Pilar Martínez Manzanares.
La voz de Claudia Romera Moya emerge con fuerza en ‘Te juro que estoy bien’, una obra íntima y valiente que se adentra en las emociones que a menudo se esconden tras una aparente normalidad. A través de sus páginas, la autora aborda la salud mental, las heridas invisibles y la dificultad de expresar lo que realmente sentimos. Con una mirada honesta y cercana, comparte su universo creativo y el origen de una historia que busca conectar con el lector. Un acercamiento sincero que invita a reflexionar sobre la importancia de escucharnos y romper silencios.

- ¿Cómo nació la idea de ‘Te juro que estoy bien’ y qué te impulsó a escribir esta historia?
La novela nació casi por contraste. A finales de 2019, yo estaba escribiendo una historia de ciencia ficción en la que la humanidad desaparecía por una pandemia (visto desde ahora, me da hasta un poco de yuyu…) y, como lo tenía todo tan organizado (escaleta, personajes, trama), acabé aburriéndome soberanamente de escribirla.
Un día, contándole mi “pequeño drama literario” a mi amiga y escritora Rosa Ana Domínguez Cruz, me dijo: “Con la de cosas que te han pasado a ti en la vida, no entiendo por qué no escribes algo más tuyo”. Me lanzó esa frase y yo, que tengo bastante tendencia al impulso, me senté y escribí el primer capítulo en ese mismo momento. Así empezó todo. Esta vez decidí no trabajar con una escaleta cerrada, ni mucho menos saber de antemano cómo terminaba la historia. Quise escribir con más intuición que control, y ahí empezó de verdad ‘Te juro que estoy bien’.
- El título es muy potente y sugerente, ¿qué significado tiene para ti y cómo conecta con la trama?
El título fue un trabajo compartido con la editorial, y me gusta decirlo porque fue de esos procesos en los que no se busca solo un título “que enganche”, sino una expresión que contenga de verdad el alma del libro.
‘Te juro que estoy bien’ nos interesó precisamente porque condensaba muy bien el conflicto central de la novela: esa necesidad tan contemporánea de aparentar fortaleza, de seguir funcionando, de quitar hierro a lo malo que nos pasa incluso cuando por dentro estamos muy lejos de estar bien. La protagonista utiliza esa frase casi como un escudo, como una forma de protegerse, de no mostrar fisuras y de sostener una imagen de control que cada vez le cuesta más mantener.
Por eso el título me parece tan potente: suena cotidiano, reconocible, incluso convincente… pero en cuanto entras en la historia entiendes que ahí dentro hay mucho más que una simple frase hecha. Hay autoengaño, supervivencia, inseguridad, miedo, y también una enorme dificultad para parar y decir la verdad.
- ¿Cuánto hay de autobiográfico o personal en los personajes y situaciones del libro?
No es una novela autobiográfica, pero sí es autoficción. Y para mí esa diferencia importa. No he escrito unas memorias disfrazadas, ni he querido hacer un ajuste de cuentas con mi biografía. Lo que sí he hecho es trabajar con materiales que conozco bien: emociones, ambientes, tensiones, formas de exigencia, incluso determinadas preguntas sobre el éxito, la familia, el cuerpo o la vulnerabilidad. Hay verdad emocional, pero transformada por la ficción. Me interesaba escribir algo que partiera de una experiencia cercana, para construir una historia que me perteneciera sin quedarse encerrada en mí. Una historia que no hablara de una mujer concreta, sino de muchas mujeres y que pudiera resonar en muchos lectores.
- ¿Qué temas principales querías explorar y qué mensaje te gustaría que se llevaran los lectores?
Quería explorar varios temas que me parecen muy contemporáneos: la cultura del rendimiento y el esfuerzo, el concepto de éxito, el coste de sostener una imagen de fortaleza permanente, el liderazgo femenino vivido desde dentro y no desde la épica del “empoderamiento”, el peso de las lealtades familiares invisibles y la dificultad de parar cuando se ha sido educado para aguantar lo que te echen.
Mi intención no es dar un mensaje cerrado. Lo que me gustaría es que el lector se hiciera una pregunta incómoda: cuánto de lo que hace cada día responde de verdad a su deseo real y cuánto responde a un mandato heredado, más o menos consciente. Y también, claro, que salga del libro con la sensación de haber leído una historia que tiene sentido, que puede ser profunda por momentos, pero que también tiene humor, algo de mala leche y bastante verdad.
- ¿Cómo fue el proceso de creación de los personajes? ¿Te resultó más difícil construir alguno en particular?
