La palabra y la belleza
Crónica de la sexta edición del ciclo «Ética y Poética», impulsado por la Plataforma del Voluntariado.

Por Paz H. Páramo.

La sala Jazzville acogió la sexta edición del ciclo impulsado por la Plataforma del Voluntariado de España, consolidando un espacio donde la canción de autor y la lírica contemporánea se funden en el compromiso social absoluto.

Con un cartel de excepción coordinado por Gonzalo Escarpa, voces como las de Juan Carlos Mestre, Rosana Acquaroni o Fran Fernández recordaron que, frente a los tiempos grises, la poesía no es entretenimiento, sino solidaridad activa.

MADRID, 3 de junio de 2026.— Hay mañanas que se visten de gris en los telediarios y tardes que se salvan gracias a la palabra dada. El pasado miércoles 27 de mayo, la emblemática sala Jazzville de Madrid se transformó en una asamblea de resistencia cultural y humana durante la celebración de la sexta edición de «Ética y Poética». El proyecto, impulsado por la Plataforma del Voluntariado de España (PVE), organización que coordina el latido de 83 ONG en todo el país, demostró que la literatura y la acción social comparten la misma raíz.

El encuentro arrancó bajo el marco del Año Internacional de las Personas Voluntarias. María Navas, en representación de la PVE, fue la encargada de abrir la velada con una verdad incómoda y necesaria para los tiempos de codicia y violencia que inundan la actualidad: «El voluntariado es donar tiempo, no dinero, y quizás es lo más importante que se puede donar, porque el tiempo no es oro, es vida». Tras sus palabras, cedió el testigo al director, poeta y motor del evento, Gonzalo Escarpa, encargado de abrir una nueva dimensión sobre el escenario.

«La poesía es solidaridad», el manifiesto de Escarpa

Escarpa firmó un manifiesto sobre el escenario que fijó las reglas del juego de la noche. «No es que la poesía tenga que ver con el compromiso social, es que la poesía es una de las formas más comunes del compromiso», sentenció el poeta. En un discurso ovacionado por el público, rechazó las etiquetas comerciales y los corsés ideológicos: «No creo que exista una poesía de la solidaridad, porque la poesía es solidaridad. Denuncia injusticias, moviliza conciencias y acompaña luchas colectivas… No existe una poesía del entretenimiento, como no existe un gato policía».

Citando al pensador Santiago Kovadloff, Escarpa recordó que los seres humanos somos «una tarea por hacer», un proyecto incompleto, exactamente igual que un poema. Y, bajo esa premisa de imperfección compartida, dio paso a los «seis recuperadores de los fugaces parentescos de las cosas» que conformaban el impresionante cartel de la noche.

De la infancia herida al latido de la tierra

Rosana Acquaroni rompió el fuego literario haciendo suya la máxima «lo personal es político». Con una lectura honda y magnética, Acquaroni recorrió versos de su trayectoria, incluyendo poemas de Discordia de los dóciles, un poemario gestado al calor del movimiento 15-M, y pasajes de su aclamado 18 ciervas. Sus versos viajaron desde la crudeza de la memoria familiar y la infancia olvidada —«Soy la hija que te aguardó despierta cada noche…»— hasta el encuentro místico con la naturaleza, regalando a los asistentes una sobrecogedora lección de honestidad lírica.

Fotografías sentimentales en la voz de Fran Fernández

El contrapunto musical de la primera mitad de la noche lo puso el cantautor Fran Fernández, quien subió al escenario de Jazzville armado con su guitarra y una sensibilidad desbordante. Fernández recogió el guante del compromiso lanzado por Escarpa, defendiendo el papel del artista como observador de su época.

«Entendí hace muchos años que todo aquel que escriba canciones o poemas debe ser también observador de su tiempo. Al final, una canción es una fotografía sentimental o histórica de lo que nos toca vivir», explicó antes de interpretar un desgarrador tema de denuncia social en el que cargó contra la indiferencia global frente al dolor ajeno y la deshumanización de las fronteras.

