JOSÉ LUIS MUÑOZ

Casi me atrevería a decir que esta versión que data del 2011, dirigida por la británica Andrea Arnold (Dartford, 1961), y dejando aparte la versión académica de William Wyller con Laurence Olivier y Merle Oberon, es la mejor de las quince adaptaciones cinematográficas que se han hecho de la aclamada novela de Emily Brönte o, al menos, la más original y rompedora de todas ellas.

La directora, que ha obtenido tres veces el Premio del Jurado del festival de Cannes con Red Road, Fish Thank y American Honey, se aleja del pretendido glamour de esa historia romántica y trágica y la lleva al barro, la miseria, la suciedad y la violencia. El indigente Heathcliff (Salomon Glave de niño / James Howson de adulto) no es un gitano sino un mulato recogido de las calles por el pobre terrateniente campesino Earnshaw (Paul Hilton) y llevado a su misera vivienda en los páramos de Yorkshire en donde deberá enfrentarse al rechazo del primogénito de la familia, Hindley (Lee Shaw), que lo trata como si fuera un esclavo, latigazos incluidos, y a la comprensión y amistad de su hermana Catherine (Shannon Beer / Kaya Scodelario), que acaba en historia de amor hasta que la pobre campesina se casa con el petimetre Edgar Linton (James Northcote) en su ausencia y asciende socialmente.

La directora británica opta por la pantalla cuadrada, opción discutible por cuanto la naturaleza desolada del páramo es un personaje más (esas ramas que golpean constantemente la ventana del cuartucho de Heathcliff joven y adulto), pero que Andrea Arnold adopta en aras del planteamiento minimalista frente a la tentación esteticista y bucólica (John Schlesinger en la magnífica Lejos del mundanal ruido, por ejemplo) en un film absolutamente telúrico en donde el barro, la lluvia y el viento son elementos naturales a los que se enfrentan los personajes. Andrea Arnold casi podemos decir que se rinde al dogma de Lars von Trier filmando la mayor parte de las secuencias cámara en mano, lo que provoca distorsiones de imagen y movimientos bruscos en los planos, utiliza una textura fotográfica de video sucia, hace nulas concesiones a la vida rural que retrata con toda su dureza (la casa del protector, el señor Earnshaw, es una pocilga en la que ni las puertas ajustan) sin más banda musical que ese viento y lluvia incesantes.

Película de miradas, gestos y roces (en vida, los protagonistas de esta historia romántica no consiguen darse un solo beso en los labios, su amor es platónico y por ello más puro, perfecto y romántico porque nunca se consuma), más conseguida en esa primera parte, con esa Catherina caprichosa y el desgraciado Heathcliff adolescente que juguetean en el páramo y se tumban en ese peñasco para dejar perder la vista en el horizonte, o se revuelcan en un barrizal bajo la lluvia (Andrea Arnol inserta, constantemente, planos de naturaleza para romper las secuencias de forma deliberada), que en la segunda parte cuando la melancólica Catherine, interpretada por una exquisita Kaya Scodelario, intenta jugar contra el destino y recuperar a su amor de infancia, el Heathcliff adulto y medianamente acomodado que coquetea con Isabella Linton (Nichola Burley) para atormentarla y castigarla por no haberle esperado. Catherine y Heathcliff ya adultos, vuelven a ese peñasco de su infancia desde el que dominaban el páramo, pero ya no son los mismos.

Andrea Arnol capta el eje romántico y trágico de la historia de Emily Brönte, hasta su aspecto necrófilo —cuando Heathcliff, desesperado, se frustra al no poder desenterrar a su amante— pero la dota de un realismo sucio que está ausente en anteriores versiones y eso la hace muy especial y sobresaliente a pesar de que las interpretaciones no estén a la altura de la sorprendente y original realización. Como curiosidad decir que Natalie Portman y Michael Fassbender fueron algunas de las primeras opciones para interpretar este drama, pero cayeron en favor de caras menos conocidas.