Horacio Otheguy Riveira.

Dos veces divorciada, tras largos viajes por Europa, Sara Gallardo regresó a Buenos Aires temporalmente, relajada y con muchos proyectos periodísticos y literarios; al poco tiempo  falleció víctima de una crisis asmática, enfermedad que padecía desde niña. Drástico final a los 56 años, que dio lugar a un relanzamiento de sus creaciones novelísticas, entre las cuales, la que aquí comento destaca ante todo por la compacta creación de un personaje masculino oscilante entre la oscuridad y la búsqueda de un lugar donde esconderse… tal vez de sí mismo.

Con un estilo muy próximo a la Nueva Novela francesa (Robbe Grillet, Nathalie Sarraute, Marguerite Duras), Gallardo esgrime su talento narrativo con pleno conocimiento de conflictos, veleidades y crisis masculinas, de tal modo que el abogado Julián se yergue con voz propia, pues ha sido creado minuciosamente, desde el peculiar calidoscopio de la autora.

Julián es un abogado que deja el bufete que comparte con su hermano, y apuesta por convertirse en un buen terrateniente en una zona rural argentina, herencia de su padre. Sus dificultades prácticas y sentimentales con su novia Lisa, artista plástica, avanza entre desencuentros con la naturaleza y una angustia existencial que se difumina al maravillarse del comportamiento, la agilidad, e incluso la sexualidad de un grupo de galgos ingleses.

«Los dos galgos andaban alrededor de la casa o se echaban en el corredor con los cuellos erguidos, como salidos de una tumba medieval. Ella, casi naranja entre las patas grises de Corsario, jugaba y jugaba, mordisqueando, saltándole al hocico y las orejas, masticándole la cola. A veces la paciencia llegaba a su fin y él gruñía. Era un gruñido impresionante y ella se largaba a correr y sus costillas frágiles se movían bajo la piel, que al tacto parecía sobrar por todos lados.

Yo me pasaba las horas de aquí para allá, sentado entre los troncos del monte, oyendo el canto de los pájaros e imaginando el tiempo de las luchas en torno a las zanjas.

Caminaba por el monte mirando hacia arriba, atento a las diversas alturas y verdores con sus habitantes y sus ruidos. Ya lo dije, mi monte era pobre, pero me hablaba del mundo de los verdaderos, frescos, callados, inmortales árboles de los cuales estos eran solo parientes oscuros, criollos sin pretensiones….»

 

 

Después de la muerte de su padre, Julián hereda Las Zanjas, una estancia que ocupa con desconcierto y alegría. Custodiados por los galgos Corsario y Chispa, Julián y su novia, Lisa, construyen una casa, plantan árboles, cabalgan los bañados y se aman sin saber que el mal que avienta los amores anida dentro de uno.

Mientras Julián persevera en sus conmovedores esfuerzos por convertirse en un hacendado moderno, pero su temperamento melancólico y la influencia de su familia se van convirtiendo en un lastre que entumece su vida y sus afectos. Nada funciona como debiera, de viaje por Buenos Aires, en el bufete compartido por su hermano, recibe la noticia de una beca en París, donde comparte diversas emociones seducido por dos mujeres muy distintas. Compungido sin sus adorables galgos, y una jovencísimo amigo de la Embajada Argentina en la capital de Francia.

Regresa a Buenos Aires y a la gran finca, sintiéndose, en un mundo que parece no tener lugar para él, con el tiempo que corre veloz como los galgos amados.

Publicada en 1968, Los galgos, los galgos es la novela más premiada y exitosa de Sara Gallardo y se la considera la cima de su madurez narrativa. Una inolvidable historia de amor y un vigoroso retrato social que se ha ganado un lugar destacado en la literatura argentina. Concluye aquí el ciclo de novelas iniciado con Enero (1958) y continuado con Pantalones azules (1963), y anticipa el cambio de rumbo de su literatura venidera.

 

Sara Gallardo (Buenos Aires 1931-1988)

 

En las primeras páginas, una toma de contacto con su profunda admiración y querencia

Epitafio para los perros muertos sobre la tierra


Hacia la nada

partieron tristes

o muy veloces,

grito rebelde

o flaca tela.

Su común suerte

no compadezcas.

Transformados en

luz del gran todo,

se yerguen ahora

tan magníficos,

más hermosos aún

que el hondo olvido,

como el mismo bien

enigmáticos:

igual que tu alma mañana,

hoy quizás,

oh tú que pasas.

Los galgos son cuatro y nadie recuerda el tiempo en que eran dos. Corren a las liebres desplegadas en abanico. Barcino adelante. Es el menor. Va pegado a la presa, a los talones voladores. Flecha segundo. Manos dúctil, debe frenar a veces y corregirse en plena carrera. Chispa va junto a él, y a veces tercera. Corsario cuarto. Es viejo y sigue siendo el mejor en el remate. Algo tiene siempre de maestro y ellos de aficionados.