El arte hace soportables las rígidas leyes de la Naturaleza y de la Vida -desde las leyes de la gravitación hasta las del tráfico o de tu jefe en el trabajo-, introduciendo un elemento de libertad, de indeterminación y de sorpresa, por elevación, sobre los hechos que refleja (por ejemplo, si uno está conduciendo y suena la música, hasta los edificios se ponen a bailar).

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Cuando uno oye música cree que nunca se va a morir. Debe ser por eso que a los soldados que van a la guerra y a los toreros les ponen música.

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El arte es un mensaje que nos permite prescindir de la verdad (y a veces de la realidad).

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Decir que no se puede hacer una gran obra desde la felicidad es un artilugio del subconsciente de aquellos artistas que se conciben a sí mismos malditos, como trampa para consolarse, bien de la propia desgracia o bien de la incapacidad para hacer esa gran obra.

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El arte nos transporta a otro mundo. En efecto, ¿cómo imaginar a un Apolo griego o cualquier Venus renacentista (o a cualquier héroe) saliendo de las aguas para hacer sus necesidades? ¿…Os habéis fijado que, por ello, jamás se describe una defecación en una obra de arte? (La defecación narrada en el “Ulises“ de Joyce no cuenta, porque ya la obra en sí misma, y en este sentido escatológico en que estamos, más que arte es una verdadera plasta… Donde se ponga aquella defecación de Sancho (que no era un héroe) a los pies de Rocinante y su Caballero Andante, aguantando y filosofando en gustosos coloquios en la conocida noche de los batanes…)

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El pensamiento es fundamentalmente intuición y emoción; el lenguaje es esencialmente estructura, logos. Por eso la ciencia, la filosofía y la poesía coinciden en su lucha por presentar en forma de logos –lenguaje estructurado– lo que se aprecia intuitivamente o de manera sensitiva.

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De ninguna palabra puede esperarse otra cosa que su insuficiencia (por exceso o por defecto).

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«Preocúpate del sentido, y las palabras saldrán por su cuenta» (Lewis Carroll). Por ello, aquel que sabe ex­pli­cará y escribirá claramente. Lo confuso y oscuro sólo refleja ignorancia o voluntad de ocultar. Item más: un escrito con­fuso y oscuro es, con toda probabilidad, un escrito que pre­tende engañar. La obra que haya de ser compleja por su te­ma exige, precisamente, una claridad de exposición mayor.

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La personalidad no científica ―sobre todo la imaginativa― sólo ama (incluso cree) aquellas historias cuyo testimonio tiene un fundamento en la imaginación y la fantasía. Sin embargo, para la ciencia, fantasear es manejar la realidad de un tonto.

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Lo que más me jode en esto de escribir es tener que darle, encima, una forma artística ―es decir, presentable― a lo que pienso, y el tiempo ―¿desaprovechado?― que lleva consigo… ¡Qué pereza, Dios!

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Sin embargo, a veces concibo las palabras como flechas lanzadas al aire, de las que sólo unas cuantas, quizás, van a dar en la diana. A veces las concibo como puentes entre los hombres…

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Sea de una forma u otra, a mí ya no da miedo publicar un libro: sé que nadie lo va a leer.