“La noche de las tríbadas”: Manuela Paso y Jesús Noguero en el amor imposible de los Strindberg

Por Horacio Otheguy Riveira

Magistral trabajo de Manuela Paso y Jesús Noguero: la ex de Strindberg y el propio escritor, unidos temporalmente mientras luchan denodadamente por recuperarse entre reproches y profundos resentimientos. Un hombre y una mujer desquiciados en lucha libre por ser ellos mismos, al tiempo que padecen la imposibilidad de consagrarse a su gran amor. Una arriesgada y polémica aventura, que se vuelve sublime con sus colosales protagonistas.

Dos versiones españolas sirven de antecedente a este estreno: en 1994, la de José Luis Saiz, y la de 2015, dirigida por José Carlos Plaza. Esta de ahora de Miguel del Arco no se parece en nada a las anteriores. El texto se ocupa de desacralizar al genial August Strindberg (1849-1912), mostrándolo como un hombre en crisis total, y por tanto muy vulnerable ante su mujer en fase de divorcio, pero la presente versión pone el acento en vulgarizarlo hasta la exasperación, mientras potencia la vitalidad en conflicto permanente de ella, todo encauzado dentro de una armonía de condiciones escénicas muy logradas (aunque a ratos también exasperantes), apoyadas en el extenuante trabajo de sus protagonistas.

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Per Olov Enquist escribió un prólogo de 15 páginas para exponer su intención al servirse de August Strindberg como personaje protagónico; es un ensayo previo y a la vez paralelo a la obra, pero que párrafo a párrafo parece suplicar perdón por humillar al maestro, a quien hay que comprender en su contexto y desde luego él mismo se considera incapaz de alcanzarle en su grandeza creativa. Lo más importante de este prólogo es su estudio pormenorizado de las contradicciones sociopolíticas del biografiado como reflejo de una crisis de cambio de siglo, reflejada también en sus constantes emocionales:

(…) ¿Siri o Marie eran lesbianas? ¿Quién lo sabe seguro? Yo, no. ¿Era Siri bisexual? Sorprendente pregunta para ser planteada no ya en 1889, sino ahora, en 1975, pero yo no lo sé, ni tampoco nadie entre los vivos. Los documentos que pudieron haber existido han desaparecido, los testigos muertos, las fuentes inciertas. Lo que se considera como hechos no son tales, no son datos objetivos, sino la idea que de esas personas se hacía su entorno.  (…) Cuando Strindberg acusa con extraordinario ardor a las mujeres que lo rodean de que son tríbadas no hace falta entender que tenía razón. (…) Pero su ardor, su angustia, su inquietud y su desesperación nos dicen, sin embargo, algo: con la palabra clave ‘tríbada’ formula un temor que va mucho más allá de lo que podría expresar la graciosa palabrita ‘lesbiana’. Quizá lo que pasó en realidad fue que lo que Siri encontró en esa muchacha de Copenhague era otra cosa: un ser humano libre, una mujer libre, o al menos un vislumbre de la posibilidad de libertad. La amistad, fraternidad, un nuevo comienzo, algo diferente. Es decir, el miedo de Strindberg comienza ahí: en una complicada madeja de miedos, temores y posibilidades” (Notas en torno a La noche de las tríbadas, Nórdica ediciones, 2007).

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Muchas sutilezas hay en la obra original que Miguel del Arco pasa por alto. Acentúa una imagen feminista interesante fuera de contexto, alentando un resultado más cerca del mitin que de la profunda intención de la obra. Pero, cuidado, lo apasionante es que, no obstante este tono mitinero y las muchas lecturas que la función puede desprender, la puesta en escena facilita el camino de una historia de amor muy potente por imposible en la que el violento y a menudo cómico enfrentamiento de la pareja estalla en auténticos fuegos artificiales: recreación apasionada de una frustración que se arrastra por el fango del ridículo por ambas partes, negándose mutuamente el secreto afán de reconquistarse.

Para que este montaje tan complejo se lleve a cabo a buen término, la claustrofóbica escenografía de Alessio Meloni cobra vida con una atractiva iluminación de Pau Fullana y un Jesús Noguero superlativo, impetuoso, ramplón, soberbio y con repentinos accesos de furia verbal, pero con un par de escenas en las que exhibe su vulnerabilidad, revelando conmovedora impotencia cuando ha de expresar su angustia en el centro del escenario, mientras detrás de las butacas se escuchan las risas de las mujeres. Y todo esto “encorsetado” en un traje con chaleco cuya chaqueta no se quita nunca.

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Dicho lo dicho y aplaudiendo la portentosa tarea de Noguero/Strindberg, es Manuela Paso el eje por el que trasunta lo más valioso de la función, transmitiendo un perfil que Miguel del Arco ha regalado a su personaje (algo muy grande que no he descubierto en ninguna versión leída o presenciada): deslenguada feroz al comienzo, luego tímida, recatada, amable, sensual, temerosa de que las acusaciones de Strindberg sobre sus incapacidades tengan base cierta al hacerse públicas, para luego volver a ser verbalmente agresiva, físicamente dulce, de un candor fascinante, como irresistiblemente furiosa cuando lanza su diatriba entre el público, sobre los muslos de un espectador o los de otro al que le hace tocar uno de sus pechos para que confirme cuánta vida hay en ella… Grita, insulta, suplica, es pura ternura cuando no incontenible desesperada.

