Horacio Otheguy Riveira.
Avezado y prolífico novelista, Guillaume Musso, publica en castellano Alguien más, un divertimento casi inverosímil, resuelto con una decidida necesidad de conquistar a quien se decida a terminarlo. Quien estas líneas suscribe confiesa que fue deslumbrado, irritado y finalmente atrapado por el arte de birlibirloque del autor, por el cual un capítulo contradice el anterior, unas voces preclaras y fascinantes resultan desvaídas ante el atropello de un nuevo ciclón de emociones.
Y emocionales son todos los atributos y penurias de los personajes, entre los cuales tres mujeres recorren la novela con alto grado de fascinación por sus contradicciones y avidez de supervivientes: la víctima del comienzo, Oriana di Pietro, de la que iremos conociendo su pasado con tintes trágicos; Justine Tayllandier, Inspectora de policía de notable eficacia con una profunda crisis sentimental, y Adèle Keller, una institutriz encantadora con muchas sorpresas, clave en el desenlace de la historia.
Partiendo del asesinato de una periodista -a la sazón millonaria heredera-, de inmediato entramos en un vertiginoso viaje por ambiciones, frustraciones varias y eficaces trampas de buen entramado novelístico, perfectamente ligadas… de tal modo que, si bien tras algunas escenas palpita la idea de abandonarlo, Alguien más se impone y nos lleva hasta un final de envolvente carisma.
1
De lo que huimos
«Todo empieza con una interrupción».
Paul Valéry
Costa Azul — Bahía de Cannes
Lo primero que te impactaba era el cielo. Mediterráneo, hipnótico. Un fondo liso de un azul intenso que daba vértigo. El aire estaba limpio, carecía de humedad. Lo atravesaba, aquí y allá, el vuelo de las gaviotas por encima del barco, un yate de cuarenta y cinco pies que se balanceaba con el chapoteo regular de las olas plateadas.
Oriana di Pietro había llegado tres horas antes en un vuelo procedente de Milán. Apenas hubo aterrizado en Niza, llamó a la capitanía del puerto deportivo Canto para pedir que aparejasen el Luna Blu. Fue directa a Cannes desde el aeropuerto sin pasar por la casa. Necesitaba calma y soledad para calibrar debidamente las consecuencias de la decisión que se disponía a tomar.
Echó el ancla entre las dos islas de Lérins más grandes, donde el mar se vuelve turquesa. Convencida de que aquella escapada la tranquilizaría y la ayudaría a ver las cosas más claras, se instaló en el Flybridge, donde ajustó el banco para convertirlo en tumbona. Desde aquella posición elevada, abarcaba todo el paisaje: el horizonte azul, el macizo de Estérel y la evocadora silueta del monasterio fortificado de San Honorato.
Pero algo no iba bien.
Aunque Oriana había intentado relajarse, en lugar de la calma esperada, la invadía una inquietud. Medio incorporada sobre los almohadones, se quitó las gafas. El mar se había oscurecido como si hubieran diluido mercurio en el azul del Mediterráneo. Se habían formado olas. En el aire eléctrico flotaba el presagio de una tragedia inminente.
Se levantó del banco y se envolvió en un pareo. Sentía una presencia. Una amenaza invisible que le hizo lamentar no haberse llevado a un patrón o a un guardaespaldas.
Intranquila, bajó al puente inferior; inspeccionó el interior de la cabina; recorrió el yate; miró por las ventanas que se extendían por toda la longitud del casco. No vio a nadie, pero eso no aplacó su angustia.
¿Quién estaba allí? ¿Adrien? ¿Los niños? ¿La pajarraca aquella de Adèle Keller?
El miedo surcó su piel con descargas gélidas. Se detuvo en la popa del barco, trató de razonar; volvió a preguntarse de quién tenía miedo de repente. Se obligó a respirar hondo para aflojar las tenazas que le mordían el estómago.
Pero se quedaba sin oxígeno. La atmósfera se había vuelto pegajosa, un aire pesado y opresivo que se incrustaba en ella y se le adhería a los huesos.
Se dio la vuelta otra vez. Sí, había alguien observándola. Alguien que se acercaba hasta rozarla.
Se inclinó hacia la pasarela que bajaba a la playa. Vio un bote neumático amarrado al yate, cerca de la plataforma hidráulica.
Esta vez no pudo sofocar un grito.
No estaba loca: había alguien a bordo.
Sintió en las sienes los latidos de su corazón. Decidió volver a subir al Flybridge, pero, con el apremio, perdió pie en la escalera de acceso y volvió a caer al puente. Cuando alzó la vista, una masa oscura ocultaba el sol. Una forma humana se erguía sobre ella vestida con un traje de buceo negro de neopreno. La silueta iba armada con una barra de mina de pequeño calibre o con un atizador. Aunque llevaba un pasamontaña, se le veía buena parte del rostro.
Al reconocer las facciones de su agresor, Oriana cayó presa del espanto y comprendió que era inútil resistirse. El primer golpe le dio en la cabeza. El segundo fue al cuello, sin dejarle tiempo para gritar. Perdió el conocimiento mientras se extendía por el puente un chorro de sangre.
En el cielo, unas gaviotas de plumaje de cristal lanzaban gritos estridentes».
Nacido en Antibes en 1974, desarrolló una pasión por la literatura desde muy joven, dedicando todo su tiempo libre a devorar libros en la biblioteca municipal donde trabajaba su madre. Fue gracias a un concurso de relatos cortos organizado por su profesor de francés que descubrió el placer de escribir. Desde entonces, no ha dejado de llenar cuadernos.
Sus estudios, su largo viaje a Estados Unidos, sus encuentros: todo ello enriqueció su imaginación y sus proyectos literarios. Licenciado en Economía, se convirtió en profesor en el este y luego en el sur de Francia. En 2001 publicó su primera novela, Skidamarink, pero fue la siguiente, Et Après… (Después), la que consolidó su conexión con el público. Esta historia de amor y suspense, con tintes sobrenaturales, le valió un éxito meteórico que nunca ha disminuido. Traducidas a 47 idiomas y adaptadas en varias ocasiones al cine y la televisión, todas sus obras han gozado de un éxito rotundo en Francia y en todo el mundo. Guillaume Musso es, además, el primer escritor francés en recibir el prestigioso Premio Raymond Chandler, que reconoce a los maestros del suspense a nivel internacional. Ha sido traducido a 47 idiomas.



