Alejandro Castaño.
Un hombre sube a un tren, palpa su bolsillo para comprobar que lleva la pluma y decide, para matar/distraer las horas del viaje, catalogar a sus vecinos. Ese es el arranque de «Vecinos», el relato que abre este volumen, y ya ahí queda declarado el método del libro: la observación como forma de supervivencia emocional. El narrador enumera a sus vecinos —la pianista de pasión reprimida, el hombre magro de bigote nietzscheano, la madre exuberante, el vecino ruidoso, las monjas de clausura, el hombre-pantalla absorto en su ordenador— y en cada retrato hay algo de fisiognomía decimonónica, ese viejo placer balzaquiano de creer que el cuerpo delata el alma. Pero el gesto final del relato lo desmonta todo con una elegancia inesperada: la última vecina resulta ser, ya en la vida real y no en el papel, la mujer con la que el narrador va a casarse. La observación, que parecía ejercicio literario de un solitario, era en realidad la crónica de un cortejo. No es casual que sea el primero de los giros que pueblan estas páginas: el escritor anuncia que confía en la estructura y no en la anécdota.

El texto está escrito con una prosa densamente adjetivada, de sintaxis larga, con abundantes incisos entre paréntesis que a veces funcionan como una segunda voz —más íntima, más quebrada—. Por ejemplo, en el retrato del vecino silencioso iluminado por su flexo («el diálogo frío entre sus ojos, su inteligencia, y la pantalla»), esa acumulación produce una especie de hipnosis, un ritmo casi de letanía que reproduce la obsesión del propio narrador.
El relato que mejor ejemplifica las ambiciones del libro es, para mí, «El barro». Un escultor —nunca se dice su nombre, lo cual ya es una decisión; cuesta no pensar en aquella tradición cabalística que imagina la letra como materia previa a la creación, en el barro del gólem animado por un nombre que nadie pronuncia del todo— moldea día tras día una figura de arcilla con una devoción que empieza siendo estética y termina siendo erótica, casi necrofílica en su intensidad. La lentitud del relato, pienso ahora que lo escribo, es también la lentitud del deseo que no se atreve a nombrarse.
«Un toque de distinción» adopta la máscara del relato policial, género que nunca ha sido enteramente ajeno a la metafísica: todo enigma resuelto presupone un orden previo, una gramática oculta del acontecer que el detective se limita a interpretar, como quien descifra un manuscrito en una lengua que solo él conoce. En «La exposición» hay una escena que merece leerse dos veces, porque la segunda lectura revela una simetría que la primera oculta. «El Descubrimiento» introduce una nota distinta (de humor), casi irreverente dentro de este conjunto de meditaciones veladas. «La circunstancia» sostiene, durante buena parte de sus páginas, una ambigüedad genuina entre el suicidio y el crimen, ambigüedad que funciona precisamente porque no se resuelve. En «La casa verde» la compra de una vivienda frente al mar por parte de un matrimonio derivará en el descubrimiento de un manuscrito y de los rastros de una vida extinguida: la geografía de la casa —la hiedra, la piedra, el silencio de los pinos— altera la percepción de los visitantes y dialoga con la idea del deseo y la finitud. A partir de este relato percibo que la soledad y la muerte son los verdaderos temas del libro, más que ningún argumento concreto. Casi todas las historias ocurren en habitaciones cerradas, en trenes, en salas de espera; casi todos los narradores están solos y hablan como si tuvieran que justificar ante alguien —el lector, ellos mismos— por qué están solos. «¿Has dicho amor?» lo plantea cuando dice que el amor no debería entenderse como lo contrario de la soledad sino como su culminación: «no al revés (amor sin soledad)… sino amor y soledad».
Queda la imagen que da nombre al conjunto: una luz que atraviesa un cristal sin fijarse jamás en él, distinta cada vez que lo cruza, mientras el cristal permanece indiferente a las formas que dice sostener. No sé si el autor pensó, al elegir ese título, en la vieja paradoja de si es la superficie la que revela la luz o la luz la que inventa, cada vez, una superficie distinta. Sospecho que no hace falta que lo haya pensado: los libros, como los cristales, dicen a veces más de lo que sus autores se proponían decir, y ese exceso —esa luz que se derrama más allá del marco que el propio libro le había fijado— es quizá la única prueba fiable de que el escritor ha tocado, por un instante, el infinito.

