Horacio Otheguy Riveira.

 Se impone la mención a novela negra, pero su autor se salta las normas, lanzándose con éxito a las peculiares raíces de la convivencia internacional –en este caso, suecos y españoles en Granada–. Por una vez, la hermosa ciudad hispanoárabe no luce turísticamente: se desliza progresivamente sobre la vida de seres humanos inquietos e inquietantes.

Ingrid y María, cónsul sueca y sargento de la Policía Judicial, respectivamente. Frente a ellas, las suecas Katja y Elina. En torno a estas últimas, las dos primeras andan por separado largo tiempo, enfrentadas de diferente modo a las muy sexuales residentes en un caserón donde habilitan espacios de prostitución, tortura y magia negra, además de crianza de perros sin licencia.

Tras este recorrido, una espléndida novela que deambula por una peligrosa cornisa sin caer en ningún momento, pues las vidas cotidianas de sus protagonistas son tan interesantes como la vertiginosa dualidad: psicosis / brujería. Primera parte con Ingrid, luego llega María la sargento a investigar unos hechos cuasi delictivos en torno a la desaparición del anciano Hans…

El cuadro de psicología costumbrista se topa con la ansiedad de la mujer policía para indagar en un ámbito siniestro donde condones usados se apilan entre basuras que siempre han habitado el mito de la brujería, gente que adora el lado oscuro de todas las cosas, a veces rodeadas de algo escandalosamente impuro y a la vez ingenuo.

Es una novela con final sorprendente –colofón de varias páginas formidables– con poco más que desvelar. Cual caja de sorpresas, lo importante es dejarse llevar por el caudaloso río de una prosa muy atractiva, blindada en el arte de indagar más allá de lo tangible. Con el muy destacado perfil de mujeres aguerridas, inconformistas, y una sexualidad exuberante en diversas tonalidades. Por lo general, alternando con hombres que oscilan entre la cobardía, la brutalidad y la pederastia.

Este libro contiene una historia de ficción inspirada en sucesos reales publicados en prensa local a finales de los años noventa. Más allá de la información aparecida en dichas notas periodísticas, el resto del relato que aguarda tras esta página proviene únicamente de mi imaginación.

EL COMIENZO

«Putas y brujas». Esa fue la primera referencia que Gabriel tuvo de ellas, unos meses antes de que todo ocurriera. Fue a través de los albañiles que habían contratado para hacer una pequeña obra en el jardín. Ingrid y él habían decidido instalar un aseo junto a la piscina, algo pequeño donde poder ir al baño o quitarse el cloro sin tener que atravesar toda la casa dejando aquellos irritantes senderos de gotas y pisadas. Así que se pusieron en contacto con una empresa de reformas que les había recomendado Michael, un vecino inglés con el que de vez en cuando salían a pasear por la zona montañosa que se levantaba tras la urbanización, y la obra empezó dos semanas después de la fecha de inicio que le habían prometido.

Fue al segundo o tercer día de trabajo, mientras los albañiles se tomaban un descanso y se comían aquellos bocadillos de tres palmos que acompañaban con un litro de cerveza que bebían directamente de la botella y a los que seguían un par de cigarros. Un cúmulo de nubes veloces bajaba de la sierra y empezaba a atravesar el pueblo, dejando el jardín en una especie de penumbra irreal. Gabriel bajó para charlar un poco con ellos, básicamente para preguntarles cómo iba la obra, plazos, dificultades y demás, más que nada porque Ingrid le había encargado que los tuviera controlados. Pero el capataz, un tipo recio y velludo, de bigote, cuello y manos descomunales, mientras apuraba su litro de cerveza y fumaba mirando extrañado hacia las nubes, como el chamán que espera una revelación de algún dios de nombre imposible, sacó a las primeras de cambio el tema de que Ingrid, la mujer de Gabriel, era sueca.

—Su mujer es sueca, ¿verdad? —preguntó en cuanto Gabriel se puso a su lado, apoyándose sobre el muro exterior de la casa.

—Sí —contestó él—. Es sueca, pero ya lleva muchos años aquí.

En cuanto terminó esa frase, Gabriel pensó en que con ese «pero» parecía intentar exculparla de algún tipo de acusación y barajó la posibilidad de hacer alguna aclaración, pero el capataz no le permitió defender a su mujer de lo que fuera que se la estuviera acusando porque continuó diciendo que en La Umbría, el pueblo donde estaba la sede de la empresa de reformas, también había unas suecas. Lo dijo tal cual:

—Allí también hay unas suecas, ¿sabe?

Gabriel asintió con indiferencia, intentando dirigir de una vez el tema hacia la obra, pero el capataz continuó, diciendo con cierto regusto sarcástico y oscuro:

—Todo el mundo las conoce. A las suecas, ¿sabe?

Y ante un nuevo «ajá» indiferente de Gabriel, que ya pensaba en rendirse y subir a casa a seguir trabajando, aquel tipo con manos de coloso y sonrisa oscura, sonrisa del barroco tardío, de pintura negra de Goya, de gótico sureño, de soldado yugoslavo, apagó el cigarrillo en una jardinera, cerró con parsimonia la botella de cerveza enroscando el tapón rojo que entre sus manos parecía un minúsculo dedal, y le proporcionó a Gabriel los dos primeros datos sobre ellas, unos meses antes de que todo ocurriera:

—Son putas, las suecas. —Hizo una pausa, miró de nuevo al cielo y finalmente se giró hacia Gabriel para decir—: Y brujas, ¿sabe?

 

Nicolás Díez Barros (Granada, 1980) es licenciado en Filología Hispánica. Ha publicado numerosos relatos en revistas literarias (La Costa, Autores), y parte de su poesía ha aparecido en antologías como Alborismos. En 2017 fue finalista del Premio de Narrativa Breve de IDEAL.
Debutó en la novela en 2023 con Tres tonos de azul, una novela que propone una mirada singular sobre el presente y que obtuvo una notable acogida entre lectores y crítica. En 2024 publicó Cenizas, un libro híbrido compuesto por una novela breve y una serie de relatos que comparten una misma exploración narrativa.
Actualmente reside en Granada, donde compagina la escritura con la docencia.
Una fábula sueca es su novela más reciente.