(en mi octogésimo cumpleaños)

 

La persona diligente y activa marcha por delante del día, jornada a jornada. Pero he aquí que, aunque lentos y pesados, los días son constantes e infatigables y terminan por vencer. Por eso, al final, sólo podrás emplear la dialéctica con ellos y despreciarlos diciéndoles: Mirad, mis manos están llenas de todas estas riquezas que antes os arrebaté, pero vosotros, ¿qué traéis ahora, días vacíos…? ¡Ah, vale! Veo que me traéis vejez, pero también enseñanzas.

*

Y la primera enseñanza es precisamente que el hombre es una transformación a dos patas por el método del palmetazo y tente tieso y bajo el principio nuclear de que un contratiempo a tiempo no es, por esencia, un contratiempo, al modo de, como decía Gracián, “un ahogo saca nadadores”.

*

La vejez, sin embargo, enseña que esa transformación del hombre, antes que la educación en un sentido –el sentido que le va dando la vida- debería consistir en enseñarle y entrenarle a transformarse él mismo hacia un destino, pues es él el protagonista y el que tiene el poder de otorgar un sentido y sus fines. Y para esto, la edad es la gran pedagoga.

*

Es por lo que, a pesar de todos los pesares de la vejez, la Humanidad comenzó verdaderamente a avanzar cuando la edad media de vida del hombre comenzó a subir: cuando empezaron a abundar los viejos. ¿Os imagináis que el hombre hubiera vivido y viviera aproximadamente el tiempo que vive un perro, de quince a veintipico años? No sólo no habría progresado la Humanidad, sino que habría regresado por debajo de la condición de los animales, pues tiene menos resistencia y defensas naturales que ellos. Añadamos otra consideración que hipotéticamente concurriría: ¿Os imagináis la Humanidad progresando sólo por individuos instalados en una permanente adolescencia…y, así, con mayoría absoluta adolescente?

*

Y es que la edad da lo que no ha dado la inteligencia. En otro lugar he expresado esta idea enfatizándola al modo clásico: Quod natura non dat senectus praestat… Es más, la edad da lo que no dan los libros y enseña más. Es la pedagoga por excelencia, la mayor pedagoga.

*

No hay que olvidar que un viejo es un libro ágrafo…

*

Así, cuanto más joven sea la humanidad, mayor necesidad tendrá de viejos, como de libros.

*

Por todo esto he acabado, no tanto por conocerme a mí mismo como aconsejan los filósofos, cuanto de comprenderme a mí mismo: he llegado la conclusión de que no soy de derechas o de izquierdas, ni demócrata ni fascista, ni monárquico ni republicano: soy gerontócrata.

*

Y finalmente, como que me da cierto yuyo la idea de la muerte, en lugar de suicidarme para evitarla, he preferido escribir un libro…, un libro de pedagogía.  Y no porque yo sea más listo que los pedagogos académicos –seguro que soy más torpe que ellos-, sino porque soy más viejo… Aunque bien pensado, en el fondo, todo libro es una obra de pedagogía. Así seguiré con mis otros temas casi infinitos de la vida.