JOSÉ LUIS MUÑOZ

Los estereotipos racistas sobre el pueblo gitano que se asocian a marginalidad y delincuencia no han desaparecido, sino que se han multiplicado con esa oleada del nuevo fascismo que irradia de Estados Unidos y replica en Europa. Durante el franquismo, el gitano fue asimilado al flamenco dentro de ese nacionalfolclorismo que impulsó el dictador. La relación de los romanís con el cante jondo viene de lejos y suele confundirse. Pero pocas películas, salvo algún que otro biopic sobre figuras emblemáticas como Carmen Amaya, se han realizado sobre esa etnia que preserva su cultura nómada y es reacia a diluirse en las sociedades de acogida. Los tarantos de Rovira-Veleta, las distintas versiones de Morena Clara, el díptico de Carlos Saura sobre el flamenco, Perros callejeros de José Antonio de la Loma, la serie para televisión de Juan Madrid Brigada Central con un policía gitano o las dos películas sobre El Lute que filmó Vicente Aranda y Gitano con Joaquín Cortés son algunas muestras del acercamiento de nuestro cine a la etnia romaní, y en el cine del Este de Europa Gato negro, gato blanco de Emir Kusturica o Papusza sobre la primera poetisa gitana es lo más destacado.

Ciudad sin sueño de Guillermo Galoe es más un documental étnico que una película de ficción, aunque haya un muy leve guion que sigue las andanzas de su protagonista Toni (Antonio Fernández, Goya a actor revelación), un adolescente de quince años que se ha criado en la Cañada Real, en donde es libre y feliz,  y se resiste a abandonarla cuando sus padres, hartos de las penurias (ni agua corriente ni electricidad) deciden alquilar un piso en una barrida popular de rascacielos de cemento en donde la vida estará más reglamentada, no podrá corretear con sus amigos por el campo abierto y, sobre todo, perderá el contacto con su abuelo chatarrero (Jesús Fernández) con el que está muy unido emocionalmente.

Hay un intento por parte de Guillermo Galoe por embellecer la miseria mediante los efectos fotográficos de Rui Poças que juega con los filtros de los móviles de sus jóvenes protagonistas que alteran los colores reales y consiguen una textura visual fantástica, huye del tremendismo de las drogas (aunque muestra sus efectos en algunos toxicómanos), pero la película transcurre con una cadencia demasiado lenta, no pasa absolutamente nada reseñable porque hay ausencia de conflicto y el drama es muy leve y no transmite emoción la historia sino que se queda en un gélido fresco de esa vida nómada que se resiste a cambiar y está anclada en los márgenes de la sociedad. Una pena porque es una ocasión desaprovechada.