Ricardo Martínez.
Héroe es, también, aquel que nos redime. Su heroismo, que se recoge en los dicionarios como el del gesto valiente y arrojado, supone, convengámoslo, un bálsamo recuperador: para nuestra débil voluntad, incitándole a actuar; para la moral quebradiza que nos atenúa la disposición generosa; en fin, para la conciencia lábil que nos acompaña.

El héroe es el ejemplo, del valor y las características que fuere, porque nos recuerda el bien de lo extraordinario cuando ello equivale a entrega, a decisión constructiva hacia sí propio y hacia los otros como una forma de virtud.
Suficiente razón, pues, para que a lo largo de la historia, a lo ancho de la literatura, fuese objeto, su figura, de exaltación y ejemplo. De alguna forma representan cómo un bien cuyo origen suele ser físico por su valentía en el riesgo, en la guerra, también sustenta un bien devenido en la moral del individuo actuante cada día dentro de una realidad –la de esos días- cada vez más confusa, más equívoca por razón de tantas fakenews tanto periodísticas como, casi siempre, políticas.
Los griegos y los romanos, detentadores de cultura, nos transmitieron el elogio del héroe de las más distintas maneras. En el caso que nos ocupa, uno de los más representativos, como actitud, el profesor Kerényi nos relata la valía de Sísifo de un modo tan real como poetizado (otra cosa será lo que el lector, el co-autor leyente, quiera luego interpretar de la lectura). En el párrafo alusivo, después de narrar la circunstancia material del aludido, se nos dice: “En el Inframundo empuja eternamente una piedra. Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza la hacía recaer otra vez y, rápida, rodaba hacia la llanura”
Se nos ha transmitido que era uno de los héroes venerados en el Itsmo (…) En este lugar le fué erigida una estatua, cuyo nombre se puede leer en el pedestal (¿para advertencia de ignorantes despistados?) (…) He aquí su significación inequívoca: “su famoso castigo representa el eterno e inútil deseo de alejar de sí mismo la suerte de todos los mortales”
Cómo no rendirle homenaje, incluso como futuro, cuando nos ayuda a disnernir la poquedad de lo que somos mientras vivimos. Dicen, en un tono de voz más bien bajo, que hay hombres felices, pero también que, incluso de esos, cada vez van siendo menos.
El libro es un compendio, en verdad, de conocimiento y lección instructiva. Su provecho viene contrastado, no solo por cuanto se recoge en él, sino por la ratificación – en la cultura, en la advertencia moral y filosófica-, de cuanto la historia nos ha venido narrando de los verdaderos contenidos del difícil ejercicio de vivir.
Se cita y recoge aquí un gran número de ejemplos de heroísmo virtuoso: de distinta significación en el ‘vivir sentiente’ como diría el señor Zubiri, pudiendo citar a Cad mo y Harmonía –figuras centrales de la mitología griega, conocidos por su legendaria boda, la última a la que asistieron los dioses del Olimpo-, Tántalo, Perseo, Meleagro y Atalanta; Jasón y Medea, Orfeo y Eurídice –muestras tan evocadoras luego para el mundo de la música-, los héroes de la guerra de Troya, Aquiles y las consecuencias de la guerra de Troya
Digamos, también, que la historia de estos héroes había de resultar, al fin, en gran medida desigual. Y en tal sentido quepa citar a uno de los héroes más longevos en la memoria de los hombres –de los lectores-, Odiseo, cuya peripecia vital reconstruye la Odisea: “Este hombre infeliz que en absoluto fue recompensado por su astucia en tiempos de guerra, vagó continuamente por abismos y precipicios, siempre cercano a la muerte, que con frecuencia se le presentaba bajo formas espantosas de seres divinos primigenios (…) pero logró escapar a este gran enemigo, soportando muchas fatigas y trabajos, no como un héroe victorioso, sino como un anciano mendigo náufrago”
Tal vez ahí radique el mensaje: no el héroe como ejemplo de triunfo definitivo, sino como representación trágica de cuanto constituye la vida del hombre al fin. Dice la didáctica mitológica que los dioses tienen los pies de lana, ejemplo de discreción, pues, al fin, cual el caso de Odiseo, “un cuerpo anciano ocultaba al héroe que había en él” Tantos héroes anónimos vagan por el mundo camino del inequívoco destino de la muerte.
El libro como compañía, como la inacabada aventura permanente.