Lo cierto es que el proceso fue muy orgánico. De hecho, cuando llevaba ya varios capítulos escritos, me di cuenta de que no les había puesto nombre a los personajes, y en vez de corregirlo, decidí seguir así. Me gustó que fueran la madre, el padre, el marido, la rival profesional… porque eso les daba una dimensión más simbólica, casi arquetípica, y favorecía que el lector se pudiera reconocer en ellos.
El personaje más delicado de construir fue la protagonista, precisamente porque necesitaba que fuera muy contradictoria: brillante y agotadora, fuerte y frágil, lúcida y ciega a la vez. Quería que se entendiera por qué aprieta tanto los dientes, por qué se empeña en hacer lo que hace, pero también que el lector tuviera ganas de decirle: “Vamos a ver, hija mía, siéntate un momento que te voy a decir dos cosas”.
- ¿Hubo algún momento durante la escritura que te marcara especialmente o que te resultara emocionalmente complicado?
Sí, y además por varias razones.
Por un lado, meterme en la piel de varios personajes en primera persona y darles a todos una voz propia fue uno de los ejercicios más enriquecedores del libro… y también de los más exigentes. Porque eso te obliga a mirar una misma escena desde ángulos distintos y a aceptar algo que en la vida tampoco va mal recordar: que cada uno ve la misma película de una manera completamente diferente. Literariamente es un regalo; pero emocionalmente, a veces, es un deporte de riesgo.
Luego está la historia de los abuelos de la protagonista, que se parece mucho a la de mi propia familia. Esa parte me toca un lugar muy íntimo y sigue emocionándome cada vez que la releo. Hay pasajes que, por mucho que estén al servicio de la ficción, conservan una verdad emocional muy difícil de disimular.
Por último, también me impresionó escribir durante la pandemia real una novela que había empezado, curiosamente, después de abandonar otra sobre una pandemia inventada. Había algo muy extraño en estar encerrada, con el mundo parado, escribiendo precisamente sobre una mujer incapaz de parar.
- ¿Qué tipo de lector crees que conectará más con esta historia?
Creo que conectará con cualquier lector al que alguna vez le haya salido de manera automática eso de responder “estoy bien” cuando no lo estaba ni por casualidad.
Es verdad que muchas mujeres se reconocerán de una manera muy directa en la autoexigencia, en la culpa, en la dificultad para mostrarse vulnerables o en esa sensación de tener que demostrar constantemente que pueden con todo, en todo momento y en todos los aspectos de su vida.
Sin embargo, no creo que sea una novela solo para mujeres. Habla de vínculos familiares, de ambición, de miedo, de desgaste y de identidad. Y eso, por suerte o por desgracia, no entiende de géneros.
- ¿Qué papel juegan las emociones y la salud mental en la novela?
Juegan un papel central. Pero no me interesaba abordarlas desde un discurso “ejemplarizante” o desde una voluntad “de sentar cátedra”, sino desde las experiencias vividas y aprendidas. La novela muestra cómo la autoexigencia que se sostiene más allá de lo razonable, la negación del dolor (físico y emocional), la idea de libertad mal entendida y la obsesión por conseguir algunos objetivos pueden suponer que te pierdas a ti misma en el camino.
La salud mental no aparece aquí como etiqueta, sino como tejido profundo del relato: está en la incapacidad para pedir ayuda, en el cuerpo que dice basta, en la tensión entre lo que se proyecta y lo que realmente se siente. Me interesaba precisamente esa zona en la que la fragilidad no se ve, pero lo condiciona todo.
- Como escritora, ¿qué has aprendido de ti misma a través de este libro?
He aprendido algo que, sinceramente, me ha venido muy bien, y no solo a nivel literario: que intentar controlarlo todo no siempre mejora las cosas. Más bien las asfixia.
Con esta novela descubrí que escribo mejor cuando dejo espacio a la intuición, a la sorpresa y a cierta verdad emocional que no siempre se deja domesticar. También confirmé que el humor es una herramienta magnífica para contar cosas serias sin volverlas excesivamente solemnes.
Y quizá lo más importante que me ha enseñado el libro es esto: entre el control y el victimismo existe una tercera vía, que es la responsabilidad. No siempre podemos elegir lo que nos pasa, lo que heredamos o las grietas con las que llegamos a la vida, pero sí podemos decidir qué hacemos con todo eso.
Creo que ‘Te juro que estoy bien’ habla justamente de ese momento incómodo y profundamente adulto en el que una persona deja de preguntarse “por qué me pasa esto a mí” y pasa a decidir “qué hago yo ahora con esto”. Y ahí, para mí, empieza todo: la libertad, la honestidad y también la posibilidad real de cambiar tu vida.

