Horacio Otheguy Riveira.

En un entramado de nueve episodios, Daniel Kehlmann construye una novela en torno a las consecuencias que puede acarrear la irrupción en la vida cotidiana de una nueva tecnología. Ya en la primera de las nueve historias de este laberinto, en la que un personaje que estrena móvil empieza a recibir llamadas dirigidas a otro hombre y decide adoptar la personalidad del desconocido, surge también otro de los motivos que enlazan los relatos: el cambio de roles o, en otra lectura, la pérdida de la identidad.

Un famoso actor deja de recibir llamadas y comienza a dudar de la solidez de su carrera; un gurú de la autoayuda y el esoterismo se asoma al abismo de la depresión y el suicidio, contradiciendo por completo todas sus exitosas «lecciones de vida»; una autora de novelas policíacas se pierde en Asia Central y se queda sin cobertura, un blogger sueña con ser protagonista de una novela, un directivo de una importante empresa de telefonía móvil lleva una doble vida que lo aboca a la autodestrucción… y en el encadenado de historias independientes, hasta que dejan de serlo, se exhibe una voluntad muy creativa con el objetivo de que -en gran medida- quien lea se sumerja y tome decisiones sobre los enigmas que circulan por el corazón de los personajes.

 

 

La obra de Daniel Kehlmann, ha recibido prestigiosos galardones, como el Premio de Literatura de la Fundación Konrad Adenauer, el Premio Kleist y el Premio Thomas Mann. La novela La medición del mundo es uno de los mayores éxitos de la reciente literatura alemana. Entre sus otros títulos cabe destacar El director (biografía novelada del célebre director de cine G.W. Pabst), Yo y Kaminski. Con Fama se adentra en el territorio del relato multifocal con nueve historias que sumadas forman una «novela sin protagonista».

 

 

La conversación se extinguió. Los tres hombres la rodearon en silencio: rígidos, tensos, prisioneros de sí mismos, arrojados por el destino a las costas de un lugar espantoso, muy lejos de su patria, igualmente espantosa. Elisabeth abrió la boca y la cerró de nuevo, incapaz de pensar en nada que decir. Se sentía como si la obligaran a hablar con lavadoras, hidrantes o robots con los que no tenía ningún idioma en común. Sonó el teléfono. Por primera vez en días, fue un alivio. Tras disculparse con un gesto, salió corriendo.

Ocurren muchas situaciones singulares: desde el fantástico adulterio con una desconocida sexualmente imponente al deseo de dejar de ser para ser, íntegramente, dentro de alguna ficción de un exitoso escritor que acostumbra a usar gente conocida como personaje…

Y de pronto, se asoma el propio autor para modificar el rumbo de un relato, ante la  desesperación de quien lo interpreta como si fuera una tragedia…

Sí, hubiera podido ser una buena historia, tal vez un poco sentimental, pero con la melancolía compensada con humor, la brutalidad sublimada con algo de filosofía. Había pensado en todos los detalles. ¿Y ahora? Ahora lo voy a echar todo a perder. Arranco el telón, me hago visible, aparezco al lado de Freytag delante de la puerta del ascensor. Durante un minuto me mira sin comprender, luego palidece y se dispersa como el polvo. Rosalie, estás curada. Y, ya puestos, vuelve a ser joven. ¡Empieza desde el principio!

Antes de que pueda decir nada, he vuelto a desaparecer, y ella está en el ascensor, que baja chirriando, y no se puede creer que desde el espejo la mira una mujer de veinte años.