Daniel Huerta Goya.

Seudónimo de Robert Bruce Montgomery, Edmund Crispin (1921-1978) es una de las figuras más curiosas de la historia de la literatura de misterio. Hombre de vastos conocimientos y heterogéneos intereses artísticos, su trayectoria literaria no parece sino un divertimento, un brillante apéndice a su trabajo como profesor y compositor. En esta última faceta destacó en las décadas centrales del siglo, en especial en los terrenos de las bandas sonoras (escribió más de cuarenta) y la música religiosa (tal vez su Réquiem de Oxford merecería mejor suerte), aunque también escribió música orquestal y óperas, hoy por completo olvidadas.

Licenciado en Lenguas Modernas en el oxoniense Saint Johns College, fue amigo de varios de los mejores escritores ingleses de su generación, como Kingsley Amis y Philip Larkin, al que dedicó La juguetería errante. Parece ser que tuvo una postura distante y displicente ante la vida, murió joven y es seguro que sus problemas con el alcohol le impidieron alcanzar un lugar aún más prominente como músico y como novelista.

Miembro del famoso Detection Club desde 1947, Crispin pertenece a la segunda hornada de la Golden Age, junto a Michael Innes (1906-1994) o Nicholas Blake (1914-1972). Se trata de escritores con una mayor formación académica e intelectual que la mayor parte de sus predecesores (Agatha Christie, Henry Wade, H.C. Bailey…), lo que se refleja tanto en el estilo como en el trasfondo de sus novelas, que, sin dejar de ser whodunits puros, aportan una mayor profundización psicológica en los personajes, una ambientación más cuidada, una estructura más compleja y un corpus de referencias históricas, literarias y culturales más amplio. Son, en definitiva, obras más ambiciosas. Firman su producción detectivesca con seudónimo para distinguirla de aquella de corte más académico (Innes fue un prestigioso ensayista e historiador de la literatura; Blake, uno de los poetas más destacados de la segunda mitad del XX). Para todos ellos, la novela de misterio era un pasatiempo, una distracción de sus actividades más serias. Lo curioso es que han pasado a la posteridad por lo que creían una parte secundaria, si bien seguramente la más lucrativa, de sus carreras.

Crispin (cuyo nom de plume está tomado de un personaje de Hamlet, venganza! de Michael Innes) escribió nueve novelas, todas ellas con el profesor de Oxford y detective aficionado Gervase Fen como protagonista, y dos colecciones de relatos breves. El grueso de su producción se concentra entre 1944 (El caso de la mosca dorada) y 1953 (Cuidado con los trenes, conjunto de historias cortas). Un año antes de su muerte, y tras un largo hiato en el que se dedicó a escribir reseñas de novelas policiacas en la prensa londinense, regresó a la novela con The Glimpses of the Moon, aún inédita en español. Póstumamente apareció su segunda colección de relatos.

Demasiados coches fúnebres, que nos ofrece Impedimenta en otra más de sus preciosas ediciones, se ambienta en el entorno del cine, cuyos entresijos bien conocía el autor. Fen está contratado como asesor literario para el guion de una imposible película basada en la vida del poeta Alexander Pope cuando la joven actriz Gloria Scott se suicida arrojándose al río. Incapaces de descubrir la verdadera identidad de la muchacha, tanto Fen como el inspector Humbleby, de Scotland Yard, comienzan a sospechar que tal vez no se trate de un acto voluntario, más aún cuando se produce una segunda muerte por envenenamiento…

Como en otras de sus novelas (El caso de la mosca dorada en el teatro, El canto del cisne en la ópera…), Crispin acierta de pleno, gracias a su genial utilización de la ironía y a unos diálogos chispeantes, en el retrato del mundillo artístico, con sus fiestas de sociedad, sus envidias y sus personajes arrogantes y endiosados. El estilo de Crispin es deslumbrante -pocos en el género escriben de una forma tan poética- y le gusta demostrarlo en cada página; y el tono es ligero, como de comedia o farsa, quedando siempre el autor por encima de los personajes y sus conflictos. Hay algo de Wilde, y también de Wodehouse, en la prosa de Crispin. A veces, y esto es típico en sus novelas, se pierde el hilo de la investigación durante un buen número de páginas para desarrollar alguna subtrama, lo que hace que el lector se desenganche del enigma central y que las revelaciones finales del detective, aunque correctas y bien expuestas, nos parezcan un tanto improvisadas o extraídas de indicios que no se nos han facilitado previamente. Poco le importaba el fair play al bueno de Edmund, pese a lo cual no podemos dejar de considerarlo un clásico. El último, tal vez.