es una herramienta mental», «para adiestrar la mente a abandonar la realidad inmediata y regresar a ella con una fuerza y un entendimiento renovados, no hay nada como un poema o un relato».
Sus confesiones, cargadas de ironía y de una mirada crítica, nos deslumbran, como cuando declara: «Soy un hombre. Las mujeres son una invención muy reciente. Precedo en varias décadas a la invención de las mujeres. Incluso con el respaldo de un genio, un invento tiene que hallar su mercado, y, al parecer, durante mucho tiempo la idea de las mujeres no entró en el balance final. Los modelos, como el Austen y el Brontë, eran demasiado complicados, y la gente se reía del Sufragista, y el Woolf estaba demasiado adelantado a su tiempo. De modo que, cuando nací, en realidad solo había hombres. Soy el masculino genérico. Justo cuando por fin estaban inventando a las mujeres, empecé a envejecer».
Le Guin se adentra con gran soltura y maestría tanto en lo metaliterario (prestando gran atención al ritmo —dáctilos, troqueos y pies métricos— en la escritura) como en el análisis de la obra de múltiples artistas, en la importancia de la lectura en diversas etapas de la vida, en la reivindicación de los cuentos tradicionales y de la oralidad, en la defensa de las bibliotecas públicas y de la alfabetización; denuncia la desigualdad que aprueban y mantienen gobiernos y religiones, hace una revisión de la idea de la ancianidad, pone de manifiesto la asimetría de género en los premios literarios, desmantela la falsa visión de lo salvaje; en fin, nos regala su experiencia y su magisterio de una forma deslumbrante que hace casi imposible abandonar la lectura de sus textos para atender a tus obligaciones.
«La creación es un acto. La acción consume energía. El sonido es dinámico. El habla es dinámica; es acción. De ahí que pronunciar algo sea mágico. Las palabras tienen poder». Y las que nos dedicamos al quijotesco arte de la poesía sentimos que este género ha mantenido esa argamasa del canto del cual nos habla Ursula, ese acompasar sonidos y silencios, esa oralidad primaria. «Necesitamos hablar juntos, estando el hablante y el oyente aquí y ahora. Lo sabemos. Lo sentimos. El habla nos conecta de una manera directa y vital porque, ante todo, es un proceso físico, corporal».
Sigamos la estela de sus historias y reflexiones «como felinas que han salido a cazar»; comprometámonos con ese «trabajo radical» por el que esta autora apostó al tomarse muy en serio la escritura, hasta que una visión y una idea se ajusten a las palabras. En «Contar es escuchar» nos recuerda:
El aire está lleno de melodías.
Una roca está llena de estatuas.
La tierra está llena de visiones.
El mundo está lleno de historias.
Como artista, confías en eso.
Confiemos en que los ritmos de nuestro cuerpo, de nuestra escucha y de nuestro pensamiento estarán impregnados de un auténtico afán creador, pero, sobre todo, analítico. Desmigajemos esa realidad rancia y mohosa presentada cada día por los medios para quedarnos tan solo con la migaja más blanca y nutritiva. Leamos a Ursula. Hermanémonos con su voz. Repitamos con ella que el saber nos hace libres, que el arte nos hace libres.

