Hernán Merino.
Mi madre apenas lee, tiene en la mesilla siempre un poemario de Miguel Hernández que le regalé hace mucho. En mi casa, quien me inculcó la literatura fue mi padre, cuya biblioteca personal es bastante grande: rondará los 2000 volúmenes y entre ellos la mayoría novelas escritas por varones de nuestra tierra. Mi padre es un comprador de libros de lance (creo que nunca ha salido de una librería con una novela bajo el brazo que le haya costado más de 10 euros, eso explica la gran abundancia de ciertos autores respecto a otros). Entre esos escritores machos que yo hojeaba hace no tanto sin saber quiénes eran, hubo uno que rápidamente se diferenció del resto.

En internet encontré imágenes suyas: un hombre extraño de pelo lacio con unas gafas negras, como calcinadas. Se encontraba con el dorso desnudo y tenía encima de las piernas una máquina de escribir. Me vi una entrevista que le hicieron en A fondo. Me decepcionó él en tanto que figura humana, como supongo que decepcionan los jugadores de fútbol o los cantantes cuando los conoces en persona. Tanta era mi reverencia hacia él.
Leí muchos de sus libros hasta el punto de que su literatura (sus no-novelas) me parecía la única posible después del atropello de las vanguardias. Con el tiempo sin embargo, he de admitirlo, sufrí un desencanto atroz. Su literatura parecía limitarse a una fórmula (imitada más tarde por hombres vergonzosos, algunos profesores de universidad) que debería llevar su nombre igual que existe el triángulo de Pitágoras. He conocido a muchos prosistas catalogados como “poéticos”, la mayoría de ellos y ellas son cargantes, alegóricos, deshinchados, etc. Él no. Él realmente encontraba palabras lindas.
Umbral era moderno en una España de conventos. Todo lo que a él le interesaba lo comparto, como cuando confirmas tus gustos al ver la camiseta chorra y con publi de los 90 de tu colega.
Tenía una silueta triste siempre que andaba desacompañado, no tenía la planta como los grandes actores para aguantar un plano de él en solitario. Por eso, supongo, le gustaba andar con otros. Los amigos equivalían al café. La soledad a un sillón con orejeras, igual de viejuno que las novelas realistas que él tanto desdeñó.
A veces fantaseo con qué hubiera sido de su literatura si hubiera vivido en el extranjero, en Nueva York o en Argel, si hubiera finalmente desatendido sus artículos que trataban sobre la galería de famosos e influencers inmediatos. Quizá se hubiera convertido en el escritor más rebelde y feliz de su tiempo (o de sus tiempos). Aunque aquella estancia en el extranjero podrían también haber jodido su prosa, como a tantos que emigraron cuya literatura, de imitar el estilo foráneo, se convirtió en pan muerto que llega a deshora.
Hace poco, escribí para un trabajo de la universidad una crítica sobre Mortal y rosa en la que hablaba de que a nuestro escritor no le interesaba crear personas reales y que, no obstante, sus personajes no devenían meros arquetipos. En la estética de estos personajes, había algo poderoso, pienso. A él no le interesaba el autobusero (su pensamiento o su vida), sino su ropa arrugada al caer la tarde, su ceño fruncido y su manía de tomar el café con sacarina. En estas imágenes estaba toda la fuerza de Umbral.
Cuando lo vi en TV, no me cayó simpático, con su voz espesa y su manzana verde. Tampoco me cae simpático cuando habla de sí mismo en sus libros. Pero creo que a pesar de todo siento una inquina hacia él que es injusta y que tiene que ver con esa cuestión del fan que no quiere ver a su celebridad tomando sus propias decisiones. Lo que me irrita de él es la distancia entre lo que me hubiera gustado que fuera y lo que fue con aquella cansina fórmula literaria con la que lanceaba el caos del mundo. Puedo hablar también de algunos de sus otros defectos: lo falso de aquella vida suya que él procuró vender como desenfrenada, sus comentarios con olor a ajo sobre algunas mujeres, su esnobismo, la ausencia de su esposa en su narrativa que el lector se imagina siempre inundada de sombra de una casa con jardín que, no obstante, mantiene los postigos cerrados en domingo…
Hay que ser muy bueno para que te dediquen artículos cargados de violencia y cariño como este. A Umbral se le perdona porque debajo del abrigo que llevaba en verano hay un hombre huérfano y torpe que sale a flote de vez en cuando en una prosa nihilista. Fue él, en Las ninfas o Travesía de Madrid, el escritor puerta que abrió un mundo desconocido a aquel adolescente burgués que fui, cuyo imaginario hasta el momento se componía de Percy Jackson, la nintendo, el tenis y algunos temas de Nach.
En el fondo, estoy enormemente agradecido, y si le guardo rencor es simplemente porque los padres nunca son como los creemos en la infancia. Él me torció la vida haciéndome pensar que había una realidad ahí fuera de bohemios y de conversaciones brillantes que cuando estudié letras en la universidad, descubrí que no existía. Pero también, irónicamente, escribió unos libros que me mantienen a flote una vez desvelado el engaño.

