Años luz
Jacobo García
Anagrama
Barcelona, 2026
226 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca / @rimllorca
La pregunta es si todos los átomos de tu cuerpo te pertenecen o pertenecen a todo el mundo. Algo semejante a esa cuestión se encuentra en la poesía de Walt Whitman. Pero esa duda no se resuelve únicamente con poesía, porque la sensibilidad no es exclusiva de los poetas. La afirmación de que el nacionalismo se cura viajando intenta defender la idea de que la sensibilidad está al alcance de todos. Basta con embarcarse en un vagón de metro para que el viaje te llegue, aunque lo ideal, cualquiera lo sabe, es poder perderse en la selva de Borneo con un espíritu aventurero semejante al de los que se encontraban a Tarzán en las viejas películas. En realidad, la sensibilidad ya está presente en una serie de personas, en mayor o menor grado, que son las mismas que no necesitan salir de su habitación para curarse del nacionalismo, pero que prefieren viajar, sí, para saberse curados. La gente no viaja, la gente hace turismo. Aunque aún nos quedan testimonios de algunos que llegaron hasta los lugares con intenciones distintas a las del turista, como son los cronistas inquietos. Poder leerlos es sentirse privilegiado, curado del nacionalismo y otra forma de compartir viaje. Entre estos cronistas está Jacobo García (Monforte de Lemos, 1976), que trabajó para varios medios en distintas partes del planeta, pero demuestra en esta obra, Años luz, toda su pasión por la región del mundo que queda entre el sur de Río Grande y el norte del estrecho de Panamá, con alguna incursión a Colombia o Venezuela.
Lo mejor de la obra es ese espíritu con el que la afronta, esa manera de intentar completar conocimiento: no es fácil saberlo todo, por lo cual yo, que estuve allí, ofrezco parte de lo que sé, pues tampoco alcanzo a todo. A partir de esa humildad, se enfrenta a la memoria de veinte años de convivencia en México y Centroamérica. Y decimos convivencia y no estancia, porque la impresión que nos llega es la de un observador que confía en que observar sea una forma de participar de la vida. La suerte para el lector es conseguir que la vida que nos llega a nosotros, gracias a estos cronistas, es la que nos atrevemos a conocer de ninguna otra manera. García se enfrenta a lugares en catástrofe humana, penal o natural, para extraer las crónicas que ha publicado como freelance o corresponsal para distintos medios. De esas crónicas apenas se extraen media docena de párrafos, que aquí aparecen, porque de lo que se trata es de hablar cómo llegó hasta ellas, cómo se gestaron, qué recorrido supone para un cronista este trabajo. El resultado compone un recorrido autobiográfico en el que cabe un poco de esperanza: no todo el mundo es malo, no todas las consecuencias son letales, pero lo que no cabe es cruzarse de brazos, ser insensible.
Uno tiende a pensar que para afrontar experiencias como las del terremoto de Haití o la visita a mareros en cárceles hay que tener una coraza sobre el corazón. Nada más lejos. En realidad, la sensibilidad será la armadura, que saldrá a relucir, por ejemplo, cuando en lugar de afrontar casos como los asesinatos y desapariciones en el norte de México entrevista a personajes como Shakira. Al mismo tiempo, recorreremos un buen trecho de la historia social y política de la región, que vuelve a ser un océano sin fondo. Esta obra se alzó con el Premio Anagrama de Crónica / Fundación Giangiacomo Feltrinelli, un título sin duda merecidísimo. Dentro del panorama de las letras y la crónica periodística, destaca por su sencillez, su claridad y, repetimos con miedo a ofender al autor, la humildad bien entendida. Es una obra a la que uno le desea el mejor de los éxitos.

