Boris Vian. El tormento vestido de frenesí

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Por Antonio J. Ubero.

Vercoquin y el placton. Boris Vian. Impedimenta. 224 páginas. 18,95 €.

Frente al imperio del fanatismo y la indolencia, un hombre joven, inteligente e ingenioso sólo tiene una alternativa: organizar una fiesta o provocar una masacre. O ambas cosas a la vez.

Boris Vian escribió ‘Vercoquin y el placton’ entre 1942 y 1943, en plena ocupación nazi de Francia con el apoyo del gobierno títere de Petain. En París, que no muchos años antes había sido santuario de las vanguardias, los ciudadanos se debatían entre la complacencia, el miedo y la rebeldía. Y desde la cómoda atalaya de la burguesía de Versalles, el joven Vian afilaba las saetas con las que asediaría los prejuicios sociales entre los que vivió con una obra tan descomunal como, a mi juicio, mal interpretada y, por desgracia, demasiado breve.

Consciente, quizás, de que su paso por la vida no iba a ser todo lo prolongado que hubiera querido, el enfermizo Vian aprovechó su infancia de clausura entre los cuidados de una familia culta y comprensiva para desarrollar un espíritu contestatario que aliviara el tormento que le causaba la certeza de convivir en una sociedad decadente y demasiado acomodaticia. Buscó respuestas en el surrealismo y el anarquismo, en el jazz y el teatro, combatió su angustia con ironía y desenfreno, y desarrolló un código de expresión que le permitió mostrar toda su rebeldía dando una imagen desenfadada que ha embaucado a quienes han intentado desentrañar los secretos de su personalidad y de su original estilo.

‘Vercoquin y el placton’ es la perfecta declaración de intenciones de este extraordinario tahúr de los sentimientos. Con un planteamiento de lo más convencional -un joven rentista, Loustalot o más conocido como el Mayor, se enamora de una chica, la bella Zizanie, durante una desenfrenada fiesta en la que todo está permitido, y envía a su asistente personal, el astuto Antioche Tambretambre, a que visite al tutor de la moza, el inefable burócrata Miqueut, para pedirle la mano-, Boris Vian construye un artefacto de sarcasmo demoledor con el que no deja títere con cabeza. Por esa trituradora pasan los modernos indolentes que deambulan de fiesta en fiesta haciendo gala de sus infantiles excentricidades, los burócratas mezquinos que erigen su imperio entre legajos inútiles y un estúpido rigor, lechuguinos que buscan notoriedad a base de servilismo y fútiles actitudes, diosas del sexo que buscan desesperadamente quien alivie sus ardores y pague sus facturas, y una bestia impasible e indefinida que asiste con parsimonia a cuanto sucede sin que parezca afectada.

La puesta en escena del esperpento y el estilo disparatado con el que lo narra son los valores en alza de esta novela. Libre de formalismos técnicos, Vian cuenta la historia con el mismo frenesí con el que evolucionan sus personajes, moldea el tiempo y el espacio con una agilidad insólita, brinca de un escenario a otro sin pudor, transgrede el orden de los capítulos a voluntad pero no caprichosamente, introduce sarcasmo, surrealismo, esperpento, disparate y pedagogía (los consejos para asistir a una fiesta y tener éxito con las mujeres no tienen precio) sin medida. Y todo ello sin que el producto se resienta ni un ápice. Al contrario, pues es precisamente este sindiós lo que cohesiona el sentido de ‘Vercoquin y el placton’. Asistimos a una verdadera ceremonia del frenesí que esconde entre sus arrebatadoras escenas una de las más agudas críticas sociales que he leído jamás. Sin aspavientos ni afectación, Boris Vian nos muestra el camino de la gran ironía, la más terrible, dañina y reveladora ironía.

El debut editorial, que no creativo, de Vian no puede ser más esclarecedor, pues muestra la imagen impostada que desea imprimir en el observador, la que le permite cifrar sus sentimientos con un código estilístico deudor del surrealismo y del teatro del absurdo en el que convergen las emociones contenidas y una cuidada indiferencia. Y a fe mía que lo logró, pues hoy no hay quien no considere a Vian uno de esos hijos predilectos del desenfreno intelectual de la segunda mitad del siglo XX, y quizás a ello haya contribuido y mucho el que fuese en aquellos turbulentos años sesenta cuando, con el autor criando malvas, adquiriera notoriedad su obra entre los lectores jóvenes y revoltosos de entonces. Aunque creo que esa evidencia indica que precisamente fue ese espíritu rebelde y contestatario que se percibe en sus novelas y relatos lo que despertó el interés de aquella juventud airada.

¿Qué se esconde en novelas tan incómodas como ‘Escupiré sobre vuestra tumba’ o ‘Todos los muertos tienen la misma piel’ sino una personalidad enérgica y crítica? O si alguien puede negar que ‘La espuma de los días’ y ‘Que se mueran los feos’ escondan las esquirlas de un espíritu desintegrado por el tormento que levante la mano. Y qué decir de ‘La hierba roja’ sino que es el arrebatado compendio de las preocupaciones de un autor más comprometido de lo que muchos se han empeñado en divulgar. Boris Vian supo como pocos conciliar un ideario burgués con el más certero y desgarrado anarquismo. Un desprecio por los convencionalismos que se expresa con claridad diáfana en su costumbre por improvisar sus conferencias –al parecer, sólo se conservan las notas que tomó para una charla titulada ‘Utilidad de la literatura erótica’, tal y como revela Félix Romeo en el prólogo de ‘Escritos pornográficos’, editado por Rey Lear en 2008-. Deberíamos desterrar la consideración que se tiene de Vian como escritor gamberro –me duele cada vez que leo este adjetivo- o subversivo, y empezar a valorar el auténtico compromiso de un escritor atormentado.

Pero vuelvo a ‘Vercoquín y el placton’ (por cierto que el tipo del título es el lechuguino a quien el Mayor le roba a la bella Zizanie durante una ‘surprise party’) para recomendar con fervor su lectura, pues además de resultar sorprendente y divertida reúne los trazos que luego dibujan las grandes obras del escritor francés. Y no es que esta sea una novela menor, ni mucho menos, pues ella muestra a un genio enérgico e inabarcable que sabe manejar el lenguaje y la imaginación con destreza de orfebre. Todo un acierto de Impedimenta y un regalo para el espíritu.

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