Gregorio Dávila de Tena.

Comienzo con una cita de Raymond Carver, un poeta del gusto de la autora: «En realidad es la ternura la que me interesa. Ése es el don que me conmueve, que me sostiene, esta mañana, igual que todas las mañanas».

La trayectoria literaria de Ana Isabel Alvea está marcada principalmente por la poesía, siendo este libro su primera incursión en la narrativa. Creo que la autora lo ha publicado con cierto temor y temblor por la incertidumbre del resultado final. Pero también con mucho entusiasmo y amor a la palabra, herramienta que puede servir para visibilizar realidades muchas veces desconocidas. El resultado es un libro entrañable con historias bien contadas salpicadas de afecto, humor y sensibilidad.

El argumento se centra fundamentalmente en la relación entre la tita Adri y su sobrino Mateo, niño diagnosticado con trastorno del espectro autista. Se trata de una serie de relatos sobre la evolución de esta relación y el desarrollo de Mateo en un mundo lleno de vicisitudes. Los personajes corresponden a personas reales bien concretas y, como dice la autora en la nota previa, intentan construir una especie de silo de experiencias y vivencias, mostrar «unas pocas palabras verdaderas», como decía Machado, y ayudar a entender mejor el espectro autista colocando un granito de arena para la integración. Y que quizás algún día su sobrino pudiera leerlo con aprecio y comprensión.

Ana Isabel Alvea empezó a escribir estas historias cuando Mateo tenía unos cinco o seis años, con lo que abarcan un período de unos diez años. Todo este tiempo se vuelca en ochenta y cuatro relatos de muy diverso contenido donde se intenta dejar constancia de lo vivido y proteger la frágil memoria. Cada relato termina con la cita de un escritor o poeta del gusto de la autora. Un buen detalle que revela el sentir de la historia y hace una especie de síntesis.

Creo que el libro transmite mucha ternura y delicadeza. Como dice la premio Nobel Olga Tokarczuk: «La ternura es la forma más modesta de amor». Y mucho cariño y comprensión a esta persona que vive los altibajos de una sociedad a menudo hostil, un mundo ajeno a este tipo de dificultades.

El libro es un canto al terreno fascinante y añorado de la infancia donde la autora se sumerge con emoción y mirada inocente para descubrir una realidad siempre nueva, donde el juego y la aventura son los principales protagonistas. La infancia, «edad de oro de los niños», en voz de Juan Ramón Jiménez, es para los niños con autismo, muchas veces, una edad de piedra, de lanzarles piedras de rechazo o atárselas al cuello para hundirlos.

Los valores del sobrino Mateo representan la inocencia, la tozudez, la pureza, el juego, la curiosidad, la novedad, la perseverancia, el humor, etc. La tita Adri simboliza la complicidad, la comprensión, el riesgo, la aventura, el atreverse, el cariño, la sensatez, la amistad, la generosidad, la gratitud, etc. Este conjunto de valores ya de por sí le dan un hermoso significado a la obra. El título del libro muestra una gran humildad, porque no es cierto que hayan sido solo sus “tardes con Mateo” sino también muchas noches y fines de semana que ha regalado a los padres del niño para su necesario descanso.

En cuanto a los aspectos formales, las historias discurren con un lenguaje fresco y coloquial, con mucha naturalidad. Hay variedad en los relatos y con frecuencia se escapan unas pinceladas líricas que evidencian la mirada poética de Ana y que armonizan bien con el contenido de la narración.

Al escribir esta nota de lectura me viene el recuerdo del libro de nuestro amigo común Isaac Páez: Los versos de Lázaro, que en forma de poema hace un manifiesto en defensa de su hijo Lázaro, también con trastorno del espectro autista. Cada caso y cada niño es un mundo. Pero ambas obras revelan aspectos comunes en cuanto al olvido de la administración, el rechazo de la sociedad, la incomprensión y la falta de medios. Aun así es de agradecer el testimonio de Ana e Isaac sobre esta realidad tan dura y resaltar los valores que nos transmite.

El libro se cierra con unas palabras de la madre de Mateo que vienen a dar contexto a la personalidad del niño, explicando su evolución desde el nacimiento, los primeros síntomas, el diagnóstico, sus demandas, las asociaciones de ayuda, etc. y reiteran la situación de marginación que viven los niños con esta problemática.

No queda más que felicitar a Ana Isabel Alvea por este libro: por el esfuerzo de irlo trabajando durante diez años y la valentía de publicarlo, por la autenticidad de sus historias y la complicidad de su compromiso. Su generosidad constante nos invita a la lectura del mismo como forma de tomar conciencia y alcanzar una mayor empatía, comprensión y tolerancia.