Pilar M. Manzanares.
Gobernó un imperio en el que nunca se ponía el sol, pero eso no significa que su vida estuviera siempre iluminada. Felipe II pasó a la historia como un soberano austero, distante, obsesionado con el poder y encerrado entre los muros de El Escorial. Sin embargo, detrás de aquella imagen severa había un hombre capaz de enamorarse, disfrutar de una fiesta, bailar, apasionarse por los jardines y sufrir, como cualquiera, los golpes del destino.

A las puertas del quinto centenario de su nacimiento, que se celebrará en 2027, el prestigioso historiador británico Henry Kamen nos invita a entrar en las habitaciones privadas de uno de los reyes más poderosos y controvertidos de España. Y lo hace con una propuesta tan atractiva como reveladora: dejar por un momento la corona sobre la mesa para descubrir quién era realmente quien la llevaba.
En Felipe II. Vida íntima de un rey de España, publicado por Espasa, las grandes protagonistas son las mujeres que marcaron su existencia. Sus cuatro esposas —María Manuela de Portugal, María Tudor, Isabel de Valois y Ana de Austria—, sus amantes, hermanas e hijas componen un apasionante mosaico de relaciones donde los matrimonios de Estado convivían con los sentimientos, los celos, las ilusiones y las pérdidas irreparables. Porque incluso cuando el amor obedecía a razones diplomáticas, el corazón podía tener sus propios planes.
Pero Kamen no convierte al rey en un personaje de novela romántica ni olvida las sombras de su reinado. Flandes, Lepanto, la Inquisición, Portugal o el desastre de la Armada Invencible siguen presentes en un relato que entrelaza magistralmente los asuntos de alcoba con los de Estado. Las cartas y los documentos permiten asomarse a una personalidad mucho más compleja de lo que sugieren los retratos oficiales.
El resultado es una biografía amena, rigurosa y sorprendentemente cercana, que demuestra que la historia también se escribe entre confidencias, afectos y desengaños. Una lectura especialmente oportuna para redescubrir a Felipe II sin prejuicios ni solemnidades innecesarias. Porque, después de cinco siglos, quizá lo más fascinante de aquel rey que parecía tenerlo todo sea descubrir cuánto tuvo que perder.

