JOSÉ LUIS MUÑOZ

Curiosa coproducción entre Alemania, Francia, Reino Unido y México, dirigida por un ruso y fotografiada en espléndido blanco y negro por otro, siguiendo la novela homónima de Oliver Guez, sobre uno de los más espeluznantes asesinos del III Reich, el médico de Auschwitz Josef Mengele a quien el actor alemán August Diehl pone cara en tres momentos de su vida: joven, maduro y anciano, película que ha participado en el festival Atlántida que patrocina la plataforma Filmin y ya se puede ver en ella. , .

Kiril Serébrennicov (Rostov del Don, 1969), exiliado a Alemania por las presiones del gobierno de Putin, narra la peripecia de Josef Mengele tras la derrota de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, sus disfraces y diversas identidades que adopta a lo largo de una vida que transcurrió entre Argentina, Paraguay y Brasil, tras un intento frustrado de regresar a Alemania en donde se reencuentra con su padre (Burghart Klaubner), y se centra, sobre todo, en su obsesión para no ser apresado por el Mossad —la detención y ejecución de Adolf Eichman le afecta mucho— que convirtió la vida de este repulsivo asesino nazi, siempre al borde del abismo, en un infierno.

Serébrennicov ilustra bien sobre los privilegios que gozaron los nazis en Argentina durante el mandato de Perón —esa larga y prolija celebración de boda del nazi con su segunda esposa Martha (Friederike Betch) a la que asisten jerarcas del partido refugiados en Argentina que exhiben orgullosos sus esvásticas y se saludan brazo en alto sin ningún temor—, su vida en permanente tensión y pagando una fortuna en una apartada hacienda de Brasil regentada por el húngaro Geza Stammer (Tilo Werner) y su mujer Gitta (Annámaria Láng), con quien se acuesta el nazi a pesar que detesta que fume (una de las obsesiones que acompañó al médico de Auschwitz hasta la tumba y también reprocha a su hijo), y ya, en la vejez decrépita, el encuentro con Rolf (Maximilian Meyer), que tuvo de su primera mujer Irene Schömbeim (Dana Herfurth), en la paupérrima casa de Bertioga, en Brasil, en donde era el señor Pedro y murió ahogado.

Es en ese encuentro con su hijo Rolf, que hasta entonces no ha sabido quien es su padre y lo visita en Bertioga para averiguar cuál fue su papel como médico de Auschwitz, y al que este obliga a cortarse las melenas degeneradas que lleva y le prohíbe fumar, cuando Kiril Serébrennicov da paso al color y adopta el formato cuadrado de video doméstico mudo para narrarnos uno de los aberrantes experimentos del doctor Muerte en el campo de exterminio: el asesinato de un padre deforme y su hijo, tras medir sus cráneos y la hipercifosis, la disección de sus cadáveres y la disolución de su carne en un barreño de ácido para obtener sus esqueletos limpios y enviarlos a los científicos raciales de Berlín.

La huida constante de Josef Mengele para no ser atrapado por sus perseguidores hizo de la vida del nazi un infierno, pero imposible empatizar con semejante monstruo humano cuyo esqueleto examinan unos estudiantes de anatomía brasileños en la primera secuencia del film. El director ruso sabe mantener la tensión en las algo más de dos horas de una película que es como el escalpelo con que el doctor Muerte de Auschwitz abría a sus víctimas. Un relato cinematográfico escalofriante en el que brilla la interpretación de August Diehl encarnando a ese monstruo que se mantuvo altivo y desafiante siempre y no entendía la obsesión por capturarle ni se arrepintió jamás de sus acciones.