JOSÉ LUIS MUÑOZ
Cuestión espinosa la que plantea la directora francesa Anissa Bonnefont (París, 1984), una documentalista que se pasa aquí a la ficción, que pone en imágenes la novela homónima de la escritora Emma Becker que trabajó durante dos años en una serie de burdeles para escribir de primera mano un libro sobre la prostitución que recogiera sus experiencias personales. Podría pensarse que a la autora de ese libro le faltaba imaginación, o que más bien, lo que le movía era el morbo a experimentar en su propio cuerpo qué era eso de entregarlo a cambio de dinero a desconocidos.
Anissa Bonnefont sigue las andanzas de la joven Emma Becker, interpretada por Ana Girardot, en una serie de prostíbulos alemanes para acabar en el exclusivo La Maison, y allí conoce una serie de clientes con los que intercambia impresiones además de ofrecerles sus servicios sexuales. La película, que se centra también en el día a día de un prostíbulo de esas características, resulta costumbrista. Bonnefont se centra en la relación entre compañeras que se dedican libremente, y ahí conviene hacer ese subrayado, a esa profesión y que nada tiene que ver con la prostitución forzada. Si cada uno es libre de vender su fuerza, su cerebro o sus habilidades manuales por un sueldo en una empresa, ¿por qué no habrían de ser las mujeres y hombres, que haberlos haylos, de vender sus cuerpos a cambio de dinero? parece plantearse la autora del libro y la realizadora.
El punto de vista de la directora es muy diferente a la de Françoise Ozon en Joven y bonita que hablaba de la atracción morbosa de una casi adolescente que quiere probar, casi por rebeldía y enfrentamiento familiar, la prostitución por su cuenta y queda con los clientes en hoteles excitada por el hecho de ser deseada.
No hay erotismo en esas entregas mercantiles sino mecanicismo. No disfruta en exceso la protagonista con sus clientes, aunque tampoco le desagrada ejercer su profesión salvo cuando tropieza con un sádico violento que la maltrata. Podría verse el film, y el libro en que se inspira, como una reivindicación por parte de la mujer de hacer con su cuerpo lo que quiera, y ahí está la parte más interesante del film, en esa voluntad de dejar de estigmatizar la prostitución libremente aceptada —no la forzada, insisto—, y considerarla como una especie de servicio social, algo que la mayor parte del movimiento feminista repudia frontalmente sin preguntar a las afectadas.
Film valiente, discretamente realizado, realista, con algún segmento cómico —el cliente francés maduro que acude al prostíbulo para recibir clases que luego pueda aplicar a su novia— y una mirada tierna hacia sus personajes femeninos entre los que descubrimos a una Rosy de Palma, nuestra belleza cubista, haciendo tortilla de patatas a sus compañeras de tareas sexuales.

