JOSÉ LUIS MUÑOZ
Película de carretera colombiana la que nos ofrece Laura Mora Ortega (Medellín, 1981), en su tercer largometraje tras Antes del fuego y Matar a Jesús, realizadora de numerosas series, entre ellas Pablo Escobar: el patrón del mal y Cien años de soledad, con una escritura cinematográfica exquisita que bascula entre un realismo sucio y la pura poesía cuando la narración abandona la ciudad de Medellín, en donde se inicia de forma brutal —dos niños de la calle pelean a machetazos en medio del caos urbanístico y la suciedad más caótica—, y se traslada a la selva.
Laura Mora Ortega sigue las andanzas de cinco chavales sin familia ni techo, Rá, Culebro, Siri, Nano y Winnie, que sueñan con una vida mejor cuando el primero de ellos recibe la notificación oficial de que ha heredado la casa que los paramilitares confiscaron a su abuela difunta, y en la persecución de ese sueño vital, el de tener una casa y un terreno, los cinco recorren el país a bordo de camiones, en bicicleta o andando, arrostrando los múltiples peligros que les acechan en su camino de maduración.
Laura Mora Ortega otorga carta de dignidad a esos cinco chavales, que magníficamente se interpretan, que no tienen absolutamente nada, que agradecen el cariño de unas prostitutas desahuciadas en medio de ninguna parte que les dan de comer y les ofrecen techo, o el de un viejo anacoreta pobre que comparte con ellos lo poco que tiene, y sueñan con una vida mejor que la del infierno urbano en el que han vivido casi desde su nacimiento.
Película social que denuncia la violencia sistémica en los ambientes rurales, la burocracia desalmada que se cena con los pobres —cuando los chicos casi llegan a su destino y la funcionaria de turno les dice que faltan una serie de trámites para ejercer la propiedad de la finca de la abuela fallecida— y el enfrentamiento entre desclasados que hacen el juego sucio a los poderosos y se ceban con el más débil.
Y todo esto exquisitamente fotografiado y extraordinariamente bien filmado por la cámara inquieta de David Gallego—el descenso vertiginoso de los ciclistas, que van atados al camión, a tumba abierta cuando la carretera tiene pendiente; el bloqueo de la carretera cuando prenden en llamas la barricada que construyen; la borrachera y baile en ese antro de carretera del que son desalojados a patadas por los adultos; la nada absoluta de esa última vivienda, recorrida cámara en mano, cuyos moradores les indican donde se haya la finca anhelada—, lo que motivó que la película, una coproducción de Colombia, Francia, México, Luxemburgo y Noruega ganara, con todo merecimiento, la Concha de Oro del festival de San Sebastián en 2022.

