Horacio Otheguy Riveira.
Ya en el prólogo rompe las fronteras entre los impulsos creativos y el posible lanzamiento a la autodestrucción. Luego vendrá una historia encabezada por la viuda del novelista en lucha denodada por saber si vive aún y dónde y por qué no se comunica con ella…
Es posible que la trama tarde en enganchar, pero cuando lo consigue la fractura de una oscura intimidad permite un juego de suspense perfectamente elaborado.
Prólogo
Un rayo me taladra el cerebro, un golpe violento contra el cráneo me hace perder el equilibrio. Estoy a doscientos metros de altura sobre el vacío, escalando un macizo rocoso que conozco bien. Mis uñas arañan el granito, mis manos se sueltan. En este instante comprendo que todo ha terminado. Por el placer del desafío, por orgullo quizá, siempre he trepado a pulso, sin encordarme. Sabía que un día lo pagaría caro.
Primero veo el cielo. Luego, cien metros de pared desfilan en unos cuantos parpadeos. Apenas distingo la silueta que desaparece detrás de la cima que estaba a punto de alcanzar. Es una figura que me resulta conocida. Acaba de provocar mi caída al vacío, y voy a morir. Es extraño, pero un pensamiento me apacigua: voy a reunirme con mi hermana. Hace veinte años que se fue; nunca habría imaginado al levantarme esta mañana que hoy haríamos planes juntos.
Me llamo Marceau Miller y soy un novelista de éxito. Mañana, en mi página de Wikipedia, justo debajo de la línea que reza «Nacimiento», se podrá leer: «Fallecimiento: 16 de mayo de 2021 (a los 40 años)». Por ironías de la vida, he pasado años escribiendo como si cada día pudiera ser el último. Dejo atrás el manuscrito más importante de mi vida. Como si una parte de mí hubiera presentido este momento, anticipando la imprevisible cita con el destino. La parca no te envía una carta certificada para avisarte de la fecha y la hora de tu muerte. Le dejo el manuscrito a Sarah, a los otros. Ellos verán lo que pueden hacer con él. Les debía la verdad.
Mi cuerpo flota en el aire, he perdido el control. El suelo se acerca a una velocidad vertiginosa. Se me encoge el corazón pensando en mis hijos, Hermione y Benjamin, y en mi mujer, Sarah, con quien lo he construido todo.
Diviso mi camioneta a los pies de la pared rocosa y comprendo que voy a estamparme justo al lado. Ningún otro pensamiento se me viene a la cabeza. No obstante, dicen que en semejantes circunstancias ves desfilar tu vida entera. Todos hemos tenido alguna vez esta horrible pesadilla: caes al vacío, sin un asidero al que aferrarte. Te despiertas con el cuerpo empapado en sudor y el corazón desbocado, con una sensación de malestar que te persigue durante horas.
Siempre me he preguntado si nuestro cerebro se desconecta antes de la colisión mortal. Dentro de unas centésimas de segundo, sabré a qué atenerme.
Cincuenta metros.
Diez metros.
Tinieblas.
—Escucha, Sarah, conozco bien a Marceau, algunas veces quedamos.
—¿Y eso? ¿Sin mí? ¿Por qué? Nunca me ha dicho nada.
Me zafo de su agarre.
—Todos tenemos nuestros viejos demonios.
Se me hiela la sangre. La puerta del peor de mis recuerdos rechina en sus goznes. Los flashes me sobresaltan. Rechazo esas imágenes. Es un dolor similar al de la aguja de la jeringuilla que tanto temía de pequeña y a la que me resistía chillando. Ella era mi mejor amiga, fue hace veinte años. Era la hermana de Marceau. Nacida el mismo año que él, éramos uña y carne.
Miro fijamente a Reynaud durante un buen rato antes de preguntarle:
—Me estás hablando de Jade, ¿no es eso?
—Yo llevé esa investigación en la época. No sé en qué momento metimos la pata…
El suelo parece ceder bajo mis pies.
—¿Dónde está Marceau? ¡Habla, por el amor de dios!
—No lo sé, Sarah, no lo sé… Pero alguna vez me ha parecido verlo cerca de…
Guarda un momento de silencio, como para dejar que lo asimile. Pero yo no quiero perder el tiempo, quiero saber.
—Cerca del maldito lugar donde Jade desapareció en la montaña, ¡¿es eso?! ¿Qué sentido tiene remover eso ahora? ¿Tú sabes lo que duele?
Todo vuelve. No consigo digerirlo, no es fácil…
Las divagaciones y angustias varias de Sarah conforman el río que nos lleva de los antojos literarios del Marceau a las entrañas de un vago enjambre de luces y sombras que van adquiriendo forma a medida que leemos… una novela que se va escribiendo al tiempo en que pasamos las páginas, hasta un golpe de efecto certero en el epílogo.



