Josep Masanés.
Schopenhauer como educador. de Friedrich Nietzsche (1844-1900), fue publicado en 1874. El autor, que estudió Filología Clásica y llegó a ser catedrático a la temprana edad de 25 años, ya había publicado en 1872 El nacimiento de la tragedia, una obra que rompió con la filología tradicional al basarse en conceptos generales y argumentaciones en lugar de en datos empíricos, lo que le valió el rechazo total de la academia. Tras abandonar la docencia en 1878 debido a su precario estado de salud, Nietzsche vivió entre Sils Maria y la Riviera francesa. Fue en este periodo de aislamiento y paulatino deterioro físico cuando escribió el grueso de su producción más influyente (Así habló Zaratustra, Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, El crepúsculo de los ídolos, Nietzsche contra Wagner y El Anticristo), hasta que en 1889 sufrió un colapso mental definitivo en Turín, siendo ingresado en una clínica psiquiátrica en Basilea, tras lo cual jamás volvió a escribir. En este texto de juventud, de apenas 160 páginas, Nietzsche utiliza la figura de Arthur Schopenhauer no solo como filósofo, sino como el estándar de una vida auténtica, independiente y contracorriente.

A nivel de génesis conceptual, el propio Nietzsche reconoció en una nota posterior que no estaba plenamente convencido de haber entendido a Schopenhauer al escribir el texto, pero que el proceso le había servido para aclarar sus propias ideas. Años más tarde, en Ecce homo (1888), admitiría abiertamente que esta obra habla en realidad más de él mismo que de Schopenhauer, de manera análoga a como Platón se sirvió de la figura de Sócrates para expresar sus propios puntos de vista. El filósofo de la voluntad ya había fallecido cuando Nietzsche, siendo un joven estudiante de 21 años, descubrió y quedó cautivado por El mundo como voluntad y representación (cuya primera edición, datada 45 años atrás, apenas había vendido 200 ejemplares). Para el momento de la redacción de este texto, Schopenhauer ya era el filósofo más célebre de Alemania. De acuerdo con pensadores posteriores como Oswald Spengler, su gran mérito residió en la extraordinaria claridad para exponer sus ideas ante el gran público, así como en su consideración del arte como un elemento capaz de conducir al ser humano a un estado de plenitud cercano al misticismo. Schopenhauer encarnaba la voluntad de pensar y expresarse por sí mismo, erigiéndose en un modelo vital donde lo crucial no eran las verdades concretas expresadas, sino la honestidad inquebrantable en la búsqueda de la verdad.
El núcleo de la obra constituye una feroz crítica a la cultura y a las instituciones académicas alemanas, las cuales, a ojos de Nietzsche, sofocan la creatividad y la autonomía intelectual. Como profesor decepcionado con el engranaje universitario, el autor censura que la enseñanza no busque educar, sino meramente aprobar exámenes, fomentando el uso de fuentes secundarias en lugar de acudir a las primarias. Frente al utilitarismo económico y la visión estrecha de los científicos académicos —obcecados con estar continuamente ocupados y desprovistos de una visión general—, Nietzsche defiende el valor del genio y la necesidad de que el pensador disponga de tiempo de aburrimiento para dejar vagar su mente en libertad. Pone de manifiesto las deficiencias del sistema afirmando con vehemencia que, si alguien desea ser orador o escritor, no encontrará en toda Alemania un lugar donde puedan enseñarle a ello. Su diagnóstico es severo: cualquier ámbito de la vida contemporánea se ha convertido en un acto de barbarie, lo que le lleva a manifestar un profundo desprecio por el servilismo institucional, por el sistema educativo y, de manera muy señalada, por la filosofía de Hegel, proponiendo de forma natural que todos los filósofos académicos sean expulsados de sus puestos.
Frente a este erial cultural, la obra plantea una concepción radicalmente individualista y jerárquica del ser humano, donde la sociedad debe orientar todos sus esfuerzos a la gestación de hombres excepcionales. Nietzsche aboga por que el ser humano abandone la condición puramente animal y asuma lo que verdaderamente lo define: la conciencia de sí mismo, de su dolor y del sentido de la existencia. Lamenta que, por pereza natural o miedo a estar solos —característica de la precariedad intelectual que impulsa a la mayoría a socializar para huir de sí mismos—, los hombres sigan los caminos de la multitud en lugar de explotar su condición de seres únicos. El verdadero educador debe procurar que el discípulo se conozca a sí mismo y siga los dictados de su naturaleza. En este esquema, al debilitarse la religión, los únicos líderes legítimos de la sociedad son el filósofo, el artista y el santo, o una síntesis de ellos. La cultura, por tanto, debe consagrarse a favorecer el nacimiento de estos ejemplares extraordinarios, defendiendo una ética marcadamente individualista y contraria al Estado y al patriotismo, si bien el propio autor incurre en un tono nacionalista al añorar un pasado esplendoroso alemán y compararlo con la cultura francesa.
En conclusión, Schopenhauer como educador se revela menos como un tratado pedagógico u objetivo sobre el pensamiento de Schopenhauer y más como un autorretrato psicológico y literario del propio Nietzsche. A través de su prosa afilada defiende un individualismo radical y canaliza el resentimiento de un joven filólogo rechazado por la academia, proyectando en la figura de su maestro el mito del héroe incomprendido y mesiánico que él mismo aspiraba a encarnar. Su propuesta de subordinar el cuerpo social a la producción exclusiva de genios independientes de las estructuras estatales prefigura un anarquismo de derechas y un elitismo altamente peligroso. Al cuestionar el valor del conocimiento como una construcción colectiva y acumulativa —despreciando el principio de que incluso los mayores científicos e intelectuales edifican sus teorías sobre los hombros de una comunidad—, Nietzsche ofrece una enmienda a la totalidad, enmienda que nos plantea serios interrogantes sobre su utilidad real para la mejora de la estructura social. Su herencia estética y su virulencia verbal contra el statu quo anticipan de forma nítida la corriente de la literatura de la queja y el monólogo airado que autores como Thomas Bernhard modernizarían y radicalizarían décadas más tarde.