Posteriormente, el músico cambió el tercio hacia la luz con su tema inspirado en un viaje a Ghana junto a creadores como Rozalén y Pasión Vega, recordando que «el amor es un reloj y tienes que llenarlo de tiempo» y lanzando un mensaje de esperanza: «Aunque haya gente que hace mucho ruido y gritan demasiado, en el fondo creo que todavía hay mucha bondad, aunque sea más discreta».

Pilar González España, Guada y Alexis Díaz Pimienta

La velada continuó expandiendo sus fronteras con la intervención de Pilar González España. La poeta, traductora y sinóloga aportó un timbre ancestral al escenario con una propuesta enfocada en exorcizar el egocentrismo contemporáneo. A través de una letanía, González España desnudó las trampas del individualismo en su poema Yo y la mitología de no hacer nada, un texto que resonó como un espejo incómodo en la sala al sentenciar: «Yo y ya pueden caer mil bombas si no es sobre mi cabeza (…) casualmente yo y nada más».

Tras ella, la cantautora argentina Guada tomó el relevo defendiendo firmemente que «todo arte es político». Sentada ante el público, interpretó en primer lugar No somos lo que nos dicen que somos, una pieza escrita junto a su padre que funciona como un canto de identidad latinoamericano frente a la explotación de sus recursos. Tras finalizar el tema, reivindicó la importancia de regalar no solo el tiempo, sino también la atención, para acto seguido emocionar a la sala con su composición Antes de que la noche se vuelva madrugada, un canto a la justicia, la memoria y la persistencia de la historia compartida.

Su actuación dio paso al torbellino de Alexis Díaz Pimienta, el aclamado rey de la rima que llegó desde Sevilla para demostrar por qué es considerado un chamán del verso. Aunque el público esperaba su faceta puramente improvisada, Díaz Pimienta defendió la poesía escrita leyendo textos de hondo calado social como Otra poética, el durísimo poema La guerra y los niños —denunciando con crudeza la situación de la infancia en Gaza, amparado en las demoledoras estadísticas de la ONU—, sus sonetos críticos dedicados a los dolores de Cuba y Los Empalados, una sobrecogedora crítica contra la indiferencia generalizada y el consumo de la violencia a través de las pantallas planas.

Juan Carlos Mestre. La profecía de los vulnerables

El broche de oro y la bendición definitiva de la asamblea corrió a cargo del Premio Nacional de Poesía Juan Carlos Mestre. Definido por Escarpa como «mago del orden y del caos», Mestre volvió a demostrar por qué es una de las voces más descomunales, generosas y necesarias de las letras contemporáneas, colocándose, como siempre, del lado de los débiles a través del poder absoluto de la poesía.

Con su ya icónica fuerza torrencial, el bardo berciano detuvo el tiempo en Jazzville con la lectura de su poema Antepasados («Mis antepasados inventaron la Vía Láctea…»). Su intervención no fue un simple recital, sino una invocación civil; un recordatorio de que la palabra poética es un acto de legítima defensa para los desposeídos y una patria para quienes no tienen voz. Mestre envolvió la sala en una atmósfera de misticismo laico al clamar contra los tanques y los lutos ante los masacrados, cerrando su lectura con un rotundo y triplicado «No matarás» que resonó en el silencio de la sala como un mandato absoluto frente a la ruina moral de la fuerza.

Como colofón, un momento mágico e imprevisto unió en el escenario a Díaz Pimienta, Guada y Fran Fernández en una improvisación conjunta que encarnó el espíritu del ciclo: la música y la poesía unidas para despertar conciencias.

La sexta edición de «Ética y Poética» cerró sus puertas en Madrid recordando una vez más a los asistentes, con los teléfonos apagados y el espíritu encendido, que la belleza no es un lujo, sino el único camino de regreso a nuestra propia humanidad.