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OSÉ LUIS MUÑOZ
Cuando uno ve una película de este director francés, que está catalogado como enfant terrible en su propia tierra, uno siempre tiene la duda de a qué Ozon se va a enfrentar, si al mayúsculo de Frantz, seguramente su obra maestra, o al absolutamente prescindible de Mi crimen. Adaptar a uno de los apóstoles del existencialismo, al francés Albert Camus, y hacerlo después de Luchino Visconti, ha supuesto que el director galo se tome muy en serio el material que tiene entre manos y no decepcione.
El extranjero es un film esencialmente bello. Bellos sus protagonistas, el apático oficinista Meursault (Benjamin Voisin, uno de los protagonistas de Verano del 85 de Ozon) y su amante Marie Cardona (Rebecca Marder, una de las protagonistas de Mi crimen). Muy bella la fotografía en un blanco y negro muy suave, casi una gama de grises, de Manuel Dacosse que capta la luminosidad del Mediterráneo y la sensualidad de los baños playeros; bella la ambientación de ese Argel de época que reconstruye a la perfección su director con un cuidado exquisito, casi viscontiano, por los trajes de sus personajes. Y una elegancia en la puesta en escena, en la composición de las, por ejemplo, exquisitas escenas de amor entre ese dúo de bellos actores.
El extranjero capta a la perfección la apatía vital de ese joven al que todo le da exactamente igual, no tiene ilusión por la vida (cuando Marie le propone casarse, lo asume con total indiferencia: Si te hace ilusión), extranjero en un país colonizado por una metrópoli racista (en los cines no se permite la entrada de “indígenas”) y extranjero de sí mismo; sin apegos sentimentales y emocionales (Meursault asiste impávido, y sin mostrar ni una sola emoción, al entierro de su madre recluida en una residencia); ente pasivo: no interviene cuando su vecino Salamano (Denis Lavant) maltrata a su perro o cuando su amigo Raymond Sintès (Pierre Lottin, el malvado de otra de las películas olvidables de François Ozo: Cuando cae el otoño) maltrata de palabra y obra a su amante árabe; y ni siquiera se defiende durante su propio juicio ni razona la razón por la que asesinó a un árabe: “Me cegaba la luz del sol”.
Lo cierto es que El extranjero perdura una vez termina la película en la retina del espectador que la ha visto, señal de su trascendencia, lo que evidencia que no es meramente una versión estética del drama de Albert Camus, sino que profundiza en el absurdo en el que a veces se convierte esta vida que no le hemos pedido a nadie y que en ocasiones resulta tan insoportable por su vacuidad que no nos importa perderla.

