La otra cara de lo fantástico

PEDRO PUJANTE.

La literatura fantástica es quizá uno de los discursos más inestables debido a su propia naturaleza. Si se define por irrumpir o violentar la realidad es inevitable que siempre se someta a cambios de perspectivas y variaciones interpretativas porque la realidad, o mejor, lo que consideramos real, también varía con el paso del tiempo y de nuestros conocimientos.

De esta condición mutante que se le atribuye al género se nutren autores como David Roas, especialista en teoría literaria sobre lo fantástico que también ha sabido explotar su vena creativa con diversos libros. Invasión, un conjunto de relatos y microrrelatos, es su última aportación. En ellos encontramos una serie de historias que nos sirven para disfrutar de literatura de gran calidad, pero que también son un laboratorio con el que explorar los límites de lo real, a través de nuestros miedos, manías, situaciones inexplicables y argumentos incisivos y originales.

Aunque Roas no renuncia a mostrar sus influencias, con homenajes más o menos explícitos, deja la lectura de estos cuentos una impronta novedosa. Es decir, escribe desde los clásicos pero renovando el género, haciendo confluir el misterio sobrenatural más atávico con la amenaza del serial killer cinematográfico, o el terror más cerval con la ironía más desopilante. Por ejemplo, el trillado tema de la casa encantada es reescrito desde una narración en segunda persona con cierto encanto autoficcional (más bien, vagamente autobiográfico), al igual que “Agua oscura”, un homenaje a Villa Diodati, en el que un escritor invitado a un acto literario en la célebre casa donde nació el cuento de terror moderno se enfrentará con lo misterioso.

Otros cuentos acuden a lo truculento: muñecas, la construcción de ataúdes o la invasión “amigable” de una colonia de hormigas, en un relato que recuerda mucho al Cortázar de “Casa tomada” y “Los venenos”.

Habría que destacar de estos cuentos una prosa limpia y directa, despojada de artificiosidad, un estilo neutro que nos conduce sin sobresaltos al corazón mismo del relato. También la sutileza con la que remata algunos finales, que quedan abiertos o la maestría que revela al imbricar lo horrendo con el humor. Pero sobre todo, la capacidad visual del autor para transportarnos al teatro privado de su imaginación, para poder “ver” algunas fantasías tan delirantes (e impactantes) que jamás nos abandonarán: hormigas paseando por el rostro de un protagonista, un editor sepultado por libros, un escabroso coleccionista de muñecas, un hombre que alimenta a un niño zombie con los cadáveres de sus ancianos vecinos o el niño empleado en realizar enterramientos como hobby.

Con gran sentido de la ironía, una prosa impecable y elevadas dosis de imaginación, el mundo que construye David Roas con esta colección de cuentos nos acerca a los límites difusos de lo fantástico pero siempre circunscribiéndose a nuestra realidad más inmediata. Por eso son textos potentes y efectivos y que, aunque atravesados en su mayoría por un sarcasmo delirante, no dejan de excitar nuestra imaginación y alimentan nuestros temores más profundos.

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