Yoshe Kalb, el pecador
Israel Yehoshua Singer
Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís
Xordica
Zaragoza, 2026
270 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
Nos movemos en un mundo que es pura caricatura. Hemos creado una serie de paradigmas que solo sirven para congestionar nuestros días. Todo es una deformación, una serie de convenciones sociales que damos por verdades, cuando se trata de maldiciones. No es posible que la vida sea algo tan rígido. Sobre esto parece estar protestando, todo el rato y sin misericordia, Israel Yehoshua Singer (Bilgorai, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) construyendo una buena novela en la que nos enfrenta a la realidad, y en la que nos enfrenta, al mismo tiempo, a la inmovilidad y la imposibilidad de fuga frente a esa constreñida realidad.
Nos trasladamos a una sociedad judía en la que la tradición se ha instalado sin saber cuáles serán las consecuencias de la misma. Los principios de los dogmas deben respetarse, sin que se justifique por qué se crearon ni cuáles son sus verdaderos beneficios. En realidad, parece que se ha impuesto el fanatismo, como se impone en muchos relatos distópicos. En la primera parte de la novela nos encontramos con un adolescente que se casa, pero al que le atrae la nueva mujer de su suegro, mucho más joven que su marido. Está rodeado de una multitud o, para ser más precisos, está rodeado de tumulto, de personas que forman un mar agitado. Si meternos en su cabeza, solo guiándonos por las reacciones que el autor describe, sabremos que se cuestiona toda la rigidez que acompaña a su modo de vida. Y eso incluye a la familia que, nos da a entender, es una institución de mentira, una farsa, una imposición. Ante tanta duda, a él solo le cabe ayunar y rezar, dos actos bastante inútiles para superar un malestar tan profundo, porque a lo que se enfrenta es a su naturaleza desde la convicción de su condicionamiento, que es bastante extremo. El personaje se dibuja como alguien inseguro, alguien que terminará por actuar de forma imprevisible, pero silenciosa.
La segunda parte nos traslada a otra aldea, a la que llega un mendigo. Es un lugar que padece el mismo fanatismo, el mismo malestar. Aunque cambie de nombre, no será difícil imaginar que ese mendigo es el mismo protagonista de la primera parte, que está ejerciendo el que considera su mayor derecho: la libertad de imponerse una penitencia en condiciones. Pero a la población a la que llega sufre una epidemia, en la que fallecen niños, y entre la confusión se buscarán culpables. La culpa debe de ser de quien actúa de forma divergente, y este tiene que ser alguien que ha venido de fuera, dado que los habitantes del lugar nacieron con la vida ya escrita. Entonces se acusará al extranjero de haber mantenido relaciones con una muchacha deficiente, y le obligarán a casarse con ella. Todo contiene una exaltación religiosa que más bien parece histeria, que es un tanto violenta, pero que quien vive dentro de ella, quien la respira, considera que eso es lo natural.
La tercera parte consistirá en el choque entre los dos mundos, las dos poblaciones, las dos miserias, de un modo que no desvelaremos. Lo que importa, lo que nos afecta, es darnos cuenta del mal que supone el fanatismo, ese que corremos el riesgo de entender que es nuestro ambiente natural, como para el pez lo es el agua. Ese que los grandes escritores, que son grandes observadores, no pueden dejar de ver como una caricatura, porque han sido capaces de tomar distancia y de hacerse las preguntas adecuadas. La publicación de esta novela es uno de los grandes aciertos de esta temporada, a la vez que un grito de advertencia.


