Soledad Farelo.

Bajo tierra seca, (Premio Nadal, 2024) de César Pérez Gellida es un apasionante thriller rural, o “rural noir”, como ustedes prefieran llamarlo. En el texto se desarrolla una intensa trama criminal ambientada en la Extremadura más profunda de inicios del siglo XX. Su protagonista “in absentia” es Antonia Monterroso, una mujer inteligente, fría y sin escrúpulos, más conocida como “la Viuda”, que ya ha enterrado a dos maridos.

Sabemos que el autor se inspiró en un personaje real, la Belle Gunnes, una asesina en serie de Indiana. Será este personaje de Antonia, pese a aparecer solo en los momentos de “vuelta atrás”, quien domine la novela y la sobrevuele desde su enfermiza obsesión por el dinero. A cargo de la investigación nos encontramos con el teniente Gallardo, en mi opinión, uno de los grandes hallazgos de la obra.

Gallardo es un personaje plagado de matices, curtido y hecho a todo tras un duro pasado por la guerra de Filipinas. Pero no es solo un soldado, también se nos muestra como un personaje humano y sensible, con un férreo código del honor ético que, ni siquiera sus adicciones, consiguen debilitar. Cuando el teniente comience a rascar en la historia de Padilla, abrirá muchos frentes y desatará una oleada de violencia.

El resto de personajes: el capataz del cortijo y ex amante de Antonio, Jacinto Padilla; la encantadora Rosario, que saca la cara más amable del teniente; el cacique Acevedo, buen ejemplo de los que se creen por encima del bien o del mal; o el sargento Pacheco están bien perfilados, a menudo por referencias. Se trata de una novela donde la acción es constante. Mediante sus continuos flashbacks conocemos el pasado de Antonia y podemos entender cómo ha llegado a ser así. Con este fin, el autor alterna los dos planos temporales, el del presente, con la investigación llevada a cabo por Gallardo, y el del pasado, que nos acerca a las circunstancias de la Viuda.

Los temas que subyacen en el texto, como si se tratara de un Pascual Duarte contemporáneo, son la miseria, presente en los jornaleros que arrastran su hambre por los cortijos; el caciquismo del latifundio, que establece grietas entre señores y siervos y la hostilidad de la tierra, con esa dureza y sequía que embrutece a los personajes.

De hecho, la ambientación, como sucede en los buenos westerns, llega a tener tanto peso como un personaje más y el calor, la sequedad y la crudeza señorean esta tierra sin ley. El autor se acerca a la naturaleza del mal al explorar el personaje de Antonia. El más puro Gellida subyace aquí, pero va más lejos. Hay en esta novela una madurez que echaba de menos en obras anteriores.

Con sensibilidad extrema, se permite diseccionar momentos y detalles para acercarse a esos protagonistas variopintos que se mueven en mundos bien diferenciados con un representante de la justicia que ignora sus privilegios y decide enfrentarse al mal. De esta obra me gustan sus diálogos, acertados y realistas. Pero el resto de los elementos: su ritmo, la creación de la atmósfera, la manera de dosificarnos la información o la elaboración de sus personajes están a la altura. Sin duda, se trata de una gran creación, concebida como la primera parte de la bilogía que tiene a la Viuda como eje.

Su continuación, Nada bueno germina, se presenta, desde el título, como un cierre a la anterior. De hecho, se inicia justo donde termina la primera parte. No voy a adelantar mucho más para no destripar su lectura, pero en este caso, la ficción deja atrás su factura de rural noir para convertirse en una novela de atracos y en una desesperada búsqueda de la libertad. También las localizaciones variarán. El autor olvida los áridos paisajes extremeños y se vuelve urbanita para recorrer ciudades como Jaén, Córdoba, Madrid o Valladolid.

Aunque la trama parte de un supuesto sencillo, el atraco a una joyería, todo se complicará. Y la violencia, presente ya en la anterior novela, se desata aquí y se convierte en el ecosistema que envuelve el relato. La protagonista de ambas, Antonia Monterroso, se muestra aquí más fría y cruel si cabe, a veces se me hace algo tópica y desprovista de humanidad. Por suerte su partenaire, ignora sus mandatos y respeta algunos códigos morales como la lealtad y el compañerismo.

En todo caso, esta es una novela sombría. El ritmo de Gellida, siempre abundante en giros y sorpresas, se convierte aquí en frenético, con capítulos cortos y descarnados en una narrativa muy visual, casi cinematográfica. Una vez más el personaje más carismático vuelve a ser el teniente Gallardo que en este caso perderá parte de su objetividad profesional para convertir su caza en algo personal. Las luchas internas que se muestran en él, así como su tierna relación con Rosario y su hijo, serán esenciales en el desarrollo y en la resolución del conflicto.

A título personal, solo podría reprocharle la eliminación de cierto personaje que podría haber llenado páginas y más páginas con su tierna complejidad. Pero el autor lo justifica de manera coherente en su nota final. En cualquier caso, se trata de un texto entretenido y recomendable que afianza al autor como una de las voces más potentes del género.