Ocho osos
Gloria Dickie
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae
Madrid, 2026
310 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Si uno sale un poco del asombro, se da cuenta de que los invasores somos nosotros. El planeta funcionaría perfectamente sin nuestra presencia, como funcionó en la época de los dinosaurios, cuando lo natural era comer o ser comido, y a eso se le puede llamar armonía. Nadie se esperaba un meteorito que cambiara la existencia total, pero ese fenómeno pertenece al universo de la naturaleza, al que no pertenece este meteorito que hemos lanzado nosotros, el cambio climático, que baja muy despacio, pero acelera a lo bestia el proceso de calentamiento. Si no existiéramos como especie civilizada, tampoco habríamos podido construir nuestros mitos, incluidos los que aparecen pintados en las paredes de las cuevas, los refugios por los que teníamos que combatir con otros habitantes del planeta, como los más gigantescos rivales, que eran los osos. Este mundo es más suyo que nuestro, porque ellos se integran en el desarrollo que debería seguir el curso natural, mientras que nosotros no hacemos nada más que modificarlo. Este extraordinario libro, Ocho osos, nos enfrenta a quiénes somos a la hora de relacionarnos y modificar el mundo para satisfacer nuestros caprichos, que justificamos como necesidades.
Gloria Dickie es una periodista canadiense especializada en medio ambiente y cambio climático, que elige un ser mítico, uno de los gigantes de la Tierra, para mostrarnos la deriva que hemos impuesto al mundo natural. Cada uno de los ocho osos seleccionados habita en un lugar diferente del planeta y a cada uno le corresponde una suerte distinta, pero en todos los casos la intervención humana supone algún grado de peligro. Es estremecedor el capítulo dedicado al oso malayo, donde se acerca a las granjas en que están encerrados para extraerles la bilis. Es significativo el dedicado al oso polar, centrado en la vida en una población donde llega a ser una amenaza física, y condenado a la desaparición a cuenta de la licuación del hielo. Es contundente el dedicado al oso de anteojos de Perú, porque se centra en la búsqueda, que resultará infructuosa, como resultó la de Peter Mathiesen cuando buscaba el leopardo de las nieves, pero nos introducirá en el mundo de crónicas de viajes atractivas, dinámicas, que espolean la curiosidad y animan al descubrimiento. En cada uno de los casos, la lectura nos ayuda a encontrar cierto sentido a la investigación, nos espolea ayudando a sentir ganas de vivir, de movernos, de protagonizar encuentros. Incluso durante la lectura del capítulo dedicado al oso panda, que es el más elaborado a partir de fuentes escritas, el que refleja menos viaje.
El libro es un compendio en el que se entrelazan, a la perfección, periodismo, etología, conservacionismo, geografía y etnología. El artefacto literario funciona muy bien, regalándonos uno de los libros del año. Lo que no termina de funcionar bien es lo que refleja, la imposible convivencia de los osos, y la naturaleza, con los humanos. Y, en este caso, entre los osos y los hombres nos vemos con frecuencia en la tesitura de elegir a los osos. Comprendemos a los habitantes de Churchill, la ciudad canadiense en la que alguna gente ha sufrido ataques de oso, como a los que viven en las regiones indias y tiene por vecinos al oso perezoso, el más peligroso de todos ellos. Pero nos molesta el espíritu de los cazadores de Estados Unidos empeñado en conseguir como trofeos cabezas de oso Grizzly. Pero también conoceremos a los compañeros de viaje maravillosos, la gente que aporta lo mejor de la humanidad en el proceso de relaciones con la naturaleza, lo cual nos lleva a pensar que otra armonía es posible. Para ello, Dickie ha conseguido que pensemos en los osos como seres casi humanos, como perdedores que tuvieron mala suerte, como tipos sintientes. Dickie ha escrito un librazo.