Manuela Paso y su personaje forman un dúo excepcional al que se incorpora su amante Miriam Montilla/Marie Caroline, con cuyo amor y placer sexual encuentra una pasión liberadora, que al fin le permite huir de la prisión del escritor. Todos personajes reales en una ficción con goteo de documentación en un concierto desafiante, para el cual el director recreó con gran habilidad la dinámica espacial.

Las mejores escenas, sobre todo las de Manuela Paso —aunque todos los actores tienen su ocasión—, suceden entre el público: pasillos, butacas, laterales… La actriz expandiendo su energía y rompiéndola en mil pedazos, en un fastuoso trabajo que no descuella por lo más evidente (por donde en general se ha interpretado este papel), la sobreactuación de una actriz mediocre que aspira a ser una diva, sino exhibiendo impúdica y entrañable muchas de sus grietas, decidida a recomponerse con fuerzas que aún no tiene.

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En el momento de la acción, Strindberg “es un hombre explotado, marginado por motivos políticos, exiliado, sin editor, muy abatido y bastante desesperado” (Notas…). Ha sido un revolucionario en Suecia, su país natal, bajo una sociedad muy conservadora, con problemas económicos muy graves, padre de tres hijos, inquieto buscador de verdades que se exilia en Dinamarca. Ayer y hoy hay quienes le acusan de misógino cuando en realidad se casó tres veces y creó personajes como el de La señorita Julia, arquetipo de mujer sexual rompecorazones que acaba siendo víctima también del poderío de los hombres (nada menos que de la tiranía de su propio padre). [Excelente la versión cinematográfica de Liv Ullman].

No cabe duda que cualquiera de sus obras menos importantes da mil vueltas a esta Noche de las tríbadas, escrita con más torpeza que talento, pero que ha obtenido uno de esos éxitos internacionales que sólo se comprenden por el planteamiento innovador (en los 70 y aun hoy) de contener a un protagonista histórico, ponerlo en entredicho, y plantear la liberación femenina a través de la atracción de la esposa por “una mujer libre”.

Sin embargo, lo que para este cronista de verdad importa dramática/poéticamente es que Siri/August no pueden dejar de amarse después de 7 años en un matrimonio infernal con tres niños. Permanece el deseo de un reencuentro que ansían y deploran, ahora que están reunidos para ensayar en 1889 la última obra del maestro que, precisamente, trata sobre el encuentro de una esposa y la amante de su marido: momento que la primera explotará para demostrar que él vuelve a ser suyo… para siempre. Realidad y ficción se entrelazan bajo influencia de maestros del siglo XX: Luigi Pirandello, y su insistencia en “la mirada del otro que condiciona la experiencia de cada uno”, en una versión que por momentos se percibe deudora de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee, con su exceso de gritos y desafueros.

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En esta representación lo más destacado está en la poderosa energía  de los protagonistas mencionados. A su lado hay dos personajes muy menores: el del joven director, tan menor que parece comodín de una comedia de bulevar (estupendo Daniel Pérez Prada con muy eficaz histrionismo, a quien el director le obsequia con bastantes detalles, y un epílogo que en el original corresponde al actor que interpreta a Strindberg), y la mujer que genera el conflicto, la tríbada a cargo de la excelente Miriam Montilla en un rol con escaso desarrollo.

Todo lo demás sobra como documento histórico, incluido el debate final de los personajes en torno al papel de la mujer, en el que Strindberg se muestra recalcitrante en su machismo: es un hombre que refleja una constante social, a su vez contaminado por los celos, que, sin embargo, en ninguna de sus obras maestras ha expresado semejantes ideas, ni siquiera en aquellas donde el perfil femenino resulta negativo, pues bueno sería que el lado oscuro de determinado personaje se convierta en pieza clave de la vida y obra de un artista. ¿Acaso no matan a los caballos?, decía el desesperado protagonista de la novela de Horace McCoy, adaptada al cine y al teatro. ¿Acaso la ruin dama pija Hedda Gabler anula a Nora Helmer que abandona marido e hijos dando un justo portazo, harta de ser una más en una Casa de muñecas, de Ibsen, contemporáneo de Strindberg?

En todo caso, interesante debate, y una recomendación en firme: no se pierdan esta Noche de las tríbadas para seguir de cerca el desesperado, por imposible, amor entre un hombre y una mujer perdidos en las tinieblas de sus emociones, en manos de dos intérpretes fantásticos.

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Miriam Montilla, Daniel Pérez Prada, Manuela Paso, Jesús Noguero.

15095520_1823255447888377_4529985621819929067_nLa noche de las tríbadas

Autor: Per Olov Enquist

(No consta traducción)

Versión y dirección: Miguel del Arco

Intérpretes: Manuela Paso, Jesús Noguero, Daniel Pérez Prada y Miriam Montilla

Escenografía y vestuario: Alessio Meloni

Ambientación de vestuario: María Calderón

Peluquería: Sara Álvarez

Iluminación: Pau Fullana

Diseño de sonido: Sandra Vicente (Studio 340)

Fotografías: Vanessa Rábade

Espectáculo integrado en un ciclo de 5 espectáculos: Femenino Plural

El Pavón Teatro Kamikaze, del 29 de noviembre al 8 de enero 2017

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