
El Arte no es un sustitutivo o una extensión del espíritu religioso, como quiso Nietzsche. El Arte es un sustituto del culto… Lo que pasa es que, como ocurre con éste, el propio culto puede convertirse en religión.
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La belleza del Arte puede superar a la belleza de la Naturaleza, incluso en sus bosques intrincados y sus profundidades abisales. Y es que el arte no sólo reproduce lo que se mira pero no se ve, sino que además lo crea: crea ex nihilo. Oíd, si no, la Creación de Haydn, por ejemplo (precisamente sobre la Creación, en este caso de Dios).
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Sin embargo, con la Inteligencia Económica y ahora con la Inteligencia Artificial (IA), el Arte ha ingresado en la cultura (y además con la calificación de notable alto) como una rama de los Estudios de la Publicidad y de las Ciencias del Mercado.
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En principio, podría pensarse que sería posible una literatura vacía que no dijera nada especial sobre el mundo, pero que de algún modo despertara sentimientos o emociones, incluso estéticas. Así se justificaría como arte. Pero ocurre que la literatura emplea palabras (que expresan conceptos), es decir ideas sobre el mundo, con lo cual jamás puede ser vacía y ha de convertirse en conceptual (y por eso, para más inri de los literatos, en estructura).
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Y es que el lenguaje no es insensible a las cosas. No se puede escribir en el lenguaje por el lenguaje, como no se pueden tirar fuegos artificiales en una guerra (podrán ser vistosos, pero para ello hay que perder primero el contacto con el mundo, con la guerra del mundo y de las cosas). En el fondo constituiría una indiferencia a las palabras. Pero una indiferencia a las palabras supone una indiferencia a las cosas; por eso, porque no se es indiferente a las cosas, no se puede ser indiferente a las palabras: no se pueden amar (u odiar) las palabras sin amar las cosas (u odiarlas).
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Ser filósofo es ponerle palabras a las ideas. Ser escritor es ponerle palabras a las vivencias y la imaginación.
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Bien es verdad que los escritos pueden quedar preñados de erudición, y morir por superfetación…
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A pesar de todo, el Arte no inspira ninguna visión intelectual o lógica de la realidad. Ni siquiera nos ofrece un sentido del mundo o de la vida. Pero nos coloca en “situación”.
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El verdadero libro, el libro de “éxito” perenne, sería aquel que posibilitara al hombre reconocer y revolcarse en sus miserias (por ejemplo, alguno de Nietzsche) y, secundariamente, en sus noblezas (por ejemplo Cervantes y su Quijote).
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Con todo ello, algunas veces pienso en la insolencia de escribir… Tratar de redimir con palabras las ideas o la vida de algunos sin que se nos haya pedido, tratar de condenar a otros sin que hayamos sido perjudicados por ellos… O bien, como dijo J. Chardonne: “dar esperanza sin motivo, desanimar sin razón”.
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Y esto puede estar en vuelto en arrepentimientos… ¿Por qué lo escrito sobre alguien puede rectificarse, corregirse y olvidarse pero las palabras no? Porque el receptor sabe que las palabras que se escriben se van fuera del individuo que escribe –ya no son suyas, son del papel-, pero que las palabras que se dicen no se van fuera del individuo que las emite, siguen en su corazón: son el individuo. Por ello no se pueden rectificar, por ello no se pueden olvidar… Excepto las palabras que no digan nada, obviamente.


