Horacio Otheguy Riveira.
Un fresco de emociones que se contraen y abren a una superficie errática. Una suerte de poético lenguaje con alta dosis de intriga.
«Murieron las formas despavoridas de la noche
y no hubo más un afuera ni un adentro». Alejandra Pizarnik
Isabel del Río crea Lo que no veo en el bosque: un vertiginoso recorrido por angustias femeninas que nos sumergen en un ámbito donde la persecución, la huida, la muerte y sus fantasmas conciben un refugio singular de una sociedad distópica autoritaria.
Eloise deja atrás la ciudad en que vive con otra mujer, tras varios fracasos profesionales. Regresa al pueblo de montaña donde vivió su infancia. Un refugio entre inhóspita naturaleza. Pero el viaje no es lo que espera. La casa donde pervive la memoria del pasado es un edificio en completo desuso, visitado a menudo por el fantasma del abuelo.
El pueblo donde pasaba los veranos está demasiado cerca del umbral de lo salvaje como para ser seguro. Y la seguridad que busca no será lo que encuentre tras la desaparición de una niña. Y entre sombras, el presunto acoso de una bestia, una criatura que ya la atacó en el pasado. Thriller, terror físico y psicológico muy bien narrado para lectores que aprecien la complicidad…
Carretera de montaña, noche
del 30 de octubre del 2022
Frente a mí solo existen las líneas blancas y la lluvia en un océano de oscuridad. La noche cerrada cae a plomo sobre la carretera, sin luna y con una atmósfera densa de nubes de tormenta. No existe nada más allá de lo que alumbran las antiniebla del coche.
La lluvia repiquetea sobre el chasis, acallando cualquier otro sonido. Podría poner la radio, pero hace tiempo que me agotan los típicos temazos de temporada o los hilos musicales, siempre las mismas canciones.
El coche no es mío, como tampoco el móvil, ambos son cacharros antiguos que se pueden alquilar para hacer turismo más allá de la ciudad, fuera de la esfera estacionaria. Somos pocos los que nos aventuramos a viajar en solitario; sin embargo, todavía existen empresas que prestan estos servicios y, por las pintas que tenía el local, no me extrañaría que sus clientes habituales buscasen facilidades a la hora de hacer ciertos trapicheos fuera de los controles de ciudadanía.
Pese al escaso tráfico, las carreteras se mantienen en perfecto estado para los tráileres de suministros y los convoyes turísticos. Lo intentaron por aire, pero resultó más caro en demasiados sentidos. Se perdieron tantas personas allí arriba… Y las reservas apenas llegaban a la ciudad. No, es mucho mejor por tierra, donde puedes controlar qué llega y por qué dirección.
Las largas atraviesan la niebla y el agua, forman un camino de líneas blancas entrecortadas en un mar vibrante, aceitoso y negro. Aunque no pueda verlos, sé que a los lados hay bosque y roca, la ladera de una montaña y viejos robles, recobrados tras la transición. Viejos porque son recuperados de cepas antiguas, no por su edad… Es curioso pensar que este bosque no tiene ni diez años, ahora la naturaleza está desbocada y la vegetación crece a un ritmo alarmante. El cambio ha salvado el planeta y para ello nos ha arrinconado a nosotros, eliminándonos en masa.
Llego a la zona de curvas, que se suceden una a otra, ascendiendo hacia mi destino. La bruma allí es más densa, o tal vez sean las propias nubes. La tormenta arrecia y el pequeño círculo de luz se limita todavía más. Las tripas se me retuercen por la tensión.
Recuerdo sus palabras, sus acusaciones. Que la dejaba sola, que qué mierdas iba a hacer yo ahí, en esa casa vieja y abandonada, que para qué me iba ahora. Y lo mismo me pregunto yo, si este viaje al pasado va a servir de algo o solo es otra manera de alargar lo inevitable, de no enfrentarme
a la realidad de que mi vida no me satisface; que ella sigue siendo la misma, mientras que yo he cambiado. A veces pienso que no somos nosotras, que es el puto mundo, esa autoridad pasivo-agresiva de la gente que te dice qué has de hacer, cómo has de ser y, al final, incluso el más rebelde acaba por someterse, de una manera u otra. Piso, trabajo que pague las facturas, deuda vitalicia que saldar por respirar y una imagen que te posicione mínimo en un siete por que más abajo ya no existes, ya no tienes puesto ni dónde vivir. Seamos sinceras, si no te ven bien, no creen en ti y sin confianza no es posible nada, ¿no? Así que todos mentimos y, sabiendo eso, firmamos un contrato no escrito.
El golpe me pilla desprevenida. Las ruedas derrapan en la lluvia y trato de controlar el viraje para no caer montaña abajo, hacerme papilla contra las rocas.
La lluvia se convierte en líneas albas que cruzan el horizonte. Rechino los dientes y piso el freno con fuerza. La luz incide en la oscuridad, noche, bosque, noche, roca, noche… No estoy muy segura de cuánto avanzo intentando controlar el coche cuando por fin logro detenerlo, a ras del precipicio que se abre a mi derecha.
Me masajeo el cuello y el hombro; el tirón me ha dejado dolorida. Desengancho el cinturón de seguridad y abro la puerta. La lluvia cae en manto incesante y solo con asomarme acabo empapada hasta los huesos.
Escudriño la oscuridad hacia el lugar de donde vengo, pero no veo nada. Vuelvo a asomarme al interior, con las rodillas sobre el asiento, y busco en la guantera la luz de emergencia. Y ahí está, con la función de foco solar incluida.
Con la lluvia golpeándome, despiadada, doy unos pasos que me alejan del coche. Alumbro la carretera. El haz es potente y su resplandor crea un abanico que ignora las inclemencias del tiempo. Así que el problema no es la oscuridad, sino que no sé cuánto he avanzado hasta poder detenerme…
Isabel del Río nació en Barcelona en 1983 y trabaja en el mundo del libro desde 2009. Se dedica a recomendar lecturas y transmitir el virus de lo fantástico como librera, agitadora cultural y colaboradora en revistas como Librújula. Es autora de novela, relato y poesía. Sus últimas publicaciones son «Madre» (2023), novela de horror cósmico y ciencia ficción ganadora de los X Premios Imperdible y finalista de los Ictineu; «Rojo sobre negro» (2018) y su secuela, «La ausencia de todos los colores» (2023).


